El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 17 — Cash
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Capítulo 17 — Cash

Cash llamó a la puerta de la tienda el viernes a las ocho de la tarde.

Iba recién duchado, con una camisa de paisano que no era la del uniforme y una bolsa de papel llena de cosas del mercado, y cuando Amy abrió y lo recorrió de arriba abajo con descaro, la idea del fin de semana pasó de ser buena a convertirse en un auténtico acierto.

—Vaya, vaya. —Amy se apoyó en el marco de la puerta—. El comisario se ha puesto guapo.

—Solo me he puesto una camisa.

—Una camisa sin placa. Eso en ti es prácticamente lo mismo que un esmoquin —dijo riendo suavemente y echó un vistazo a la bolsa—. ¿Y eso?

—La cena. Me he pedido el sábado libre. —Cash se encogió de hombros como si no fuera nada, como si librar un fin de semana no fuera algo que no hacía desde tiempos inmemoriales—. He pensado que igual te apetecía salir un poco del pueblo. Y resulta que mi casa está fuera del pueblo.

—Qué casualidad tan bien planificada.

—Soy un hombre de recursos.

Amy se rió y agarró el mismo bolso que se había llevado el otro día a su casa, solo que esta vez se notaba que lo había llenado a conciencia. Buenísima señal: no era el único que tenía planes para el fin de semana.

—Por cierto —soltó ella mientras subían al coche—, como Capitán haya vuelto a apalancarse en mi lado de la cama, esta vez lo denuncio.

—Vaya, tu lado de la cama...

—Sí, mi lado de la cama, ¿qué pasa? Una se acostumbra rápido a lo bueno, Keynes.

Y Cash, que en otra ocasión habría soltado un comentario borde para cortar el rollo de raíz, se descubrió sonriendo a la carretera como un auténtico idiota durante todo el trayecto.

Cenaron en el porche, viendo cómo la marisma se volvía primero dorada y luego morada, con el agua quieta devolviendo los últimos retazos de la luz de la tarde. Cash preparó pescado a la brasa, algo sencillo, porque era lo único que sabía cocinar sin riesgo de tener que llamar a los bomberos.

Amy declaró, tras el primer bocado, que estaba dispuesta a casarse con cualquier tío que cocinara así.

—Yo no soy un tío cualquiera —replicó él.

Amy le echó los brazos al cuello y le plantó un beso en los labios.

—Lo sé —murmuró.

Por toda respuesta, Cash le devoró la boca, arrancándole un gemido que la hizo poner roja como un tomate.

Cash gruñó con satisfacción.

Capitán hizo su ronda de mendigar debajo de la mesa, recibió más pescado del que debería, y se retiró a roncar a su sillón de siempre con la conciencia tranquila de un perro que ha trabajado bien.

—Cuéntame algo —pidió Amy, con los pies subidos a la silla y la copa de vino entre las manos—. Algo muy secreto que nadie sepa de ti.

Estaba espectacular, con la brisa marina alborotándole el pelo y las mejillas encendidas. *Jodidamente follable.*

—No hay mucho que contar.

—Mentira. Hay un montón que contar, lo que pasa es que eres más cerrado que una almeja. —Le dio un sorbo al vino—. Venga. Una cosa. La que sea. ¿Cuál es tu placer culpable? Todo el mundo tiene uno.

Cash se lo pensó un momento.

—Las telenovelas.

Amy casi escupe el vino.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. —Cash mantuvo la cara de palo—.

Mi madre las veía. Sobre todo las más dramáticas, esas de «Esperanza descubre que su hermana gemela le ha robado al marido».

Cuando murió, me dio por seguir viéndolas, casi por costumbre.

—Se encogió de hombros—. A estas alturas me sé la programación de memoria, pero como se lo largues a Noah, me destierran.

Amy lo miraba con la boca abierta y una sonrisa traviesa instalada en los labios.

—Vaya, quién iba a decir que el comisario más duro de Puerto Encantado —dijo burlona, saboreando cada palabra— llora con los culebrones.

Cash alzó una ceja.

—Yo no he dicho que llore.

—Has dicho que te sabes la programación.

—Eso no es llorar.

—Cash… —Amy se inclinó sobre la mesa, absolutamente encantada—. ¿Lloraste cuando Esperanza descubrió lo de la hermana gemela?

Cash soltó una carcajada.

—Esa hermana era una víbora —dijo negando con la cabeza con una dignidad absoluta—. Cualquier persona decente habría llorado.

Y Amy se rió con tantas ganas, echando la cabeza hacia atrás bajo las primeras estrellas de la noche, que Cash habría pedido todos los sábados libres del resto de su vida con tal de volver a escuchar ese sonido.

Le rellenó la copa y Amy bebió un trago corto, sosteniéndole la mirada por encima del borde del cristal.

Cash estaba a un tris de quitarle la copa y llevársela a la cama cuando ella abrió los ojos como platos.

—Se me ha ocurrido la idea del siglo. Metámonos al agua.

Cash torció la boca en una mueca.

—Estás loca.

—Oye, ¿por qué no? Tienes la marisma ahí mismo —dijo, señalando el agua quieta más allá del porche— y seguro que nunca te bañas de noche.

—Me baño cuando hace falta.

—«Cuando hace falta» —Amy puso los ojos en blanco, se levantó de la silla y lo miró con una chispa de desafío—. Eres incapaz de hacer algo solo por el placer de hacerlo, ¿verdad?

—Solo si tiene sentido.

—A veces las cosas más interesantes no tienen ni pies ni cabeza.

—Oye, que yo hago cosas interesantes.

—¿Como cuáles? —Amy se cruzó de brazos y lo miró con la cabeza ladeada.

Cash rebuscó en el archivo mental de los últimos cinco años.

En blanco.

—Eso pensaba. —Amy le agarró la mano y, antes de que pudiera protestar, ya lo estaba arrastrando por los escalones del porche hacia el pequeño embarcadero, descalzándose por el camino—. Venga, comisario. Que vivir un poco no te va a matar.

—El agua está helada.

—No seas quejica.

—Hay cangrejos.

—¡Me dan igual los cangrejos!

Y, muerta de risa, con una soltura que a Cash le cortó la respiración, Amy se quitó el vestido de un solo tirón por la cabeza, lo dejó caer sobre las tablas de madera y se recortó un segundo contra la oscuridad del agua antes de zambullirse de cabeza con un grito de júbilo.

Cash no se lo pensó más. Se desprendió de la camisa y los pantalones y saltó detrás de ella.

El agua estaba congelada, desde luego, y los cangrejos debían de andar por allí abajo, pero todo eso dejó de importar en cuanto emergió a la superficie y se la encontró a un par de metros de distancia, con el pelo pegado a la cara, riéndose a carcajadas y con las gotas de agua resbalándole por los hombros desnudos bajo la luna.

Nadó hacia ella y Amy hizo lo mismo hasta que se cruzaron en mitad de la calma de la marisma, allí donde Cash apenas tocaba fondo y ella flotaba del todo, agarrándose a su cuello, buscando el apoyo de sus hombros y enredándole las piernas alrededor de la cintura.

De pronto, la cosa ya no iba de nadar.

—Hola —jadeó Amy contra su boca, sin aliento.

—Hola.

La besó. La besó despacio al principio, con el agua lamiéndoles la piel y la marisma entera sumida en un silencio absoluto, y luego ya no hubo nada de calma, porque ella empezó a frotarse contra su cuerpo bajo el agua, mordiéndole el labio inferior, hundiéndole los dedos en el pelo mojado, y a Cash se le evaporaron de golpe la paciencia y las buenas intenciones.

—Esto en las películas parece más fácil —protestó ella, peleándose a ciegas con el broche del sujetador con las manos completamente resbaladizas.

—En las pelis no hay cangrejos.

—¡Que te calles con los cangrejos, Keynes!

Cash se rió contra su cuello, la agarró del culo con las dos manos para que no se hundiera y se desplazó hasta donde el agua le cubría por el pecho y asentó bien los pies.

Allí, con Amy enredada a su cuerpo, bajo la luz de la luna y con el agua envolviéndolos, se deshizo de la última prenda que le estorbaba.

Gruñó cuando se hundió en ella por fin, directo y sin esperas, y Amy echó la cabeza hacia atrás soltando unos gemidos que se perdieron en la noche mientras él la sujetaba con fuerza, anclándola contra sí mismo, embistiéndola con un ritmo que los arrastraba a los dos.

Se movieron despacio, porque el agua imponía su propio compás y tampoco hacía falta correr, con el vaivén de la marea haciendo la mitad del trabajo y los dos pegados frente con frente, respirando el mismo aire.

Cash le acunó la cara con una mano mojada, apartándole el pelo para mirarla fijamente mientras se compenetraban, y Amy le sostuvo la mirada desarmada, despojada de bromas, entregada por completo a lo que estaba pasando.

Mirarse así, en mitad de la nada y en silencio, resultó mucho más íntimo que el propio hecho de estar desnudos.

Amy fue la primera en cerrar los ojos mientras se aferraba a él, temblando por una sacudida que no tenía nada que ver con el frío, y Cash la siguió un segundo después, hundiendo la cara en su cuello mojado mientras el nombre de ella se le escapaba entre los dientes como si llevara semanas guardándoselo bajo llave.

Después se quedaron flotando, abrazados, con Amy apoyando la cabeza en su pecho y las piernas todavía enredadas en su cintura, contemplando las estrellas mientras el corazón se les iba compasando poco a poco.

—Tenías razón —dijo Cash al fin, con la voz ronca.

—¿En qué?

—En lo de hacer las cosas solo por gusto. —Le dio un beso en el pelo empapado—. Resulta que se me da bien.

Amy sonrió satisfecha y le dio un mordisco perezoso en el hombro.

—No es lo único que se te da bien...

Cash la pegó de nuevo contra su polla y, allí en mitad del agua profunda, bajo un cielo cuajado de estrellas, la volvió a besar con un hambre que le encendió la sangre.

Tenían todo el fin de semana por delante y, sobre todo, la tenía a ella a su entera disposición.

Le ardía la piel solo de pensar en recorrer cada rincón de su cuerpo, en disfrutarla sin prisa y de todas las maneras posibles.

En ese momento algo hizo que Cash torciera el gesto. *¿Acaso había pisado algo?* De pronto sintió un pellizco traicionero en el dedo gordo del pie y pegó un bote en el agua que salpicó a Amy.

—¡Me cago en...!

Amy se hundió de la risa al ver a Cash poniendo verde al pobre cangrejo que había osado meterse con él. Los dos salieron del agua a trompicones, riéndose como críos, tropezando con las piedras del fondo y entre ellos mismos camino de la casa iluminada.

Allí los esperaba un perro viejo que ni se molestó en levantar el hocico del sillón, limitándose a dar dos golpes con el rabo contra el cojín.

Esa noche, ninguno de los dos durmió demasiado.