El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 16 — Amy
53%

Capítulo 16 — Amy

Amy se despertó en una cama que no era la suya y, por un momento de pánico, no supo dónde estaba ni cómo había llegado allí.

Aún adormilada, advirtió el peso de un brazo de hombre descansando sobre sus caderas, y descubrió que tenía la nariz aplastada contra un pecho duro y fuerte que olía a sal y a colonia.

Cash.

De inmediato se acordó de todo con un nivel de detalle que le encendió las mejillas y se mordió el labio para no sonreír como una idiota contra el pecho del hombre dormido.

La luz entraba blanca y temprana por la ventana abierta.

Fuera cantaban los pájaros de la marisma, un alboroto de trinos en busca de alimento.

En algún rincón de la casa se oyó el tintineo metálico de Capitán bebiendo agua de su cuenco.

Cash respiraba hondo y lento, envuelto en un sueño tranquilo, y Amy se quedó muy quieta, robándole unos minutos más a aquel cuerpo cálido antes de que el mundo volviera a ponerse en marcha.

Porque el mundo iba a volver a ponerse en marcha.

Madre mía, cuánto daría por poder quedarse en la cama junto a este hombre.

El poli era una auténtica máquina de follar. Y se sentía tan bien dormir tumbada sobre su cuerpo...

Le besó el pecho con una sonrisa traviesa al acordarse de cómo la había hecho correrse.

Varias veces.

Amy deseaba quedarse pero tenía una tienda que vaciar, un inventario a medias, una denuncia que poner y un misterio familiar que amenazaba con estallar como una olla a presión.

Ay Dios, qué gozada sería no tener que pensar en nada.

Despertó a Cash con un beso suave y sonrió al ver sus ojos adormilados. Él gruñó y la atrajo hacia sí para besarla, y ella se dejó hacer hasta que él se apartó, buscando con los ojos el reloj.

—¿Qué hora es? Me esperan en el cuartel.

Ahí estaba de nuevo, el mundo real.

Tras ducharse y desayunar huevos revueltos y bacon, Cash la llevó hasta la tienda y se despidió de ella con un beso en los labios. Amy se quedó de piedra: era la primera vez que se besaban en público.

¡Madre mía, a Cash se la suda que nos puedan ver morrearnos!

Entró a la tienda flotando en una nube, sonriendo como una tonta, pero al subir al piso se topó con la caja de hojalata que había dejado sobre la mesa, y todo el peso de lo que había descubierto ayer le cayó de golpe otra vez sobre los hombros.

J. y yo, verano del 67.

Amy se sentó a la mesa con la foto en la mano y la miró un buen rato. Su abuela en su plenitud riéndose con el brazo de aquel hombre sobre los hombros. Y de repente pensó en su madre. Su madre debía de saber algo de todo esto.

Después de todo había crecido en aquel pueblo, en aquella tienda, con aquella mujer, y se había marchado para no volver. Entre el secreto de la abuela y la huida de su madre tenía que haber un hilo del que pudiera tirar.

Si se atrevía, eso sí. Porque su madre no era la persona más fácil de tratar.

Antes de darse el tiempo de pensárselo demasiado, y para su completa sorpresa, sacó el móvil y marcó su número.

Su madre descolgó al cuarto tono, con esa voz suya un tanto apática que Amy conocía desde siempre, la voz de una mujer que había aprendido hace mucho a no esperar buenas noticias al coger una llamada de su hija menor.

—¿Amy? ¿Pasa algo?

—Hola, mamá. No, no pasa nada. —Amy se recolocó el móvil en la oreja. Los nervios la tenían moviéndose de un lado para otro, así que decidió bajar a la tienda para sentirse más protegida—. ¿Cómo estás?

—Tirando. Con la espalda regular —el resoplido saturó la línea, y Amy hizo una mueca—. ¿Has vendido ya la tienda? Chloe ha estado preguntando. Está pesadísima con eso.

Y ahí estaba, la primera bofetada de realidad: para su madre y sus hermanas, la tienda de Puerto Encantado seguía siendo solo una transacción pendiente. Y cuanto antes cortaran la línea que aún las unía al sur y a un pasado ajeno, mejor.

—Esto… en eso estoy —farfulló Amy, y le sorprendió lo acojonada que estaba—. Es… más complicado de lo que parecía. Hay mucho, mucho, mucho que ordenar y catalogar.

—Ya. Bueno, no te entretengas más de la cuenta, que tus hermanas necesitan ese dinero y tú tienes tu vida aquí.

*Mi vida allí.* Amy miró alrededor: la tienda en penumbra, las libretas de su abuelo, la luz de la mañana entrando por el escaparate. Y, por un segundo, no supo a qué vida se refería su madre, ni cuál de las dos era la de verdad.

—Mamá… —Tragó saliva antes de continuar—. Te quería preguntar una cosa… una cosa de la abuela.

El silencio al otro lado cambió de textura. Amy lo notó. Pasó de ser el silencio aburrido de una conversación de trámite a otra cosa: más tensa, más alerta.

—Qué cosa.

—Pues... ordenando la tienda, he encontrado cosas suyas. Cartas, fotos... —Amy habló con cuidado, tanteando el terreno.

—Normal —dijo su madre con ese tono glacial que la caracterizaba.

—Oye, mamá, ¿quién era el capitán Holloway?

El silencio que siguió fue tan largo que Amy llegó a mirar la pantalla para comprobar que no se había cortado la llamada.

—¿De dónde has sacado ese nombre? —La voz de su madre ahora era baja y cortante. Por debajo de ese filo, Amy oyó algo que no le había oído nunca, o al menos no que recordara: miedo.

—De unas cartas. Estaban en una caja, en el escritorio del abuelo. Mamá, son cartas de amor, de este hombre a la abuela. Y hay una foto de los dos, del sesenta y siete, y...

—Amy —el nombre le salió afilado, definitivo—. Deja eso donde lo encontraste.

—Pero, mamá...

—¡Que lo dejes, he dicho! No sé qué te crees que has encontrado, pero esa es una historia muy vieja y muy enterrada, y no se te ha perdido nada ahí. ¿Me oyes? Vende la tienda, quédate con tu parte y vuelve a casa. Eso es lo que has ido a hacer, lo demás no es asunto tuyo.

—Se trata de mi familia. Claro que es asunto mío.

—No —la voz de su madre se quebró, solo un segundo, antes de volver a endurecerse—. No lo es. Hay cosas que es mejor no remover, Amy, hazme caso. Por una vez en tu vida, hazme caso y déjalo estar.

Y colgó.

Así, sin más.

Amy se quedó con el móvil pegado a la oreja, escuchando el tono de corte, con el corazón latiéndole fuerte y una sensación chunga en el estómago, mitad frustración, mitad algo más serio, porque acababa de descubrir dos cosas a la vez.

La primera: que su madre sabía. Sabía perfectamente quién era el capitán Holloway, lo sabía todo, y no pensaba contárselo.

La segunda, y esta le dolía más: que la herida que fuera que tenía su madre con aquel pueblo y con aquella historia seguía abierta, sangrando después de tantos años, tanto que la voz se le había quebrado por teléfono solo de rozarla.

Hasta que el cielo no se haya despejado...

La nota de la abuela le vino a la cabeza y Amy comprendió, con una claridad fría, que el cielo del que hablaba su abuela no era el suyo.

Era el de su madre. La tormenta era entre ellas dos, entre la abuela muerta y la hija que se fue, y de algún modo retorcido que Amy aún no alcanzaba a vislumbrar, le había tocado a ella, a la nieta, despejarla.

Estaba todavía de pie ante la cristalera que daba a la calle, dándole vueltas a la cabeza, cuando la campanilla de la puerta sonó. Dio un respingo y soltó un taco por el susto.

No eran los pasos de Cash, lo supo antes de levantar la vista, porque los pasos de Cash ya se los sabía de memoria. Estos, en cambio, eran distintos: rápidos pero inseguros.

Amy abrió la puerta y se encontró con una mujer de unos cincuenta y tantos años, traje de chaqueta impecable a pesar del calor, melena rubia de peluquería y una sonrisa profesional tan vivaz como una momia.

—¿Amy Castillo? —La mujer avanzó hacia ella con la mano extendida y un maletín en la otra—. Por fin te pillo. Larissa Whitfield, de Whitfield Inmobiliaria. Lara, llámame Lara, todo el mundo me llama Lara. —Le estrechó la mano con un apretón frío—. Llevo días queriendo pasarme. ¿Tienes un momento?

—Eh… —Amy se sacudió el polvo de los vaqueros, descolocada por el vendaval—. Supongo. ¿De qué se trata?

—De esto, cielo. —Lara hizo un gesto amplio que abarcó la tienda entera, las estanterías, las vitrinas, los tres pisos de historia acumulada—.

De esta maravilla de local que tienes aquí muerto de risa.

¿Sabes lo que podrías obtener por esto? ¿En primera línea y con estos metros?

—Negó con la cabeza, como apenada por la magnitud del desperdicio—.

Una fortuna. Una auténtica fortuna. Y aquí lo tienes, lleno de polvo y de trastos viejos, sin generar ni un céntimo.

Trastos viejos.

Amy notó que se le revolvía algo por dentro. Una semana y media atrás, ella habría dicho exactamente lo mismo, pero ahora las palabras de la mujer sonaron casi como un insulto personal.

—No son trastos —se oyó decir—. Son antigüedades y cada una tiene su historia.

—Claro, claro, monísimas. —Lara ya estaba sacando una carpeta del maletín, ignorando el comentario—.

Pero las historias no pagan facturas, ¿a que no?

Mira, te voy a ser sincera porque me caes bien y porque conocí a tus abuelos, que en paz descansen.

Tengo un comprador. Un grupo hotelero, gente seria, con dinero del bueno.

Quieren la parcela para un proyecto de apartamentos turísticos, y están dispuestos a pagar muy por encima del mercado por hacerse con todo este lado de la calle —le tendió la carpeta—.

Esa es la cifra preliminar. Échale un ojo. Sin compromiso.

Amy cogió la carpeta sin querer hacerlo. No tuvo más remedio que abrirla y ver la cifra.

Y se le secó la boca, porque era mucho dinero.

Qué digo, era un pastizal. La clase de dinero que solucionaba la vida de sus hermanas, que le quitaba a su madre los dolores de espalda y las preocupaciones, y que le permitía a ella, por primera vez en su vida, dejar de repartir comida por aplicación y respirar.

Jolín, era exactamente por lo que había venido al pueblo. La razón entera de que estuviera allí.

—Es... —Amy tragó—. Es una cifra muy generosa.

—Es el doble de lo que sacarías vendiéndola como negocio, cielo.

Y sin el follón de buscar comprador para una tienda de antigüedades, que hoy en día no las quiere nadie, las cosas como son.

—Lara sonrió, oliendo la duda como un tiburón huele la sangre—.

Tú te llevas tu parte, tus hermanas se llevan la suya, todos contentos, y asunto arreglado antes de que acabe el mes. Limpio y rápido. ¿A que suena bien?

—Tengo que pensarlo —dijo Amy.

Lara parpadeó, como si «pensarlo» no fuera una respuesta que entrara en sus planes.

—Claro, claro, piénsalo —dijo recuperando la sonrisa falsa—.

Pero no lo pienses mucho, ¿eh, cielo? Los compradores de este calibre no esperan eternamente, y una oferta como esta no se ve dos veces.

—Le dio una tarjeta, que Amy cogió por puro reflejo—.

Llámame cuando lo tengas claro. Que será pronto, seguro. Eres una chica lista, se te nota.

Y se fue, dejando tras de sí una estela de perfume caro y la carpeta con la cifra en las manos de Amy, que se quedó allí plantada en mitad de la tienda de sus abuelos, con la oferta de su vida en una mano y la tarjeta de Lara en la otra, sintiéndose, por primera vez desde que había llegado a Puerto Encantado, profunda y dolorosamente dividida.

Aun así, decidió guardar todo aquello en un rincón muy, muy lejano de su cabeza para que no volviera a molestarla y, enseguida, volvió a concentrarse en lo que importa.

Cash.

Se tumbó en la cama y dio rienda suelta a su fantasía: solo deseaba revivir cada detalle del último encuentro.

Una y otra vez.