Capítulo 15 — Amy #2
Amy le cogió el pelo con las dos manos arqueándose contra su boca, soltando guarradas que en otro contexto la habrían avergonzado y que ahora le salían solas, pidiéndole más, pidiéndole que no parara, y Cash gruñía contra ella como un animal mientras ella no dejaba de retorcerse, y cuando él le hundió un dedo, y luego dos, curvándolos dentro de ella mientras la lengua seguía trabajando, Amy supo que no iba a durar nada.
—Cash, me voy a venir... no pares, por favor, no pares...
Lejos de detenerse, Cash apretó la lengua justo donde tenía que apretarla y bombeó los dedos más rápido mientras Amy se desgañitaba contra su boca con un grito que seguramente oyó media marisma, los muslos temblando y el cuerpo entero sacudiéndose mientras Cash la sujetaba por las caderas y la lamía durante toda la corrida.
Sin soltarla. Sin darle tregua. Extendiendo el placer hasta que Amy se vio obligada a apartarle la cabeza porque no aguantaba más aquella agonía.
Madre mía, nunca antes me habían comido así.
El policía subió por su cuerpo besándole el vientre, los pechos, el cuello, con la barbilla brillante de sus jugos y una sonrisa de pura arrogancia masculina que en cualquier otro momento le habría dado ganas de soltarle un bofetón.
Pero que ahora, en cambio, solo le daba ganas de más.
—Una —dijo Cash ronco contra su oído—. Vamos a por unas cuantas rondas más. Me flipa oír cómo te corres.
Amy le buscó la boca, le bajó las manos por el pecho, por el abdomen duro, hasta dar con el último botón que le quedaba puesto, y se lo desabrochó con dedos torpes de impaciencia.
Cash se levantó solo lo justo para deshacerse de los pantalones y los calzoncillos de un movimiento, y cuando volvió sobre ella, por fin piel contra piel sin nada en medio, los dos gimieron a la vez por el contacto.
Amy lo notó duro contra su muslo, grande, listo, y le rodeó las caderas con las piernas para atraerlo, porque lo necesitaba dentro ya, ahora mismo.
—¿Estás segura? —murmuró Cash con la frente apoyada en la suya, temblando del esfuerzo de contenerse, porque hasta ardiendo de lujuria no podía dejar de ser quien era, el gran servidor preocupado por el bienestar del otro.
—Como me vuelvas a preguntar si estoy segura te juro que me visto y me voy —mintió Amy porque ni de coña se movería de donde estaba—. Fóllame de una vez, Keynes. Te lo has ganado.
Cash se irguió poderoso, los músculos contraídos y temblando con ansias por embestir.
Pero usó todo su autocontrol para entrar en ella muy despacio, haciéndola gemir y suplicar.
Amy podía sentir la polla enorme pulsando con la sangre a medida que recorría su canal hasta el fondo, llenándola por completo y enviando señales de placer a todo su cuerpo.
Por un momento ambos se quedaron quietos, jadeando. Cash dándole tiempo para adaptarse a su tamaño. Su frente caliente pegada a la de ella. La mandíbula tan tensa que Amy notaba el esfuerzo que le costaba no moverse como le gustaría.
No dar rienda suelta a su necesidad de ella.
Aún.
Cuando empezó a moverse de nuevo, hondo y lento, Amy soltó un grito y le clavó las uñas en la espalda levantando las caderas para recibirlo entero, y el ritmo fue subiendo, haciéndose más fuerte, más rápido, más bruto, la cama golpeando contra la pared, la respiración de los dos rota.
Cash le susurraba al oído cosas que la encendían todavía más. Lo puñeteramente apretada que estaba. Lo bien que se la follaba.
Lo mucho que llevaba deseando esto…
—Más… —pidió Amy, agarrándose a él—. Más fuerte.
Cash se incorporó sobre las rodillas, agarró sus caderas con las dos manos y embistió con ganas. Desde ese ángulo nuevo, Amy sintió que él tocaba justo en el punto donde tenía que tocar. Una, y otra, y otra vez. Incansable.
Insaciable.
Cuando notó el segundo orgasmo formándose, Amy pensó que era imposible.
Es demasiado pronto.
—Eso es —gruñó Cash, mirándola, bajando una mano para tocarla donde se unían sus cuerpos—. Córrete para mí, nena.
Y Amy, que nunca había podido dos veces seguidas, que estaba convencida de que era una de esas cosas que solo pasaban en las novelas, se corrió una vez más. Con él dentro, con sus dedos encima de su clítoris hinchado.
Cuando oyó a Cash maldecir y perder por fin el control, sintió que se derretía por completo alrededor de su polla caliente. Él la siguió embistiendo, retirándose y hundiéndose en ella hasta el fondo con un gruñido ronco.
Amy le clavó las uñas en la espalda mientras él se vaciaba dentro suyo, temblando, derrumbándose sobre ella con todo su peso mientras los dos se quedaban sin aire.
Tardaron un buen rato en volver a la tierra.
Cash tuvo la decencia de sostener parte de su peso sobre los codos para no aplastarla, con la cara hundida en su cuello, la respiración caliente contra su piel cubierta de sudor, y Amy se quedó ahí, debajo de él, acariciándole la espalda ancha, sintiendo los últimos temblores que les recorrían el cuerpo a los dos, pensando que jamás en su vida se había sentido tan completamente, tan peligrosamente a salvo.
Al rato Cash rodó hacia un lado, la atrajo contra su pecho y le pasó un brazo por encima, pesado y posesivo, como si quisiera asegurarse de que no se iba a ningún sitio.
Al darle un beso tierno en el pelo murmuró algo que Amy no llegó a entender.
Y en cuestión de minutos, con la facilidad de un hombre que ha trabajado todo el día y ha terminado la jornada de la mejor manera posible, se quedó dormido abrazado a ella.
Amy le miraba fascinada, acurrucada contra aquel cuerpo grande y cálido, escuchando su respiración lenta mientras el rumor del agua fuera la aquietaba y adormecía. Y con muchísimo cuidado de no despertarle, se incorporó un poco sobre el codo, solo para mirarle.
Cash dormido era otra cosa. Sin el ceño fruncido, sin la mandíbula apretada, sin la coraza de comisario serio que cargaba durante el día, parecía más joven, más suave, casi en paz.
La luz de la luna que entraba por la ventana le dibujaba el perfil de los músculos del hombro y el brazo cruzado sobre las sábanas, del pecho ancho subiendo y bajando despacio.
Tenía una cicatriz pequeña que le partía una ceja y que Amy no había advertido hasta entonces.
La trazó con su dedo muy suavemente para no despertarle.
Amy se quedó mirando embelesada a ese hombre, recorriendo con los ojos su rostro en la penumbra, pensando que nunca había visto nada igual de atractivo.
Tan condenadamente masculino.
Definitivamente, Cash era un hombre de los que ya no quedan.
Amy no se creía que el mismo policía que cuidaba de un pueblo entero sin pedir nada a cambio, estuviera ahora dormido a su lado, con un brazo todavía echado sobre ella.
Como si hasta en sueños quisiera protegerla.
El mismo hombre que la hacía sentir, por primera vez en años, que no estaba sola en el mundo.