El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 15 — Amy
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Capítulo 15 — Amy

—Esta noche no quiero que duermas sola —dijo Cash de pronto, y Amy levantó los ojos, sorprendida.

Seguía con la cara hinchada de llorar y la cabeza apoyada en el pecho de él. No estaba segura de por qué el saber que su abuela había abierto la tienda para cumplir el sueño de otro hombre que no era su abuelo le había afectado tanto.

Definitivamente necesitaba olvidarse de este asunto por un tiempo, y pasar la noche con Cash era todo lo que quería.

—Venga, coge lo que necesites para pasar la noche. Nos vamos a mi casa —dijo con su voz mandona de poli que no admitía discusión.

Amy, que llevaba toda la vida durmiendo sola y que se enorgullecía de ello, es más, que había convertido el dormir sola en una especie de bandera de independencia, se descubrió obedeciendo a este hombre sin una sola objeción.

Subió la escalera a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos, y fue a buscar su bolsa con el corazón desbocado por la anticipación. Sabía perfectamente qué iba a pasar en cuanto cruzaran la puerta de la casa de Cash.

Vas a pasar la noche en casa del comisario, Amy. Vas a pasar LA noche. Madre mía. Respira.

Metió cuatro cosas en su bolsa sin mirar, se cambió el pijama de llorar por unos vaqueros y una blusa, y bajó a toda prisa, antes de que le diera tiempo a pensárselo demasiado.

Porque pensárselo demasiado era lo que llevaba haciendo toda la vida.

Y mira de qué le había servido.

La casa de Cash estaba a las afueras del pueblo, donde la carretera se detenía y empezaba la marisma, y Amy se enamoró de ella antes incluso de bajar del coche.

—Bienvenida a mi humilde rancho —dijo Cash sonriendo y guiándola por el camino de grava.

Era una casa de madera baja y ancha, de esas tradicionales de Florida, con un porche grande que daba al agua y una pintura blanca que el salitre se había encargado de desconchar por las esquinas, dándole un aire gastado y bonito, de cosa vivida.

Amy subió unas escalerillas y notó la mecedora de madera y el par de botas de agua junto a la puerta.

Y, antes de que Amy pusiera un pie dentro de la casa, un perro grande salió a recibirla moviendo el rabo de alegría y olfateando sus piernas y manos con curiosidad. Era un labrador algo viejito y muy hermoso, y Amy se enamoró a primera vista.

—Este es Capitán —dijo Cash, rascándole las orejas—. No te va a hacer nada, hace años que decidió que ladrar era mucho esfuerzo.

—¡Hola, Capitán! —Amy se agachó a acariciarlo y el perro se dejó querer con un suspiro de placer—. Eres precioso, ¿sabes? Y tienes mejores modales que tu dueño.

Cash se encogió de hombros.

—Eso es verdad. Ven, pasa.

Dentro, la casa olía a pino recién cortado, a colada limpia y a algo indefinible que Amy identificó, sin saber muy bien por qué, como el olor de Cash.

Era un sitio sencillo, ordenado a su manera, sin un solo adorno puesto por gusto, pero lleno de cosas que contaban una historia si sabías mirar, y Amy llevaba semanas aprendiendo a mirar.

Se quitó la bolsa, la dejó sobre una mesa y se plantó frente a un par de fotos antiguas enmarcadas en la pared: un hombre alto, grande y serio posando delante de una barca.

Este tiene que ser el padre de Cash.

En la imagen también había una mujer de sonrisa amable y ojos azules. Sin duda su madre.

Ahora veo de quién ha sacado sus ojazos.

Fascinada se quedó observando un rato, y luego se volvió hacia la segunda fotografía, que mostraba a Cash de niño, flaco, de hombros anchos bajo una camisa de franela y mirando a la cámara muy serio.

Sostenía una caña de pescar más alta que él y, en la otra mano, llevaba unos cuantos pescados enganchados en un aro de alambre.

Se volvió y vio que Cash la miraba con interés.

—Los Keynes —dijo él, encogiéndose de hombros.

—Ya eras guapete de crío —sonrió, guiñándole el ojo.

Cash hizo una mueca.

—Tú ponte cómoda, voy a por unas cervezas.

Amy siguió dando vueltas, observándolo todo. Muebles que claramente habían pertenecido a otra generación y que Cash había conservado tal cual, como si mover el sofá de su madre fuera una traición.

Y en un rincón, apoyada contra la pared, una caña de pescar vieja que Amy reconoció sin que se lo dijeran. La del padre, la que Cash no usaba nunca pero tampoco pensaba regalar jamás.

A Amy se le encogió el corazón. Mirando aquella casa, entendió de pronto que Cash vivía exactamente igual que ella había vivido aquellas semanas: rodeado de los recuerdos de los que se habían ido, cuidando de un museo de ausencias, fiel a unos muertos que ya no podían pedirle nada.

—Es una casa preciosa, Cash —dijo al verle regresar con dos botellines de cerveza, uno de los cuales aceptó.

—Es vieja y se cae a trozos.

—Es preciosa y se nota que la quieres.

Cash no contestó.

Bebieron la cerveza sentados a la mesa. En un momento, Cash le pidió que fuera a sentarse en su regazo y Amy casi escupe el trago.

—¿De verdad? —preguntó ella con una sonrisa traviesa.

—Tengo ganas de sentirte.

Amy se sonrojó tanto que notó cómo le ardían las orejas. Aun así se levantó de su silla y, con picardía, se dejó caer sobre las piernas de Cash, quien de inmediato la atrajo contra sí, rodeándole la cintura con el brazo.

—Así está mejor —gruñó, dándole un sorbo largo a su cerveza y humedeciendo sus labios con la lengua justo después.

Amy siguió el gesto con sus ojos entornados de deseo y ya no se supo contener.

Cogió la mandíbula cuadrada de Cash con sus dos manos y le plantó un beso mojado en los labios.

Él atrajo su lengua dentro de su boca y la hostigó hasta que Amy sintió cómo sus bragas se empapaban por completo.

Entonces Cash dejó el botellín en la mesa de un golpe, sin despegar la boca de la suya, y le hundió una mano en el pelo para besarla más hondo, más sucio, mientras con la otra la apretaba contra él por la cintura.

Amy notó de inmediato lo dura que se había puesto la polla de Cash empujando contra los vaqueros y gimió.

Siguiendo su impulso se puso a horcajadas sobre su paquete y comenzó a balancearse frotándose contra él.

El roce hizo que Cash gruñera dentro de su boca, acrecentando su placer.

—Como sigas haciendo eso —siseó él contra sus labios— no llegamos al dormitorio.

—Haré que te corras sin salir de tus pantalones de policía.

Cash se apartó lo justo para mirarla con una ceja levantada. A Amy le encantó descolocar, por una vez, a aquel hombre que lo tenía todo siempre bajo control.

—Mira que eres mala —dijo él.

—No tienes ni idea.

Al parecer Cash aceptó el desafío porque de inmediato se levantó de la silla cargando a Amy en brazos, sin esfuerzo, como si no pesara nada, y ella le rodeó la cintura con las piernas y el cuello con los brazos y se dejó llevar por el pasillo a oscuras, devorándole la boca, mordiéndole el labio, sintiendo esa barba de tres días que raspaba de una manera tan sexy.

Amy hundió sus dedos en el pelo espeso de Cash, increíblemente suave al tacto. Una corriente eléctrica parecía recorrerla haciendo erizar y convulsionar su bajo vientre.

Capitán los miró pasar desde el sofá y al parecer decidió que aquello no era asunto suyo porque volvió a dormirse.

Amy fue cargada en vilo hasta el dormitorio que estaba fresco y a oscuras, con una ventana abierta por la que apenas entraba el rumor de la marisma y el aroma a salitre.

Cash la dejó justo al borde de una cama grande y mullida.

Durante un segundo se quedaron los dos mirándose en la penumbra con la respiración agitada. Conscientes de que ya no había vuelta atrás.

—Quítate eso —ordenó Cash, con la voz ronca, señalando la blusa con la barbilla—. Quiero verte.

Amy se mordió el labio.

—Quítamelo tú.

Cash desabrochó los botones uno a uno, con una paciencia que contrastaba con la dureza que Amy había notado contra ella hacía un momento, y le fue abriendo la blusa poco a poco, rozándole la piel con los nudillos a medida que la descubría, hasta que se la sacó por los hombros y la dejó caer al suelo.

Enseguida desabrochó el sujetador con una facilidad experta que Amy decidió no comentar.

Cuando los pechos de ella quedaron libres, él se quedó admirándolos con la mandíbula apretada y las aletas de la nariz dilatadas. Amy sintió el poder de aquella mirada en cada centímetro de su piel.

Cash parecía preparado para comerla a bocados.

—Joder, eres preciosa. No tienes ni idea de lo mucho que me pones.

Bajó hasta la altura de sus pechos y cerró la boca sobre un pezón, haciendo que Amy echara la cabeza atrás con un gemido lastimero.

Cash la lamió, chupó y mordió con suavidad. Con una mano amasaba sus pechos mientras que con la otra le desabrochaba el vaquero. Amy no sabía a qué parte de su cuerpo atender. Los pechos se le habían puesto tan duros que dolían y las rodillas le temblaban de placer.

Era demasiado.

Cuando Cash la empujó con suavidad para tumbarla en la cama, ella se dejó caer encantada, arrastrándole consigo.

Ahora él le quitaba los vaqueros dejando las braguitas expuestas. El algodón estaba empapado y se transparentaba. La acarició por encima de la tela mojada, mirándola divertido mientras lo hacía.

—Estás chorreando —dijo Cash, y lo dijo con una satisfacción ronca, casi cruel—. Todo esto por mí.

—Cállate —jadeó Amy, retorciéndose contra su mano—. Cállate y haz algo.

—Tranquila, nena, aquí quien da las órdenes soy yo.

Le arrancó las bragas de un tirón impaciente. Antes de que Amy pudiera reaccionar, Cash ya se había deslizado entre sus muslos, abriéndolos con las palmas de sus manos mientras succionaba su coño dentro de su boca como un animal hambriento.

Amy gritó al sentirse invadida, la lengua del policía recorriéndola entera, de abajo hacia arriba y de adentro hacia fuera, para luego concentrarse justo donde más lo necesitaba, lamiendo, chupando y sorbiendo con una destreza que consiguió aniquilar cualquier tipo de pensamiento de su cabeza.