Capítulo 14 — Cash
Cash llevaba media hora gestionando un accidente de tráfico en la carretera de entrada al pueblo. El choque no era grave, pero la bruma de la mañana en la única curva con mala visibilidad había bastado para montar un buen lío.
Una furgoneta de reparto y el Toyota de los Figueroa se habían encontrado al salir de la curva, y ahora estaban los dos atravesados en la calzada con los faros rotos, los parachoques colgando a pedazos y dos conductores que discutían a voz en cuello sobre quién tenía preferencia y quién había sido el gilipollas, mientras una cola de coches se iba formando detrás acompañada de una pitada impaciente.
Cash había separado a los dos conductores antes de que la discusión pasara a mayores, había puesto los triángulos, acababa de mandar desviar el tráfico por el arcén y estaba ahora rellenando el parte con la calma de quien ha hecho esto cuatrocientas veces.
En Puerto Encantado un choque sin heridos era, prácticamente, un acontecimiento social.
—Te digo que él venía a toda hostia —insistía Figueroa.
—Y yo te digo que tú saliste sin mirar, como sales siempre, que llevas cuarenta años saliendo de esa curva como si fueras el único coche del mundo.
—Caballeros —Cash ni se molestó en levantar la vista del parte—. Os queréis mucho los dos, ya lo veo. ¿El seguro reconoce la culpa o lo dejamos en amistoso y os vais a desayunar?
Eso los calló a los dos, como Cash sabía que los callaría, porque en el fondo ninguno quería papeleo y los dos querían desayunar.
Estaba terminando de apuntar las matrículas cuando le vibró el móvil en el bolsillo del pecho.
Lo sacó por costumbre, pensando que sería Noah preguntando si necesitaba ayuda, o Gloria invitándole a algo, o cualquiera de las cien personas que le escribían cada día por cosas que no eran asunto de la policía pero que en aquel pueblo, por algún motivo, sí eran asunto de Cash.
Era Amy.
Y solo con ver su nombre en la pantalla, a Cash se le iluminó la cara.
Miró a su alrededor para comprobar que nadie le observaba.
Su cuerpo aún retenía cada una de las sensaciones de haber tenido a Amy sujeta contra una pared con la mano dentro de sus bragas, y llevaba toda la mañana intentando no pensar en ello y fracasando estrepitosamente.
Pero el mensaje no iba de eso.
He encontrado algo en el escritorio de mi abuelo. Hay cartas y una foto. Cash, mi abuela tuvo un lío con ese hombre, con Holloway. No sé qué hacer con esto. No es urgente urgente, pero ven cuando puedas. Te necesito.
Releyó ese «te necesito» varias veces mientras intentaba borrarse la sonrisa de idiota de la cara, no fuera a ser que lo vieran.
Tranquila, en media hora estoy allí.
Se mordió el labio mientras decidía si añadir lo que sentía. *A la mierda*, lo iba a poner de cualquier manera.
Te echo de menos, preciosa.
Guardó el móvil y regresó al medio de la carretera, donde los hombres seguían echándose las culpas el uno al otro.
—Figueroa. —Cerró la carpeta del parte—. Ricci. Lo dejamos en amistoso. Rellenáis esto, me lo firmáis, y a desayunar. Y mucho ojo porque como os volváis a pelear, os multo a los dos por alterar el orden público y por tontos. ¿Estamos?
Los hombres asintieron aún refunfuñando.
—Y aparta la furgoneta del medio, Ricci, que hay medio pueblo pitando.
Cash dejó el accidente resuelto en diez minutos, se montó en el todoterreno y enfiló hacia Castillo Antigüedades silbando una canción ranchera.
Se preguntó acerca del presunto lío de Dolores. ¿De verdad Amy había encontrado una foto de ella con aquel tipo? *Vaya, esto se complicaba.* Pensó en Arturo y se le estrujó el corazón.
Aquello le hizo pensar sin querer en Lauren. Disgustado empujó el recuerdo de esa mujer al puñetero cubo de la basura de su mente.
Encontró a Amy en la trastienda, sentada en el suelo a lo indio, apoyada contra el escritorio de su abuelo y rodeada de las cartas que había extendido por el parqué como los naipes de una baraja.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera, los ojos algo enrojecidos de no haber dormido bien y una taza de café frío al lado.
Cash sintió el impulso de levantarla en brazos y llevársela a la cama para hacerla descansar junto a él.
—Has venido —dijo ella.
—Has dicho que me necesitabas.
Lo dijo sin pensar, con una sencillez que los sorprendió a los dos, y algo cruzó la cara de Amy, una emoción rápida que no llegó a identificar, antes de que volviera a bajar la vista a las cartas.
—Casi no he pegado ojo —suspiró exhausta—.
Encontré la caja antes de que llegaras anoche y, después de que te fueras, en vez de dormir bajé y empecé a leer.
—Cogió una de las cartas con cuidado, como si pudiera romperse—.
Son de él. De Holloway. Todas. Están fechadas en el sesenta y seis, el sesenta y siete.
Y son... Cash, son cartas de amor, de las que te escribe alguien que está completamente colado por ti.
Cash se acercó unos pasos, sin tocarla todavía, dándole su espacio.
—¿Qué dicen?
—Échale un ojo a esta. —Amy le pasó una, con la letra apretada y marinera que ya conocían de los mapas—. Yo ya la he leído tres veces y todavía no me lo creo.
Cash tomó asiento a su lado y leyó. Y aunque no era hombre de emocionarse con papeles viejos, hasta a él le llegó algo de aquella letra: un hombre joven escribiéndole a una mujer joven desde un barco, contándole del mar, de los puertos, de las ganas de volver a verla y de lo que harían cuando regresara.
Planes, un futuro entero dibujado en tinta por alguien que hablaba de Dolores como de lo más preciado que tenía en su vida.
—Cuando vuelva, nos casaremos, y le diré a tu padre que se aguante —leyó Cash en voz alta, y notó el malestar que se le formaba en la garganta—.
Te aseguro que montaremos la tienda que llevo planeando por años y que tanto deseamos, y la llenaremos de tesoros con historia, y será de los dos, y así no tendré que apartarme nunca más de ti.
Cash levantó una ceja y soltó un silbido. *Vaya.*
—La tienda —murmuró Amy con desconsuelo—. Cash, la tienda fue idea suya. De Holloway. No de mi abuelo. —Cash la miró y vio que tenía los ojos húmedos—. Mi abuela montó esta tienda con mi abuelo, sí, pero es un proyecto que estaba soñando junto a este otro hombre...
Cash bajó la carta despacio. Empezaba a entender la magnitud de lo que tenía Amy entre las manos, y empezaba a entender, también, por qué Dolores había dejado los mapas *«para cuando el cielo se haya despejado»*. Esto explicaba además por qué Celeste se cerraba en banda.
¿Sería esta la razón por la que la madre de Amy no había vuelto a pisar el pueblo?
Joder, al parecer había una historia secreta enterrada bajo aquella familia, algo que nadie había querido volver a desenterrar. Y Amy acababa de poner el dedo en la llaga.
—Qué fuerte, me pregunto qué pasaría con él —susurró Cash.
—No lo sé. Las cartas se acaban de golpe.
La última es del otoño del sesenta y siete y luego ya no hay más.
—Amy se abrazó las rodillas—. No sé si volvió, si la dejó, si se murió, si...
Jolín, no sé nada. Solo sé que en algún momento dejó de escribir y que mi abuela acabó casándose con mi abuelo, y que, a pesar de todo, guardó todas estas cartas en una caja de hojalata… No tiene sentido.
Cash suspiró y le pasó un brazo por los hombros atrayéndola contra su pecho, muy despacio, dándole tiempo a apartarse. Cuando Amy no lo hizo, sino que, al contrario, se dejó caer contra él y escondió la cara en su cuello, sollozando y temblando, Cash la sostuvo.
Sin decir nada. Sin intentar arreglarlo. Solo abrazándola con la barbilla apoyada en su pelo, que olía a café y a manzanilla, ambos sentados en el suelo de la trastienda y rodeados de las cartas de amor de un fantasma.
—Lo vamos a averiguar —dijo al fin, bajito, contra su pelo—. Lo que sea que haya pasado, lo vamos a averiguar juntos.