Capítulo 13 — Amy
Amy cerró la tienda con dos vueltas de llave, como le había ordenado el comisario mandón, y subió al piso convencida de que se iba a dormir.
No pegó ojo.
¿Cómo iba a dormirse con el aliento de Cash todavía en sus labios, con el «sabes que sí» repitiéndose en bucle, con el cuerpo entero zumbándole como un cable de alta tensión por culpa de un beso que no había llegado a pasar?
Dio vueltas en la cama de sus abuelos durante una hora larga, acalorada, inquieta, maldiciendo a la viuda de Pérez y a su fuga de agua con una intensidad que probablemente no merecía una anciana asustada a las once de la noche.
Eres una persona horrible, Amy.
Y todo por un beso.
Por un casi beso, se corrigió, haciendo una mueca de frustración.
¡Qué va, eso no fue ni siquiera medio beso!
A la una de la madrugada se rindió, encendió la luz y bajó a la tienda en pijama.
Si no iba a dormir, al menos podía trabajar.
Además, a esas horas, en silencio, con la luz cálida de la lámpara del mostrador, el local se había convertido, sin que ella se diera cuenta, en el único sitio del mundo donde se sentía en casa.
Se puso con el escritorio de la trastienda, el de su abuelo, que llevaba días queriendo vaciar a fondo. Y fue ahí, en el cajón de abajo, debajo de un montón de facturas viejas y catálogos amarillos, donde encontró la caja.
Era pequeña, de hojalata, de esas de galletas danesas que en todas las casas del mundo acaban guardando cualquier cosa menos galletas.
Amy la abrió sin esperar gran cosa y se encontró una especie de reconstrucción de la vida entera de su abuela hecha de objetos: fotos, un mechón de pelo de bebé atado con un lazo, una pulsera de dijes, y un fajo de cartas atadas con una cinta, con una letra que no era la de su abuelo.
Madre mía, ¿qué es todo esto?
Una foto le dio un vuelco al corazón.
Su abuela, joven, guapísima, en el muelle de Puerto Encantado, riéndose. Y a su lado, con el brazo sobre sus hombros, un hombre cuyo rostro la foto no lograba capturar del todo: la imagen estaba desvaída, sobreexpuesta por el sol o por los años, apenas una silueta de uniforme y gorra de marinero.
Detrás, escrito a lápiz con la letra redonda de Dolores: *J. y yo, verano del 67.*
J.
J. Holloway.
Oh no.
A Amy se le secó la boca. A toda prisa le dio la vuelta a la foto, volvió a leer la fecha, miró otra vez la cara del hombre, su sonrisa, la forma en que tenía el brazo sobre los hombros de su abuela, que no era la forma en que pones el brazo sobre una clienta o una amiga, sino la forma en que lo pones sobre alguien que es tuyo.
Y de pronto las cartas, y el mechón de pelo, pero sobre todo la nota, *«esto es para Amy, para cuando el cielo se haya despejado…
»*, empezaron a girar en su cabeza formando una figura que aún no entendía pero que ya le dolía, porque fuera lo que fuera, era un asunto enorme, y era de su familia, y nadie se lo había contado nunca.
Le temblaban las manos. No supo si de frío, de cansancio o de la sensación vertiginosa de estar tirando de un hilo que iba a deshacer toda una vida que ella creía conocer y no conocía en absoluto.
Y entonces llamaron a la puerta de la tienda.
Amy pegó un bote y se llevó una mano al corazón. Eran más de la una. A través del cristal, bajo la farola de la calle, vio una silueta grande e inconfundible, y el corazón, que ya iba a mil por el susto, se le disparó por otro motivo completamente distinto.
Bajó, deshizo las dos vueltas de llave con dedos torpes y abrió.
Cash estaba en el umbral, todavía con la ropa de la cena, el pelo revuelto y una mancha en la camiseta que probablemente sería agua de la fuga de la viuda. Tenía cara de cansancio y los ojos oscuros, fijos en ella, con una intensidad que le quitó de golpe el frío de la calle.
—Vi la luz encendida —dijo él con la voz ronca—. Desde la calle. Pensé que... no sé qué pensé. Que igual te pasaba algo.
—Es la una de la mañana.
—Ya.
—¿Has venido a comprobar que había echado las dos vueltas?
—Puede.
Y se quedaron así, mirándose, ella descalza en el umbral con el pijama y los ojos brillantes, él sin poder quitarle los ojos de encima.
Al fin, Cash pasó por su lado sin pedirle permiso. Amy tomó aire, cerró la puerta a su espalda y echó una vuelta de llave por costumbre. Cuando se giró él estaba justo allí, muy cerca, y para ella ya no había duda de a qué había venido.
—Amy —gruñó Cash, dando otro paso al frente—. Si quieres que me detenga, dilo ahora y me largo.
Amy sintió un calor delicioso subir desde su entrepierna.
—No quiero que te vayas. —Amy dio el paso que faltaba, le puso una mano en el pecho y notó el corazón golpeándole dentro, desbocado, tan fuera de control como el suyo—. Cállate de una vez y bésame.
No se lo tuvo que repetir.
La boca de Cash cayó sobre la suya y todo lo que llevaban conteniendo se desbordó de golpe.
No fue un primer beso tímido, de tanteo, fue hambriento desde el primer segundo, las bocas abriéndose, las lenguas encontrándose, un beso que sabía al vino de la cena y a algo más oscuro y más urgente, y Amy se agarró a su camiseta con las dos manos y tiró de él hacia el interior como si llevara toda la vida esperando para hacerlo.
Cash la cogió por el culo con las dos manos y la levantó del suelo como si no pesara nada, apretándola contra él.
Amy rodeó su cintura con las piernas por instinto y notó, muy dura contra ella, la polla de Cash a través de la tela gruesa del pantalón.
Al instante se le escapó un gemido contra su boca y él gruñó en respuesta, la llevó así, atravesando la sala a ciegas, sin despegar los labios de los suyos, hasta que la espalda de Amy chocó contra una pared y Cash se metió entre sus rodillas y se la sentó encima.
Sin un gramo de vergüenza, Amy se frotó contra él, contra su paquete enorme buscando la fricción donde más la necesitaba. El roce continuo le provocó una sensación parecida a una descarga eléctrica que la hizo arquearse y jadear.
—Joder —jadeó Cash contra su boca, agarrándole las nalgas para apretarla más fuerte contra él—. Llevo días pensando en esto, cada puto día…
—También yo —Amy le mordió el labio inferior y lo oyó soltar un gruñido grave que le bajó por el cuerpo hasta sentir las vibraciones dentro de su coño húmedo.
Desesperada tironeó del cuello de su camisa y Cash se separó solo lo justo para quitársela sin desabotonar por encima de la cabeza. Y entonces fue Amy la que se quedó sin aire porque, madre del amor hermoso, los antebrazos solo eran el principio.
Mordiéndose el labio de deseo, Amy puso las palmas de sus manos en el pectoral trabajado de Cash, subiendo luego hasta sus hombros y rodeándolo hasta llegar a la amplia espalda de nadador, recorriendo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Su piel caliente sobre músculo duro le resultó adictiva, y Cash la dejó hacer un segundo antes de volver a por su boca con un gruñido bruto, metiendo sus manos enormes por debajo de la camiseta del pijama de Amy, moviéndose despacio, las palmas ásperas dejándole un reguero de fuego por la piel sensible de sus pechos.
—¿Puedo? —murmuró él contra su cuello, dándole un beso justo debajo de la oreja que la hizo arquearse.
—Sí. Dios, sí.
Cash le sacó la camiseta del pijama por la cabeza.
Amy no llevaba sujetador debajo del pijama y él se quedó mirándola un segundo, los ojos oscurecidos por el deseo clavados en sus pechos, antes de bajar la boca a uno de ellos y cerrar los labios sobre el pezón.
Al primer contacto de su lengua, Amy echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una serie de gemidos largos que la avergonzaron y enseguida intentó ahogar.
Madre mía, esto es demasiado…
Cash la sostenía por la espalda con una mano mientras con la boca y la lengua torturaba sus pezones de tal manera que le ponía los ojos en blanco. Sintió que su otra mano se deslizaba por sus muslos, subiendo hacia su entrepierna hasta que sus dedos consiguieron enganchar el elástico de las bragas.
—Cash —jadeó ella, agarrándole el pelo—. Por favor.
—Dime qué quieres y te lo daré.
—Tócame, por favor, tócame...
Cash metió la mano por debajo del encaje acariciando su coño con su palma áspera.
Amy aplastó su boca contra los labios de él para ahogar sus gemidos de puro placer.
Cuando Cash encontró el punto exacto, Amy, ya empapada de las ganas que llevaba acumulando toda la noche, soltó unos tacos tan obscenos que en circunstancias normales le habrían abochornado.
Pero estas no eran circunstancias normales y decidió que no iba a cortarse.
Le deseaba muchísimo y se correría como tenía que ser.
Liberada de toda vergüenza, se dejó caer hacia atrás aplastada contra la fría pared, abierta de piernas, frotándose contra su mano con ansias, una y otra vez, persiguiendo el orgasmo que ya notaba acercarse como una ola, mientras él le mordía el cuello y le susurraba guarradas con su voz grave y mandona llevándola hasta el borde.
Cuando al fin explotó fue un inmenso alivio. Una ola de placer le recorrió el cuerpo mientras sollozaba sin control y se abrazaba con desesperación a la espalda ancha de Cash sintiendo que se despeñaba por un precipicio sin fondo.
Cuando volvió a alzar la cabeza, vio que Cash la observaba con aprobación. La bajó suavemente hasta dejarla en el suelo y, apoyando su frente en la de ella, susurró:
—Lo has hecho muy bien, preciosa.
—¿No vas a…?
Cash le puso un dedo en sus labios y sonrió con malicia.
—No te preocupes por mí, ya me cobraré mi parte con creces. Te follaré en mi casa, sobre mi cama, como Dios manda. Esto solo ha sido el aperitivo.
Amy lamió el dedo de Cash y se lo metió apenas en la boca para saborearlo. Luego le miró a los ojos con una sonrisa de satisfacción.
—Suena a planazo.