El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 12 — Cash
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Capítulo 12 — Cash

Cash llevaba doce años yendo a la noche de cocina de Gloria Medina. En doce años, jamás se había planteado no ir. Era lo que se hacía, y ya. Las tradiciones no se discutían.

El segundo viernes de cada mes, El Faro cerraba al público.

Gloria reunía a media docena de vecinos en la cocina grande del restaurante, repartía delantales y los ponía a todos a cocinar un menú imposible, mientras Ramón supervisaba desde un rincón con una copa de vino y la autoridad moral de quien lleva cuarenta años entre fogones.

Se cocinaba, se comía, se bebía y se cotilleaba.

Cash iba, pelaba lo que le mandaran pelar, comía mucho, hablaba poco y se volvía a casa. Doce años de lo mismo.

Lo que no había hecho nunca, en esos doce años, era estar con un ojo puesto en la puerta cada dos minutos para ver si entraba alguien.

—Estás pendiente de la puerta —comentó Gloria de pasada, plantándole un delantal en el pecho sin preguntar—. ¿Esperas a alguien?

—No.

—Porque he invitado a la chica de los Castillo. Pobrecilla, sola en el pueblo, no me parecía bien dejarla en casa un viernes por la noche. —Gloria lo miró con una inocencia tan estudiada que habría engañado a cualquiera menos a alguien que la conociera—. ¿Te parece mal que la haya invitado?

—Me parece estupendo, Gloria.

—Eso pensaba yo. —Le dio una palmadita en la mejilla y se fue a recibir a los demás, dejando a Cash con el delantal en las manos y la incómoda certeza de que toda aquella noche, probablemente, había sido orquestada con la precisión de una operación militar.

Amy llegó diez minutos después, y Cash supo el momento exacto en que cruzó la puerta porque la cocina entera subió de volumen, como sube el mar cuando se acerca una ola.

Gloria la abrazó, Ramón le sirvió vino antes de que pidiera, alguien le buscó un delantal, y Amy, que en una semana se había metido el pueblo entero en el bolsillo igual que se había metido en el bolsillo a Noah y a los del cuartel, se rio de algo, y la risa le llegó a Cash desde la otra punta de la cocina.

Al instante enderezó la espalda y sintió una tensión entre las piernas que prefirió ignorar mientras mantenía la vista en las cebolletas sobre la tabla de picar.

—Comisario —saludó ella, acercándose con el vino y una sonrisa que era solo un poco demasiado inocente—. No sabía que cocinabas.

—No cocino, solo pelo y troceo.

—Pelará las gambas —tradujo Ramón desde su rincón—. Es lo único que le dejo tocar. Una vez intentó hacer un sofrito y tuve que llamar a los bomberos.

—Qué exagerado, eso fue porque los fuegos no funcionaban bien —protestó Cash—. Y los bomberos solo eran Noah con un extintor.

—Un incendio al fin y al cabo.

Amy se rio, y a Cash le costó un esfuerzo absurdo no quedarse mirándola como un pasmarote delante de medio pueblo.

Aquí cada mirada de más era un titular, así que se concentró en las gambas.

Lo cual habría funcionado de maravilla si Gloria, con esa puntería suya para el desastre romántico, no hubiera puesto a Amy a trabajar justo a su lado.

—Tú al cilantro, niña —le dijo, plantándole una tabla y un cuchillo al lado de Cash—. Pícamelo finito. Y tú, Cash, enséñale, que se va a cortar un dedo.

—No me voy a cortar un dedo —dijo Amy.

—Te vas a cortar un dedo —dijo Cash.

—Que no.

Al poco de empezar se cortó el índice izquierdo. No de gravedad, un corte de nada, pero soltó un «¡ay, jolín!» tan teatral que Cash dejó las gambas y le cogió de la mano antes de pensarlo.

Y de pronto estaba ahí, en mitad de la cocina de El Faro, sosteniéndole la mano a Amy bajo el grifo de agua fría mientras le revisaba un corte que no necesitaba más que una tirita.

—Estás bien —murmuró—, es superficial.

—Ya te he dicho que era superficial.

—Has dicho que no te ibas a cortar.

—Pues me equivoqué.

De nuevo estaban demasiado cerca. El agua corría, la cocina bullía a su alrededor llena de ruido, vapor y conversaciones, y sin embargo el metro cuadrado que ocupaban los dos se había quedado en un silencio raro, cargado, con la mano de Amy todavía en la de Cash y ninguno de los dos haciendo el menor amago de soltarse.

Cash le notaba el pulso en la muñeca, rápido, como cuando la acorraló en el hueco del armario.

Tras cerrar el grifo, le secó la mano con un paño, con mucho más cuidado del que requería el caso, y cuando levantó la vista, Amy lo estaba mirando con una intensidad que le borró de la cabeza todo lo demás: el cilantro, las gambas, Gloria, Ramón o el pueblo entero.

—Cash —dijo Ramón, desde su rincón, en un tono que dejaba muy claro que llevaba un rato observando—. Que la mano ya está seca, hijo.

Cash soltó la mano de Amy como si le quemara. Alguien se rió por lo bajo. Gloria, sin apartar la vista del cazo que estaba atendiendo, sonreía de una manera que no presagiaba nada bueno para la paz mental de Cash en las próximas semanas.

—Una tirita —dijo Cash, con la dignidad hecha trizas—. Voy a por una tirita.

Y huyó hacia el botiquín, perseguido por la risa contenida de toda la cocina y por la certeza de que aquello, mañana, lo sabría hasta el último gato del pueblo.

El resto de la noche fue una tortura deliciosa.

Cenaron todos juntos en la mesa grande de El Faro, con las fuentes pasando de mano en mano, el vino corriendo, y Ramón contando por enésima vez la historia de cuando le sirvió pulpo a un crítico gastronómico que se lo devolvió con gesto de haber olido mierda y le puso en la reseña que más que pulpo aquello era un chicle con tentáculos.

Amy reía encantada.

La habían sentado justo enfrente de Cash, no al lado, lo cual debería haberle facilitado las cosas, pero se las complicó muchísimo más.

Porque enfrente significaba que cada vez que levantaba la vista del plato se topaba con ella, y que cada vez que ella se reía con la boca medio llena y se tapaba con la mano, él tenía que recordarse activamente que estaba en público, y que mirar así a alguien en Puerto Encantado equivalía a publicar un anuncio en el periódico que dijera: «hombre soltero busca».

Cuando terminaron, ya era tarde, y la gente empezó a recoger y a despedirse entre bostezos y promesas de repetir.

Cash se ofreció a llevar a Amy hasta la tienda porque su coche seguía en el taller y, total, ya de perdidos al río: el pueblo entero los había visto esa noche, y un trayecto en coche no iba a empeorar las cosas.

Al menos eso fue lo que se dijo. Que aquello no iba a empeorar las cosas, pero se equivocaba.

Salieron de El Faro a una noche tibia y despejada, de esas típicas de Florida en que el calor del día se ablanda y el aire huele a sal y a tierra mojada.

La calle estaba vacía y en silencio, el pueblo entero recogido ya, y en lugar de ir directos al coche, sin que ninguno lo propusiera, echaron a andar hacia el paseo, despacio, como si los dos quisieran estirar la noche un poco más.

—Me ha gustado —dijo Amy, con las manos en los bolsillos—.

La cena. Tu pueblo. Toda esta gente que se mete en la vida de todo el mundo y te da de comer y te pregunta cosas que no debería.

—Miró hacia el agua con un suspiro—. En mi barrio no conozco ni a mis vecinos de rellano.

Llevo tres años viviendo al lado de un señor y no sé cómo se llama.

—Aquí sabrías cómo se llama, a qué hora se levanta, qué cena y con quién se acuesta.

—Ya. —Amy se rió—. Y sería agotador. Y sin embargo...

—Se quedó callada, buscando las palabras—.

No sé, aquí hay algo mágico. Que la gente te conozca, que les importes, aunque sea para cotillear…

eso vale, ¿sabes? Llevo toda la vida pasando por los sitios sin que nadie note que me he ido.

Aquí, en una semana, ya hay gente que nota si no aparezco.

Cash la miró embobado. La luz de las farolas del paseo le daba de lado y le realzaba la belleza natural, y no dejaba de maravillarse ante una mujer que se mostraba ante él tal cual era, sin cortarse.

—Tú eres mágica —soltó Cash sin pensarlo.

No había querido decir aquello. Le salió solo, igual que le había salido cogerle la mano bajo el grifo, igual que le salían últimamente todas las cosas que su cabeza le prohibía y que su cuerpo hacía de todas formas.

Amy se detuvo y se giró hacia él. Estaban en mitad del paseo, a oscuras, el mar a un lado y el pueblo dormido al otro, y por una vez no había nadie mirando, ni Gloria, ni Ramón, ni Pete en su banco de pescador, nadie.

Solo ellos dos y el ruido del agua.

—¿Me besarías? —preguntó Amy, y la voz le salió baja, insegura, sin rastro de broma.

—Sabes que sí.

Y entonces pasó. Lo que llevaba pasando toda la semana sin acabar de pasar.

Cash bajó la vista a su boca, Amy levantó la cara, los dos se inclinaron a la vez en esa coreografía idiota que conocían de memoria sin haberla bailado nunca, y por un instante el mundo se redujo a la distancia mínima entre dos personas que llevan demasiado tiempo conteniéndose...

Pero el puñetero móvil de Cash sonó con el tono chillón de la centralita, el que usaba para alertarle cuando había algún incidente.

Cash cerró los ojos un segundo, se enderezó y soltó el aire despacio. Y, muy a su pesar, se apartó de Amy.

—Debo cogerlo —dijo, con la voz ronca y un cabreo monumental contra el universo entero—. Es la centralita.

—Claro. —Amy dio un paso atrás, parpadeando, volviendo de donde quiera que hubiera estado—. Faltaba más, cógelo, es tu trabajo.

Cash descolgó, escuchó durante un momento y dijo «voy para allá» en piloto automático.

Una fuga de agua en casa de la viuda de Pérez, nada grave, nada que no pudiera esperar, pero la viuda estaba sola y asustada, eran las once de la noche, y no había putos fontaneros en el pueblo que curraran a esas horas.

Cash, siendo quien era y haciendo lo que hacía, escogió atender a su deber.

Acongojado, miró a Amy.

—Te llevo a la tienda de camino —dijo.

—No hace falta. Está a cuatro calles, voy andando. —Amy ya se estaba alejando de espaldas, con una sonrisa que intentaba ser ligera y no llegaba del todo a sus ojos—. Ve a salvar a tu vecina, comisario. El deber público y todo eso.

—Espera, Amy.

—¿Qué?

Cash quiso decir muchas cosas. Que lo sentía. Que en cualquier otro momento, en cualquier otra vida, no habría cogido el teléfono. Que llevaba una semana sin pensar en otra cosa que en aquel instante exacto que la centralita acababa de hacer añicos.

—Cierra bien la tienda —dijo en cambio—. Con las dos vueltas.

Amy soltó la risa a su pesar.

—Con las dos vueltas, entendido.

Y se marchó, calle abajo, bajo las farolas, mientras Cash se quedaba plantado en mitad del paseo siguiéndola con los ojos, la sensación aún tibia de la boca de Amy a un palmo de la suya grabada a fuego.

Luchando contra su propia frustración, puso en marcha el todoterreno y enfiló hacia la casa de la viuda de Pérez.

Pero por primera vez en años, mientras conducía hacia la casa de otra persona a resolver un problema ajeno, Cash Keynes se descubrió deseando, con todas sus fuerzas, ser por una sola noche un hombre corriente a quien absolutamente nadie necesitara.