Capítulo 11 — Amy
—Como vuelvas a tocar el tema de Cash Keynes, te juro que me levanto y me voy —sentenció Amy vaciando de un trago su tercer vaso de ron.
—Nadie ha tocado ningún tema —contestó Mari, tan tranquila, mientras giraba el letrero de la puerta de ABIERTO a CERRADO—. He dicho que el comisario tiene un buen culo. Es una observación constatable, casi científica.
—Es una guarrada.
—Es ciencia.
El Pelícano a las nueve de la noche era un sitio completamente distinto del de las mañanas. Sin clientes, con las luces a media potencia y las sillas patas arriba sobre las mesas, la cafetería tenía un aire íntimo y conspirativo, como de cuartel general del cotilleo.
Mari había despejado una mesa, la había arrastrado hasta detrás de la barra, y sobre ella reinaba ahora una botella de ron oscuro sin etiqueta, tres vasos, un cuenco de hielo y los restos de una tarta de lima que iban menguando a ojos vista.
—Este ron era de mi abuela —dijo Mari, sirviendo con mano generosa—. Lo hacía un primo suyo en Cuba y se lo mandaba en botellas sin etiqueta para que no le pillaran en la aduana. Cuando se muera esta botella, se muere también un trocito de la isla, así que hay que beberlo con respeto.
—Yo lo bebo con muchísimo respeto —dijo la tercera mujer de la mesa, cogiendo el vaso con ambas manos.
Se llamaba Rose y regentaba la mercería de la plaza.
Tenía sesenta y tantos años y una lengua que no se cortaba ante nada ni nadie.
Amy la había conocido hacía media hora y ya le caía bien, sobre todo porque Rose había dedicado los primeros diez minutos a ponerle verde al alcalde, a la junta del pueblo y a un sobrino suyo que «no daba un palo al agua», y a Amy le encantaba la gente con opiniones.
—Sabe a gloria —Rose se relamió como una gata—.
Cubano del bueno. De este ya solo queda el de Mari y el que esconde Celeste en su casa, que esa es más cubana que las palmeras —le guiñó un ojo a Amy y rio—.
Pero del suyo no cae ni una gota, ¿eh? Para el ron es una tacaña, la condená, lo guarda como si fuera agua bendita.
—Bueno —dijo, dándole otro trago al ron y soltando un suspiro de satisfacción—. ¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! Del culo del comisario.
—¡No hablábamos de eso! —protestó Amy.
—Pues deberíamos.
—Estoy de acuerdo —afirmó Mari guiñando el ojo.
—Os odio a las dos.
Mari y Rose chocaron los vasos, encantadas, y Amy se rindió a lo inevitable y le dio un buen trago a su ron, que estaba, para qué negarlo, buenísimo: dulce y fuerte, con un punto ahumado que le bajó por la garganta como una caricia.
Madre mía, menudo colocón la esperaba.
—A ver, en serio. —Mari se inclinó sobre la mesa, con esa cara de poner el cazo que Amy ya le conocía—. Lleva una semana yendo a la tienda todas las tardes. Todas. Y hoy, según me ha contado un pajarito, le has hecho hacer horas extras.
—¿Cómo sabes eso? Apenas han pasado unas horas.
—Cielo, esto es Puerto Encantado. ¡Venga, desembucha!
Amy abrió la boca para soltar lo de siempre: lo del robo a la tienda, lo del papeleo, lo del inventario que había que hacer, todo el repertorio de excusas que llevaba una semana repitiéndose a sí misma.
Pero estaba el ron de la abuela cubana corriéndole por las venas, y estaba la luz cálida y baja del Pelícano, y estaban aquellas dos mujeres mirándola con un cariño descarado y sin juicio, y de pronto le pareció una tontería seguir mintiéndoles a las únicas dos personas del pueblo que ya sabían perfectamente la verdad.
—Es que no sé qué está pasando —confesó, y la sola frase la alivió tanto que fue como si soltara una mochila—.
¿Vale? No lo sé. Vine a vender una tienda con un plazo de tres semanas.
Inventariar, tasar, vender y largarme, ¡si parecía facilísimo!
Y de repente llevo una semana inventando excusas para que un comisario gruñón se quede una hora más conmigo en el local, y hoy le he vuelto a llevar dónuts a la comisaría solo para verle, y hace un rato casi nos... —se mordió la lengua para no seguir.
Se hizo un silencio absoluto en la mesa. Mari y Rose se quedaron muy quietas, los vasos a medio camino, como dos gatas que han oído el ruido de la lata de comida.
—¿Casi os qué? —susurró Mari, inclinando la cabeza hacia Amy.
—Esto… nada.
—¡Amy Castillo, ¿casi os qué?!
—Se ha caído un armario —dijo Amy, sintiendo cómo los colores se le subían a la cara—.
Estábamos moviendo un armario y se torció, y no sé yo de qué manera acabamos los dos atrapados contra la pared y...
jolín… muy cerca. Tenía su boca a un suspiro de la mía y…
esto… por un momento pensé que iba a... que íbamos a...
—Cogió el vaso y se lo bebió de un trago para poder acabar la bendita frase—.
¡A besarnos en los labios como dos adolescentes hormonados!
Pero entonces el armario se cayó y ¡paf!
el momento se esfumó y él se marchó de vuelta a la comisaría con cara de susto y yo me quedé ahí como una idiota.
Rose soltó un silbido largo y admirado.
—Un armario —dijo meneando la cabeza con aparente incredulidad—. Hay que ver qué romántico. En mis tiempos a una la acorralaban en el granero, pero cada generación tiene lo suyo.
—Rose, por Dios.
—¿Qué? Es la verdad. —Rose se sirvió más ron—. El granero era incomodísimo, todo el rato paja metida por sitios donde no debería haber paja. Un armario está bien, es más higiénico.
Amy se echó a reír sin poder evitarlo, una risa que le salió del ron y del alivio y de lo absurdo de estar hablando de su vida amorosa con una tendera del pueblo a las nueve de la noche, y Mari también soltó la carcajada, y por un momento las tres se rieron como si se conocieran de toda la vida, y Amy pensó, con una punzada que no supo si era de alegría o de miedo, que no recordaba la última vez que había tenido esto.
Amigas alrededor de una mesa, desternillándose como si no hubiera un mañana.
Cuando se calmaron, Mari le puso una mano en el brazo. La cara se le había puesto seria, con una seriedad cariñosa que Amy empezaba a reconocer como el modo en que la gente del pueblo te dice las verdades importantes.
—Mira, te voy a contar una cosa de Cash —dijo—.
Y no te lo cuento para meter cizaña, te lo cuento porque me caes bien y porque a él le quiero, que lo conozco de toda la vida.
—Le dio un trago al ron—. Ese hombre no se enamora así como así, pero cuando se pilla, se pilla de verdad.
Muy fuerte. Por fuera parece un témpano, pero por dentro es todo lo contrario.
Cuando se entrega, se entrega entero, sin red. Y ya le han hecho mucho daño.
—Lo de la mujer de Atlanta —dijo Rose.
Mari asintió.
—Claro, la víbora esa.
Amy levantó las cejas y miró a las dos mujeres con ojos grandes.
—Aquello lo dejó marcado —continuó Mari—.
El pobre le pidió matrimonio delante de medio pueblo y ella le dijo que no y se largó.
Desde entonces Cash no ha vuelto a dejar que nadie se le acerque.
Ni una sola vez en todos estos años. —Le apretó el brazo a Amy—.
Y de repente apareces tú, niña, y Cash pierde la cabeza por completo.
Empieza a ir a la tienda todas las tardes, y se ríe, y se le ve feliz, y hasta comienza a vestirse de cowboy...
Rose le dio un golpecito con el codo a Mari y ambas se echaron a reír. Cuando recuperó la compostura, Mari miró a Amy con total seriedad.
—Así que solo te pido una cosa, maja.
—¿Qué?
—Que tengas claro lo que estás haciendo.
Amy parpadeó varias veces y entonces Rose terció:
—Porque tú te vas en dos semanas, ¿no? A Nueva Jersey. Tienes la maleta medio hecha y un billete de vuelta. Eso significa que no pierdes nada si entras en el juego, pero el pobre Cash… Cash no es de los que se recuperan dos veces sin endurecerse como una roca.
Y ahí estaba. La frase aterrizó en el centro de la mesa como una piedra en un estanque, y se llevó por delante las risas y el ron y el calorcillo, y dejó a Amy con el vaso vacío entre las manos y un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el alcohol.
Porque tenía razón. Claro que tenía razón.
Después de todo, Amy se iba en dos semanas.
Y aquí estaba ahora, en un bar cerrado a esas horas, en un pueblo que ni figuraba en los mapas, poniéndose tibia de ron de contrabando con dos mujeres que la querían y la aconsejaban sin motivo, y ella derritiéndose por un comisario que se reía con los dientes más bonitos del mundo cuando no estaba gruñendo, y que le había cogido de la cintura con esos antebrazos fuertes y morenos de una forma que le había cortado el maldito aliento.
Y por primera vez en su vida, la idea de largarse no le parecía un superpoder.
Le parecía una putada.
—No lo sé, Mari —dijo, y la voz le salió pequeña, sincera, sin una pizca del sarcasmo con el que se protegía de todo—. Ese es el problema. Que ya no tengo nada claro.
Mari y Rose se miraron por encima de la mesa, una de esas miradas de mujeres que se entienden sin hablar. Luego Mari hizo lo único sensato que se podía hacer ante una confesión así.
Volvió a llenarle el vaso.
—Pues brindo por eso —dijo, alzando el suyo—. Por no tener nada claro. Que a veces es justo donde empieza lo bueno.
Rose alzó el suyo también.
—Y por el culo del comisario —añadió—. Que sigue siendo una observación científica y nadie nos va a convencer de lo contrario.
Amy soltó la carcajada, alzó el vaso, y brindó con las dos mientras el ron de la abuela cubana volvía a bajarle por la garganta, cálido y dulce.