El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 10 — Cash
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Capítulo 10 — Cash

La mañana en el cuartel transcurría con la emoción habitual: monotonía pura y dura.

Noah tenía los pies sobre la mesa y le estaba dando vueltas a un caso de máxima gravedad: alguien había vuelto a dejar un carrito de la compra abandonado en medio de la rotonda, y la principal sospechosa, según Noah, era la señora Pérez.

Aunque la señora Pérez tenía ochenta años y no llegaba a la rotonda ni en taxi.

—Te digo que es ella —insistía Noah—. Tiene toda la cara de hacerlo solo para vacilarnos.

—Tiene cara de necesitar que le lleven la compra a casa, que es distinto —Cash ni levantó la vista del parte que estaba redactando para apuntar a su compañero con un dedo—. Y eso lo haces tú.

—¿Yo por qué?

Vaya capullo.

—Pues porque lo digo yo.

Noah abrió la boca para protestar, pero la campanilla de la puerta sonó antes, y los dos levantaron la cabeza a la vez.

Era Amy.

Traía una carpeta llena de papeles bajo el brazo, y en la otra mano sostenía una caja de cartón rosa de la que salía un olor que hizo que a Noah se le cayeran los pies de la mesa de golpe.

—Buenas —dijo Amy, plantándose en mitad de la comisaría con esa naturalidad tan suya—.

Vengo a entregar los formularios del traspaso, que por fin he conseguido reunir los catorce, las tres firmas y el sacrificio a la luna llena.

—Levantó la caja rosa con un gesto de triunfo—.

Y como sé que la burocracia abre el apetito, he traído refuerzos.

Noah ya estaba de pie.

—¿Esos son dónuts?

—De la pastelería de la plaza. Los de chocolate, los de azúcar y unos rellenos de crema que tenían una pinta increíble.

—Te quiero —dijo Noah, con una solemnidad absoluta—. Me caso contigo. ¡Cash, aparta, que me caso con ella!

Cash bufó meneando la cabeza.

—Joder Noah, cierra esa bocaza.

—Es que ha traído dónuts rellenos de crema, jefe. Amy, ¿tú sabes cuándo fue la última vez que este personaje trajo dónuts a esta comisaría? —Noah ya tenía la caja abierta y estaba escogiendo—. ¡Nunca! En los seis puñeteros años que hace que le conozco.

Amy se giró hacia Cash con una ceja levantada y una sonrisita que no presagiaba nada bueno.

—¿Seis años y nadie os trae dónuts? Qué pena de comisaría. Tan abandonados.

—Estamos perfectamente —dijo Cash.

—Estamos fatal —corrigió Noah, con la boca llena—. Míralo, lleva seis años a base de café solo y rencor. Por eso tiene ese carácter.

—Yo no tengo ningún carácter.

—Tienes un carácter de mil demonios, jefe, lo que pasa es que nadie te lo dice porque das miedo. —Noah señaló a Amy con medio dónut—. Al parecer a ella no se lo das, fíjate. Eso es nuevo.

Cash le lanzó la mirada que habría hecho callar a cualquier habitante del pueblo. A Noah, como siempre, le resbaló.

—Es verdad —dijo Amy, sentándose en el borde de la mesa de Cash como si la hubieran invitado, cosa que nadie había hecho—. No me da ningún miedo. Será que no le tengo respeto a la autoridad.

—Será —murmuró Cash.

—O será que a la autoridad se le suben los colores cuando le hablo. —Amy cogió un dónut de azúcar y le dio un mordisco con toda la tranquilidad del mundo—. Una de dos.

Noah dejó de masticar.

Hubo un silencio breve, delicioso para todos menos para uno, en el que Noah miró a Amy, después miró a Cash, después volvió a mirar a Amy, y una sonrisa lenta y enorme se le fue dibujando en la cara como un amanecer.

—¿La autoridad se pone colorada? —repitió, encantado de la vida—. Venga, suéltalo todo.

—No hay nada que contar —intercedió Cash.

—Uy, la autoridad se ha puesto como un tomate —bromeó Amy.

—Amy, por favor —suplicó Cash.

—Es información de interés público, jefe. La ciudadanía tiene derecho a saber que su jefe de policía es un blandengue.

Noah soltó una carcajada que retumbó en todo el cuartel. Cash, que llevaba seis años trabajando con ese hombre y conocía perfectamente la cara que ponía cuando había encontrado un juguete nuevo, supo que eso no se le iba a olvidar en la vida.

Que tenía munición para meses. ¡Qué va, para años!

—Recoge los formularios —le ordenó a Noah, levantándose—. Y deja de comer, que pareces un pelícano.

—Eh, no insultes al pelícano. —Amy se llevó la mano al pecho muerta de risa—. Es un buen pelícano.

—Llévate a tu amiga a la calle, anda —dijo Noah, todavía riéndose, ya echando la mano al segundo dónut—. Que tengo bastante trabajo por aquí. Ah, y gracias por los dónuts, guapa, en serio. Eres lo mejor que le ha pasado a esta comisaría desde que pusieron el aire acondicionado.

—Lo tendré en cuenta para mi currículum.

Cash la sacó de allí casi a rastras, perseguido por la risa de Noah. Solo cuando estuvieron en la acera, con la puerta cerrada tras ellos, se permitió respirar.

—Veo que te ha encantado —dijo Amy.

—No me ha encantado nada.

—Que tu compañero me adore, claro que te ha encantado. Lo he visto con estos mismos ojitos.

No le había encantado. Le había aterrorizado, que era distinto.

Porque una cosa era que a Cash le gustara esa mujer en la intimidad de su propia cabeza, donde nadie podía verlo ni comentarlo ni preguntarle por la boda, y otra muy distinta era Amy sentada en el borde de su mesa contándole a Noah que él se ponía rojo cuando ella le hablaba.

Joder, soltar eso en la comisaría de pueblo más cotilla de todo el hemisferio…

Y lo peor de todo, lo verdaderamente alarmante, era que en el fondo, muy en el fondo, se había divertido con el desparpajo de ella. Se la veía feliz y radiante, y eso a él le alegraba en secreto.

—¿Me llevas a la tienda? —dijo Amy, ajena a la crisis interna que le había provocado—. He dejado una lavadora puesta y tengo que seguir con el inventario.

—Sube.

La llevó a la tienda en el todoterreno, los dos en silencio, un silencio que ya no era el de los primeros días sino un poco más ligero.

Cash mantuvo las manos a las diez y diez en el volante y la vista en la carretera, concentrándose al máximo en conducir, como si no llevara de copiloto a la única persona que en años le había hecho perder el hilo de sus propios pensamientos.

Debería haberla dejado en la puerta y haberse vuelto a la comisaría. En cambio, aparcó, apagó el motor, y entró con ella.

Por la tienda. Siempre por la tienda y por la memoria de los Castillo, por supuesto.

Bajaron al sótano con un termo de café, dispuestos a seguir clasificando el caos de allí abajo. El verdadero problema llegó una hora más tarde.

A Amy se le había metido entre ceja y ceja mover un armario.

No un armario cualquiera, claro, sino un ropero de caoba del tamaño de un coche pequeño, macizo y oscuro, con dos puertas talladas y un zócalo que parecía soldado al suelo, que llevaba vete tú a saber cuántos años tapando el acceso a una estantería entera que Amy necesitaba catalogar.

—Hay que moverlo —dictaminó, con las manos en las caderas, estudiando al enemigo.

—Pesa tres veces lo que tú.

—Por eso estás tú aquí. —Le dedicó una sonrisa angelical—. Tú empujas, yo guío.

Cash suspiró, porque sabía reconocer una batalla perdida cuando la tenía delante, y se colocó en un extremo del ropero.

El plan, sobre el papel, era sencillo: él empujaba, ella tiraba, y entre los dos lo iban girando para sacarlo del rincón.

En la práctica, acabó en desastre. El suelo viejo se agarraba al zócalo como si le fuera la vida en ello, y al tercer empujón el armario se ladeó, Amy perdió el equilibrio y Cash reaccionó de inmediato, soltando el mueble para sujetarla a ella.

Acabaron los dos atrapados en el espacio estrecho entre el ropero y la pared. Amy de espaldas contra los tablones, Cash delante de ella, una mano apoyada en la madera junto a su cabeza y la otra todavía en su cintura, donde había aterrizado para frenarle la caída.

Y allí se quedaron.

Ninguno de los dos se movió, y ese fue el problema.

Lo sensato habría sido apartarse, soltar la cintura, murmurar un «perdona» y poner entre los dos la debida distancia.

Pero Cash no se apartó, Amy tampoco, y el hueco entre el armario y la pared se convirtió de pronto en el sitio más pequeño y más caliente del mundo.

La tenía tan cerca que le veía el pulso acelerado en el cuello, y por la rapidez de los latidos se notaba que a ella eso no la dejaba indiferente.

A Cash le llegaba el olor de su pelo, a café y a champú de manzanilla, y notaba bajo la palma el calor de su cintura a través de la tela fina de la camiseta, la subida y bajada de su respiración, que no era tranquila.

Amy levantó la cara. Cash bajó la vista.

Y durante un segundo larguísimo se quedaron los dos mirándose la boca como dos idiotas, con el mundo reducido a la distancia de un suspiro y a la mano de Cash, que en algún momento, sin permiso, había comenzado a presionar con suavidad la curva de su cintura.

Serás gilipollas, suelta a esta mujer de inmediato o la liarás parda. Eres un puto profesional y tienes reglas profesionales de conducta, Keynes, y te las estás cargando todas a la vez.

—Cash —murmuró Amy, y su voz salió ronca, distinta. Oírla de esa manera le hizo empalmarse aún más y por poco acaba con la poca cordura que le quedaba.

—¿Qué?

—El armario se está cayendo.

Cash tardó un segundo glorioso y absurdo en entender las palabras.

Y entonces oyó el crujido, el lento y amenazador crujido de tres cuartos de tonelada de caoba rindiéndose a la gravedad, y el momento se hizo añicos cuando Cash agarró a Amy de la cintura, tiró de ella hacia un lado y los sacó a los dos del hueco justo a tiempo, mientras el ropero se vencía contra la pared con un estruendo que hizo temblar las vitrinas de media tienda.

Quedaron de pie en medio del pasillo, jadeando, todavía agarrados, mirando el armario apoyado en diagonal contra la pared como un borracho contra una farola.

—Bueno —dijo Amy, tras un silencio—. Pues ya está movido.

A Cash se le escapó la risa antes de poder evitarlo. Una risa de verdad, de las que casi no usaba, que le salió del pecho y le sorprendió a él tanto como a ella.

Amy se giró a mirarle maravillada.

—Madre mía —dijo—. ¡Sabes reírte! Con dientes y todo.

—De vez en cuando.

—Pues deberías hacerlo más. Te queda muy sexy. —La sonrisa se le suavizó por los bordes hasta volverse más seria.

Y ahí estaban de nuevo, demasiado juntos, esta vez sin armario que los aplastara ni hueco que los apretara. Solo los dos, todavía medio abrazados, con la risa apagándose despacio y dejando en su lugar algo bastante más peligroso.

Fue Cash quien dio el paso atrás. Le costó hasta el último gramo de fuerza de voluntad que tenía, pero lo dio, porque uno de los dos tenía que ser el adulto responsable y, por descarte, le tocaba a él.

—Tengo que volver a la comisaría.

—Claro —Amy se apartó un mechón de la cara y miró a cualquier sitio menos a él—. El deber público y eso.

—El deber público y eso —confirmó él con una evidente tensión en la bragueta de su uniforme.

Recogió sus cosas con la torpeza de un crío y se largó hacia la puerta antes de hacer una tontería de las que no tienen vuelta atrás.

Pero en el umbral, porque era incapaz de no hacerlo, se giró. Amy seguía donde la había dejado, mirándolo, y cuando sus ojos se encontraron ninguno fingió que no había pasado nada.

Porque había pasado, y los dos lo sabían.

—Más tarde envío a alguien para que se encargue de ese trasto de aquí —dijo él—. Hemos salido bien parados.

—Ya lo creo —dijo ella con un suspiro.

Cash salió a la calle con una erección de campeonato, subió a toda prisa al coche soltando tacos en voz baja y exigiéndole a su polla que se calmara de una puta vez.

Con un suspiro, se puso las gafas de sol para protegerse de los rayos del mediodía, que le daban de lleno.

Ninguno de ellos era tan abrasador como el calor que llevaba dentro.