El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 9 — Amy #2
31%

Capítulo 9 — Amy #2

Se volvió hacia Cash tirándole de la manga del uniforme.

—Oye, ¿qué tal si picamos algo? Venga, esta vez invito yo.

Se sentaron en una mesa de la terraza del restaurante. Una camarera les sirvió un cóctel de mariscos que compartieron.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Amy, porque, se acostumbrara o no, era más fuerte que ella.

—Depende de qué cosa.

—Tú conociste a mi abuela de verdad, la trataste durante años, ¿verdad? —Lo miró de reojo y vio que Cash asentía y levantaba una ceja a la espera de más preguntas—. ¿Cómo era? Y no me digas "buena mujer" como dice todo el mundo. Eso ya lo sé. Quiero saber cómo era de verdad.

Cash se lo pensó mientras pinchaba una gamba. Amy ya había aprendido que cuando Cash se quedaba callado no es que no tuviera nada que decir, sino que estaba eligiendo bien lo que iba a decir, que no era lo mismo.

—Mandona —dijo al fin—. Como Celeste, pero peor.

Te organizaba la vida sin pedirte permiso.

—En ese momento su media sonrisa volvió a asomar—.

Cuando murió mi padre, se presentó en casa de mi madre con una bandeja de comida y se quedó tres horas.

Y volvió al día siguiente. Y al otro. Así estuvimos durante meses, ella no preguntaba si hacía falta, simplemente daba por hecho que sí que hacía falta y aparecía.

—Cash cerró los ojos y negó con la cabeza—.

Y vaya si tenía razón, hacía mucha falta.

Amy esbozó una sonrisa dulce.

—¿La oíste hablar de mí alguna vez? —preguntó, y le salió la voz más pequeña de lo que pretendía.

Cash volvió a abrir los ojos y la miró. Amy sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Tenía una foto tuya en la guantera de su pick-up —dijo Cash—.

A veces la pegaba en el parasol, pero se le caía con el traqueteo.

En la foto salías tomándote un cucurucho de helado.

—La miró a los ojos—. Me la enseñó un montón de veces, decía que de todas sus nietas tú eras la única que miraba las cosas como las miraba ella.

Que los demás solo veían objetos mientras que tú veías...

—se encogió de hombros, como si la palabra le diera cierto apuro—. Historias.

Amy sintió que se quedaba sin aire.

Jolín, es la foto que vi en el álbum de Celeste.

¿Era la preferida de su abuela? ¿Era eso cierto, o Cash lo decía solo para quedar bien? No, él no era así, más bien al contrario, no dudaría en decirle las verdades a la cara. Pero es que no tenía sentido…

Llevaba la vida entera convencida de que había hecho todo al revés: que era la hermana que no terminaba las cosas, la que iba de paso por la vida y nunca conseguía nada que pudiera tocarse, nada que fuera de verdad.

Y resultaba que una mujer muerta, a la que apenas recordaba, creía que su nieta, tan inquieta y desastre con patas, era alguien especial.

—Eh —Cash se inclinó hacia ella y suavemente le apartó un mechón de la cara. Amy, que había estado cabizbaja hasta ese momento, se irguió con un respingo, sorprendida por el gesto tan tierno—. ¿Estás bien?

—Sí… o eso creo. —Amy parpadeó deprisa y miró al mar para que él no viera lo turbada que en realidad estaba—. Sí, es que... se me ha metido arena en el ojo. Mucha arena, una barbaridad de arena.

—No estamos en la arena.

Amy puso los ojos en blanco y fingió regañarle.

—Cállate, Keynes, tú que sabes.

Cash alzó las cejas y se echó hacia atrás con una expresión confundida. A Amy le encantó su reacción, y se echó a reír, sintiendo de pronto el impulso de echarle los brazos encima, abrazarlo, besarle esa mandíbula marcada con la barbita sexy de tres días.

Madre mía, cómo están estas hormonas. Será mejor que me calme.

El sol ya casi se había ido. Cash la miró a los ojos.

—Empieza a hacer fresco. ¿Quieres mi chaqueta?

Amy le llevó la contraria de inmediato.

—¡Pero si no hace ni pizca de frío! —Abrió la boca fingiendo indignación—. ¿Quieres saber lo que es el fresco? Acompáñame a mi piso sin calefacción en pleno otoño en Hoboken.

—Paso de congelarme. Venga, te dejo en la tienda.

Madre mía, qué nervios. Ahora es cuando le invito a un café y terminamos comiéndonos el morro.

Amy decidió hacerse la sueca.

—De acuerdo, regresemos. No creas que no sé que estoy abusando de tu tiempo y de tu disponibilidad. Te recompensaré.

—No te preocupes por eso, solo cumplo con mi deber.

Durante el camino de regreso, ninguno de los dos dijo una palabra sobre por qué un jefe de policía que estaba de guardia acompañaba a su casa a una mujer que sabía perfectamente regresar sola.

No hacía falta decirlo. Al menos para Amy.

Porque lo que es por Cash, él no mostró la más mínima señal de interés. Cuando ella se atrevió a invitarlo a subir, él miró hacia delante apretando los dientes. Amy vio cómo los músculos de su mandíbula trabajaban al máximo.

Cuando negó lentamente sin decir palabra, Amy quiso hacerse pequeña y desaparecer. Pero en el último momento reunió valor para despedirse del policía con un beso en la mejilla.

Salió sin mirar atrás sintiendo que le ardían las orejas.

Al menos regresará al cuartel pensando en mí.

Ostras, ¿es que tienes quince años?

¿Se supone que él está obligado a caer redondo por ti?

Menudo ego que te gastas, chica lista.

Pensó en darse una ducha caliente. Le apetecía dejar volar su imaginación con el poli.

En el fondo sabía que lo que necesitaba era una ducha helada que le pusiera las ideas en orden.