El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 9 — Amy
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Capítulo 9 — Amy

—Te lo aviso por última vez —dijo Amy, mientras subían los escalones del porche de la casa roja, esquivando gatos—. No aproveches a comerte todos los mantecados encantados mientras yo estoy distraída hablando.

—Tomo nota —dijo Cash.

—Y como te pregunte por tus intenciones conmigo, que lo va a hacer, no me dejes mal.

—Mis intenciones son sobrevivir a vuestro cotorreo.

—Ya. —Amy sonrió y llamó a la puerta—. Buena suerte con eso.

La puerta se abrió antes de que terminara de llamar, como si Celeste llevara un rato esperando detrás.

Jolín, debería haber cerrado el pico.

—¡Pero bueno! —Celeste abrió los brazos, encantada, y entonces vio a Cash detrás de Amy y la cara se le iluminó como un árbol de Navidad—.

¡Y vienes acompañada! Cash Keynes en mi porche, ¡vaya honor!

Pasad, pasad los dos. Tengo café y he hecho los mantecados que tanto le gustan a Amy esta misma mañana.

Amy le lanzó a Cash una mirada de advertencia «son míos».

Cash agachó la cabeza al pasar bajo el dintel, con una especie de timidez que Amy no le había visto hasta entonces.

—Gracias, Celeste. Se huelen desde aquí y huelen a gloria.

—Este chico siempre tan educado. —Celeste lo cogió del brazo y se lo llevó dentro—. Siéntate, anda, que llenas tú solo media casa. ¿Sigues tomando el café como tu padre? ¿Solo, y tan cargado que tumba a un caballo?

Una sonrisa cruzó la cara de Cash.

—Igual que mi padre —asintió.

—Buen hombre, tu padre. —Celeste ya trasteaba en la cocina, sacando tazas—.

Buen hombre y buen pescador. De los que ya no quedan.

—Soltó un suspiro y, sin transición, se volvió hacia Amy con una sonrisa pícara—.

Bueno, y a ti, mi niña, te veo muy bien acompañada.

¿Qué os traéis entre manos? ¿Hay algo que deba saber?

Y ahí estaba. Amy notó que las mejillas le ardían y se maldijo por ello.

—Estamos trabajando juntos —dijo, en el tono más profesional que pudo reunir—. Hay un asunto con la tienda. Un asunto policial. Por eso ha venido Cash, porque es…

—El jefe de policía, sí, ya lo sé, siempre ha sido un mandón, desde que iba en pantalones cortos.

—Celeste puso las tazas en la mesa y se sentó, apoyando la barbilla en las manos con el deleite de quien se dispone a ver su programa de televisión favorito—.

Lo que yo digo es que de toda la gente que podría acompañarte a tomar café con una vieja, has venido con el soltero de oro del pueblo.

Y él, que es un pillo, te ha dicho que sí —volvió su mirada hacia Cash—.

¿Cuántas veces te he invitado yo a un café estos años, querido?

Cash carraspeó.

—Unas cuantas.

—¿Unas cuantas? ¿Y a cuántas has venido?

Silencio.

—Eso me parecía. —Celeste se recostó, triunfal, y le guiñó un ojo a Amy—. Pero nada, nada. Un asunto policial, vale, vale, lo que digáis vosotros.

Amy se preparaba para devorar los mantecados, que efectivamente estaban de muerte, y decidió que cuanto antes cambiase de tema, antes le dejaría de arder la cara por las insinuaciones de Celeste.

Sacó del bolso la libreta de cuero, que había traído precisamente para esto, y la apoyó en la mesa.

—Celeste, en realidad hemos venido a preguntarte una cosa.

—Abrió la libreta por la página marcada—.

Encontramos esto en la tienda, un cuadernillo de inventario aparte, de cosas que mi abuelo no exponía al público.

Y hay una colección de mapas antiguos, muy valiosos, con una procedencia que no acabamos de entender —colocó un dedo sobre la anotación enseñándosela a Celeste—.

Pone «legado capitán Holloway». Y los mapas están firmados por un tal J.

Holloway, de 1871. ¿Te suena ese nombre? ¿Sabes quién era?

Y entonces sucedió algo extraño.

Celeste, que llevaba toda la visita hablando por los codos, que no paraba de rellenar tazas y de moverse, se quedó muy quieta.

No duró más que unos instantes, pero Amy lo vio: la sonrisa se le quedó un segundo congelada, y sus ojos se desenfocaron nublándose y luego, deprisa, se volvieron a enfocar aunque aún evitaban la mirada curiosa de Amy.

Duró apenas un segundo. Enseguida Celeste recompuso la sonrisa y se encogió de hombros.

—Holloway... —dijo, alargando la palabra—.

Uy, hija mía, eso es de hace muchísimo, de antes incluso de que yo llegara al pueblo.

Probablemente sería algún viejo cliente de tu abuelo, por la tienda pasaba muchísima gente, ¿sabes?

Marineros, viudas, gente que vendía las cosas de los muertos.

Cualquiera pudo haber vendido eso a tu abuelo.

—Pero ahí pone "legado" —insistió Amy—. Legado no es una venta normal, ¿no? Más bien es algo que te dejan. Algo más personal.

—Bah, palabrerío. Tu abuelo era muy suyo con las palabras, ya lo sabes. —Celeste se levantó para ir a por la cafetera, dándoles la espalda, aunque las tazas estaban casi llenas—. ¿Más café? Cash, a ti te pongo más, que no has dicho ni mu.

Amy abrió la boca para insistir, pero notó la rodilla de Cash tocar la suya por debajo de la mesa. Una presión leve. Un «déjalo».

Amy le miró. Cash tenía los ojos puestos en Celeste, en su espalda tensa frente a la cafetera, y negó con la cabeza muy levemente.

Amy alzó una mano y movió los labios para decir «déjame intentarlo otra vez». Luego se volteó hacia Celeste, que continuaba trasteando en la cocina.

—Es que tengo mucha curiosidad. Como mi abuela me dejó los mapas a mí, quería saber de dónde venían —hizo una pausa estratégica antes de añadir—. Por cierto, ¿sabías eso? Que me los dejó a mí. Hay una nota suya en la libreta: *«Esto es para Amy, para cuando el cielo se haya despejado.»*

El segundo silencio fue todavía más pesado que el primero.

Celeste se quedó parada con la cafetera en la mano, de espaldas, y Amy habría jurado que los hombros le subieron y le bajaron en una respiración profunda.

—¿Eso escribió? —preguntó Celeste. La voz le había cambiado. Ya no era la de las pullas y los mantecados. Era más baja y más vieja.

—Eso mismo. —Amy se inclinó hacia delante—. ¿Tú sabes qué podría significar, Celeste? «Cuando el cielo se haya despejado». No he pegado ojo dándole vueltas. ¿Qué cielo? ¿Despejado de qué?

Celeste dejó la cafetera en el fuego, muy despacio, como si necesitara las manos ocupadas para pensar. Cuando se volvió, tenía los ojos brillantes, y a Amy se le encogió el estómago: era la primera vez que veía a esa mujer arrolladora mostrarse tan frágil.

—Tu abuela —titubeó Celeste, eligiendo cada palabra con cuidado— era la mujer más lista que he conocido en mi vida.

Y la más cabezota. —Volvió a la mesa y cogió la mano de Amy entre las suyas, arrugadas y calientes—.

Hay cosas, cariño, que no se cuentan. Se descubren.

Si yo te lo explicara todo ahora, de golpe, no lo entenderías.

Lo oirías, pero no lo entenderías. ¿Me explico?

—No del todo —dijo Amy, con total sinceridad—. A decir verdad, me lo pones muy difícil.

Celeste esbozó una sonrisa triste.

—Sigue con la tienda —dijo, dándole una palmadita en la mano—.

Sigue con tus libretas y tus mapas y tus cacharros.

Mira bien cada cosa, como hacía tu abuelo.

Y el cielo se irá despejando solo, ya verás.

—Le apretó la mano una última vez y la soltó—.

Yo estaré aquí cuando llegue el momento. Te lo prometo.

Amy insistió hasta que volvió a sentir la pierna de Cash por debajo de la mesa. Suspiró resignada y le devolvió la patada.

Vale, de momento lo dejo.

Salieron de la casa roja media hora más tarde. El sol empezaba a ponerse sobre el muelle, tiñéndolo todo de naranja, las gaviotas graznando a lo lejos.

Caminaron un trecho en silencio por el paseo, Amy dándole vueltas a todo.

—¿Por qué narices me ocultaría esto?

Cash caminaba con las manos en los bolsillos y la vista en el agua.

—Tendrá sus razones —dijo al fin.

Amy bufó.

—¿Qué razones te hacen mentir tan descaradamente?

—Yo no creo que esté mintiendo. Solo ha dicho que prefiere que lo descubras tú. Igual confía en tus dotes de detective.

—Yo no tengo dotes de detective.

—Oye, eso está por verse.

—Pues a mí no me hace gracia.

Cash se detuvo y la miró serio a los ojos.

—Mira, te ha dicho que estará para ti cuando la necesites, eso no lo hace alguien que te oculta algo malo. Lo hace alguien que te guarda algo.

Amy se cruzó de brazos.

—No la defiendas.

—No la defiendo, solo trato de ayudarte a entender.

Amy miró el muelle, el sol gigante poniéndose en el Golfo. A pesar de su mosqueo, Cash tenía razón: Celeste no parecía ocultar algo para hacerle daño, más bien estaba siendo leal a una amiga. Se preguntó cuán profunda habría sido esa amistad entre su abuela y ella.

Jolín, era tan frustrante. Si Celeste se hubiera puesto a la defensiva, si hubiera mentido descaradamente, Amy habría podido enfadarse, insistir, tirar del hilo…

—Mi abuela la hizo prometer que cerraría el pico —dijo Amy, más para sí misma que para Cash—. Eso es lo que pasa, ¿verdad? Y Celeste, que la quería, va a cumplir su promesa aunque yo me ponga de rodillas.

—Eso parece.

—Pues vaya panda de locas. —Amy reanudó la marcha pateando una piedrecita—. Una me manda acertijos desde el más allá y la otra le sigue el juego. ¿Es que nadie en este pueblo puede decir las cosas claras y ya está?

Cash reprimió una sonrisa.

—Aquí se habla con pullas, con chismes o con secretos. Escoge tu veneno.

—Por eso a ti te gusta el silencio, ¿verdad?

Cash se encogió de hombros.

—Prefiero hablar con hechos, es todo.

Caminaron un rato sin hablar. Había bastante vidilla en el paseo marítimo a esa hora: unos cuantos pescadores recogiendo sus cosas, parejas haciéndose fotos al atardecer, y por supuesto las sempiternas gaviotas dando guerra como siempre.

El aire olía a sal y a algo frito muy delicioso que venía de una marisquería con una caricatura de una langosta guiñando el ojo dibujada en el frente, y Amy, que llevaba toda la tarde con el estómago hecho un nudo por culpa de su abuela y sus secretos, se dio cuenta de pronto de que el nudo se le había aflojado.