El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 8 — Cash
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Capítulo 8 — Cash

Cash sintió que Amy se frenaba a su lado.

Ante la escalera de tablones de madera, se apartó un mechón de la cara de un soplido y alzó la vista para mirarle.

—Me da un poco de yuyu, la verdad. He visto muchas pelis de estas y ninguna acaba bien.

—Bajo yo delante.

Amy le dejó pasar. Cash notó cómo se le pegaba a la espalda. Le dio un subidón tener su cuerpo tan cerca, pero procuró concentrarse en la tarea.

A lo tuyo, Keynes.

Tanteó la pared hasta dar con el interruptor. Una bombilla desnuda se encendió en lo alto de la escalera, parpadeando un momento hasta dar una luz pobre y temblona que no llegaba a las esquinas.

Bajaron de cualquier manera. Los tablones crujieron bajo sus pies. Cada crujido arrancaba un «madre mía» de Amy.

A Cash le hacía gracia. Pero seguía con atención cada uno de sus movimientos.

No vaya a ser que acabemos en el hospital.

El sótano era más grande de lo que parecía desde arriba. Fresco, seco (buena señal para la conservación de los papeles), con las paredes de madera maciza bien selladas y el suelo de cemento.

Y estaba lleno hasta los topes, claro. ¿Qué esperaba?

En aquella tienda todo estaba hasta arriba: estanterías metálicas, baúles, muebles tapados con sábanas que les daban un aire de fantasmas dormidos, cajas apiladas hasta media pared, la luz amarillenta y temblona convirtiéndolo todo en sombras alargadas que parecían bailar.

—Madre del amor hermoso —dijo Amy, girando despacio sobre sí misma—. Y yo que pensaba que arriba era el caos. ¡Esto es el caos al cuadrado!

—Al parecer tu abuelo guardaba aquí lo que no exponía. Lo frágil, lo que no estaba en venta.

—Lo privado —añadió Amy girando su cabeza hacia él.

—Mira por donde vas.

—Sí, jefe —Amy hizo una venia y enseguida le dio la espalda para sacarle la lengua, pero Cash la pilló.

Vaya listilla.

Siguió avanzando entre las estanterías, esforzándose en leer las etiquetas bajo la mala luz.

—Esto tiene que estar ordenado de alguna manera. Arturo era un desastre por fuera, pero un reloj suizo por dentro.

—Como tú, pero al revés —murmuró Amy a su espalda.

Cash fingió no oír aquello y apretó los dientes.

Trabajaron con la libreta de cuero como mapa del tesoro. Amy leía las pistas, «colección privada, sótano, pared norte», mientras Cash rebuscaba, movía cajas, levantaba sábanas que soltaban nubes de polvo que los hacían toser a los dos.

Encontraron primero el astrolabio envuelto en papel de seda dentro de una caja con la letra de Arturo.

Al rato, apenas unos centímetros más abajo, hallaron el sextante en su estuche de madera, intacto, reluciente bajo el polvo.

—Buena señal. —Sopesó el estuche—. Si el ladrón hubiera bajado aquí, no se habría dejado un sextante que vale un pastizal. Lo de abajo no lo ha tocado. El muy hijo de puta se lleva lo de arriba, lo fácil, lo que está a mano. Hasta aquí no ha llegado el capullo.

—Eso quiere decir que los mapas...

—Pues aún deberían estar aquí.

Y estaban.

Fue Amy quien los encontró, detrás de una cómoda tapada con una sábana: una caja plana de madera con asas de latón, parecida a un maletín grande y antiguo. Colgada del asa, una llavecita diminuta atada de un cordel.

Amy la cogió con cuidado, la metió en la pequeña cerradura de la caja y giró.

Abrió con un clic.

Dentro, entre láminas de papel encerado para protegerlos de la humedad, estaban los mapas.

Cash no sabía mucho de cartas náuticas, pero revisó con interés las decenas de láminas de papel grueso, algo ajado, con dibujos hechos a mano en una tinta marrón ya desvaída: costas, sondas, rosas de los vientos, anotaciones en una caligrafía antigua y apretada.

Mares enteros trazados por una mano que seguramente llevaba más de un siglo bajo tierra.

Eran bonitos de cojones, pero aún no entendía por qué algo así costaría tanta pasta.

Amy también estaba sumida en sus pensamientos mientras repasaba con un dedo los dibujos del primer mapa, sin atreverse a tocar el papel delicado.

—Madre mía —susurró—. Son una pasada.

—Lo son.

—Mira esto. —Señaló una caligrafía emborronada en la parte inferior de una de las cartas—. ¿Acaso es una firma?

Se inclinó para verlo mejor. Él se inclinó junto a ella, cabeza con cabeza, igual que arriba en la trastienda, tan cerca que le llegó el olor del pelo de Amy por encima del olor a polvo del sótano.

Cash aspiró el aroma a champú de manzanilla y apretó la mandíbula.

Mierda. Es tan puñeteramente difícil concentrarse.

Entre los dos descifraron la caligrafía descolorida.

J. Holloway. 1871.

—Holloway —susurró Amy pensativa—. El de la anotación… «Legado capitán Holloway.» —Frunció el ceño—. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué tengo que ver yo con el tal Holloway?

Cash no contestó enseguida. Holloway le sonaba de algo. Pensó en el embarcadero, en los cientos de pescadores de Puerto Encantado que un día salieron al mar y ya no volvieron.

Pero no consiguió pescar el recuerdo.

Se le quedó nadando por debajo, como un pez que roza el sedal y no llega a picar.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero el apellido me suena. De los pescadores de antes, creo. —Negó con la cabeza—. Habría que preguntarle a alguien que estuviera aquí en aquella época. Pete, o quizás alguno de los viejos del club…

—Celeste. —Amy levantó la cabeza de los mapas de golpe—. Era la mejor amiga de mi abuela, ¿o no? Si alguien sabe quién fue el capitán Holloway, es ella.

Cash la miró. Y vio en su cara algo que no le había visto hasta entonces.

Amy ya no parecía la pija desorientada que se había bajado del bus hacía apenas unos días. Tenía los ojos clavados en los mapas, la cabeza a mil por hora, el rostro serio de alguien que ha encontrado un rastro y no piensa soltarlo por nada del mundo.

A Cash le dio un vuelco el corazón. Conocía aquella expresión, la había visto otras veces, en otra gente, a lo largo de los años. Era la cara de quien ha encontrado un nuevo entusiasmo por la vida.

Igual aquí en el pueblo acababa encontrando algo más interesante que en la gran ciudad.

No te montes películas, Keynes.

—Estos mapas no pueden quedarse aquí abajo —dijo, más bruscamente de lo que pretendía—. Si los mapas son valiosos y hay alguien robando, no pueden seguir en un sótano con una cerradura que se abre con un clip. —Cerró la caja con cuidado—. Ten, súbelos arriba esta noche.

—¿No deberíamos guardarlos en algún sitio más seguro? Una caja fuerte, el banco, no sé.

—Mañana, si quieres, miramos lo del banco. Esta noche, arriba contigo, están más seguros que aquí.

Amy acarició las cubiertas de papel encerado dentro de la caja y sonrió mirando a Cash.

—Después de tanto tiempo, mi abuela se ha salido con la suya. Ya sé que suena a tontería —bajó la mirada, un tanto avergonzada—, pero es la primera vez que siento que no estoy perdiendo el tiempo.

—No me parece ninguna tontería.

Enfilaron la escalera hacia arriba, esta vez Amy lo guiaba a él, que cargaba con la caja.

Cash pensó que comprendía a Amy mejor de lo que ella imaginaba, porque sabía perfectamente lo que era aferrarse a lo único que te queda de alguien que ya no está, y él mismo, sin ir más lejos, conservaba una caña de pescar de su padre apoyada contra la pared del garaje, una caña que no usaba jamás pero que no pensaba deshacerse de ella por nada del mundo.

Hay cosas cuyo valor no está en lo que son, sino en quién las dejó.

Pero eso no se lo dijo. Se limitó a seguirla hasta la puerta de su piso, donde Amy le indicó una mesita que hacía las veces de escritorio.

Dejó la caja. Se limpió las manos en los pantalones y miró alrededor. Sus ojos se detuvieron un instante en la puerta entreabierta del dormitorio, y enseguida giró para mirarla a ella.

Le sostuvo la mirada el tiempo justo para que Amy se removiera nerviosa y rompiera el silencio antes de que la cosa se pusiera peligrosa.

—Gracias, no lo hubiera podido hacer sin ti. ¿Te tomas un cafelito?

Cash negó con la cabeza.

—Es tarde.

—Ya —Amy entrelazó sus manos nerviosa y le miró una vez más. Dudaba, y él le hizo un gesto con la barbilla para animarla a hablar—. Nada, algo que se me pasó por la cabeza. Mañana iré a ver a Celeste y me gustaría… Pues… ¿Te vienes? Igual a ti te cuenta cosas que a mí no.

Cash miró al techo y torció la boca. Barajó su agenda en el aire. Se podía hacer un hueco. Pero no debería.

Pensó en decirle que estaba ocupado, que tenía papeleo pendiente, o que un jefe de policía no acompaña a mujeres guapas a parlotear con ancianas del pueblo. Cualquiera de las tres habría servido.

—Cuenta conmigo —soltó en cambio.

Mierda.

Nada más decirlo, supo que involucrarse de esta manera era todo menos una buena idea.