El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 7 — Amy
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Capítulo 7 — Amy

Su nueva rutina era un poco rara. Pero se lo estaba pasando en grande.

Esa tarde llevaba desde las tres metida en la sección de la izquierda, la de los relojes. Rozaban ya las ocho cuando la campanilla de la puerta sonó.

Amy ni se molestó en levantar la vista. A esas alturas del partido ya reconocía de sobra el andar firme y acompasado de aquellas botas pesadas.

—Te vas a dejar los ojos ahí metida —dijo Cash.

—Buenos días a ti también.

Estaba espatarrada en el suelo, la espalda apoyada en un aparador, el ordenador portátil haciendo equilibrios sobre las rodillas, completamente cercada por un semicírculo de relojes de bolsillo que había ido rescatando para catalogar.

Al alzar la mirada y toparse con Cash, a Amy se le olvidó por completo que se había propuesto firmemente no babear por él.

Porque Cash no venía de uniforme como siempre. Venía de calle, con el pelo todavía húmedo de la ducha, unos vaqueros que le quedaban como un guante y una camiseta negra ajustada, y colgando de una mano, una bolsa de papel que olía a gloria bendita.

Ay, madre. De calle. ¿Por qué estaba aún mejor así que vestido de poli? Y eso que de uniforme estaba para comérselo. Para dejar que le pusiera las esposas y tirara la llave.

No era justo.

—¿Eso es comida? —preguntó, con la elegancia de un náufrago.

—Ceviche y tostones. —Cash dejó la bolsa en el mostrador—. De El Faro. Ramón me ha visto pasar, se ha enterado de que estabas aquí encerrada sin cenar y me lo ha endosado para «la chica de los Castillo». No admitía un no.

—¿Ramón? ¿Quién es Ramón?

—El del restaurante. Ya lo conocerás. —Sacó táperes de la bolsa—.

En este pueblo acabas conociendo a todo el mundo, lo quieras o no.

Tiene mujer, Gloria, que te va a invitar a la noche de cocina del viernes hasta que le digas que sí.

Y un hijo, Danny, que quiere ser arquitecto y se muere de ganas de largarse. Familia maja. Pesados pero majos.

Amy dejó el portátil a un lado. Se acercó al mostrador como una polilla a una bombilla. El ceviche tenía una pinta indecente: pescado blanco, cebolla morada, cilantro, lima, un toque de chile.

—No tengo platos —cayó en la cuenta—. Bueno, tengo doscientos platos, pero son del siglo XIX y me da miedo romper alguno.

—Por eso los he traído de plástico. —Cash sacó dos platos desechables y dos tenedores—. No iba a dejarte comer ceviche en una sopera de porcelana del año de la polca.

Amy contuvo una risita. Le hacía gracia que aquel hombretón tan serio hubiera pensado en los platos. Le gustaba la gente detallista.

—¿Comemos aquí? —Miró alrededor. Ni una mesa libre, todas sepultadas bajo lámparas, cajas y trastos a medio catalogar.

Cash miró al suelo. La miró a ella. Se encogió de hombros.

—El suelo está limpio. Más o menos.

Se sentaron ahí mismo, apoyados en el mismo aparador, los táperes entre los dos, mientras por la ventana entraba la última luz naranja del día y Amy observaba a Cash abrir envoltorios y servir la comida, notando que las manos le olían a lima y a colonia carísima.

El ceviche, igual que el café de Mari, resultó ser una experiencia casi mística.

—Por Dios —Amy habló con la boca llena—. Es lo mejor que he probado en mi vida. Ese Ramón se ha salido.

—Se lo diré. Le encantará.

Comieron en silencio. Un silencio cómodo, de esos que Amy no recordaba haber compartido con nadie en mucho tiempo, porque en su vida los silencios solían ser incómodos y solitarios, o el preludio de un «esto no está funcionando».

Este no.

Este era simplemente dos personas comiendo ceviche en el suelo mientras atardecía.

—Oye —dijo Amy, rebañando el táper—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

—Depende de la cosa.

—¿Por qué tienes tú las llaves de la tienda?

Cash masticó despacio. Ganando tiempo.

—Ya te lo dije. Le echaba un ojo, por tus abuelos.

—Ya, pero eso no me dice por qué. —Amy se giró un poco hacia él, doblando una pierna debajo del cuerpo—. Hay un montón de tiendas en este pueblo. No vas vigilando todas. ¿Qué tenían mis abuelos de especial para que el jefe de policía les vigile el local meses después de muertos?

Cash dejó el tenedor. Se quedó mirando un punto más allá del escaparate, donde la luz se alejaba.

Amy, que ya empezaba a conocerlo, supo que estaba decidiendo cuánto contar. Cash Keynes era un libro cerrado a cal y canto. Ya lo había dicho ella el primer día. No se equivocaba.

—Mi padre se ahogó cuando yo tenía quince años —dijo al fin. Quitó dramatismo con una sonrisa de lado y un gesto de la mano—. Era pescador de altura. Salió un día con mala mar y no regresó. Mi madre se hundió después de aquello. Lógico. Y yo me quedé un poco a la deriva.

Amy no dijo nada. Había aprendido, en cuatro días, que con Cash el silencio funcionaba mejor que las preguntas.

—Tu abuelo fue quien me sacó de la deriva —siguió, esbozando una sonrisa nostálgica—.

No con grandes discursos, él no era de esos.

Simplemente empezó a aparecer. Me llevaba a pescar los domingos, como hacía mi padre.

Me daba trabajillos en la tienda, cargar cajas, esas cosas, y me pagaba aunque no hiciera falta —negó con la cabeza divertido—.

Y tu abuela me subía comida a casa. Sin avisar.

Dejaba un táper en el porche, tocaba el timbre y se iba corriendo.

Porque sabía que un chaval de quince años no quería que lo vieran llorar.

A Amy se le hizo un nudo en la garganta.

Ostras, sí que a Cash se le había puesto difícil la vida.

—No tenía ni idea —dijo, bajito.

—¿Cómo ibas a saberlo? —Se encogió de hombros—. Tus abuelos me criaron tanto como mis propios padres. Cuando murieron, sentí que estaba en deuda con ellos.

Amy se quedó callada. Procesando cuánto debía significar esa tienda para Cash.

Y entonces le llegó, de golpe, algo muy parecido a la vergüenza, porque ella era la nieta de sangre, la que llevaba el nombre de la tienda, y sin embargo había dejado que los años pasaran, presentándose solo cuando tocaba liquidar y vender.

Cash conocía a sus abuelos mejor que ella.

Los quería más de lo que ella los había querido.

Ahí estaba la verdad que llevaba cuatro días revolviéndole las tripas, sin atreverse a ponerle nombre.

—Yo no me acuerdo de ellos —confesó. La voz le salió pequeña—. Y tú los tienes aquí. —Se tocó el pecho—. No es justo, ¿sabes? Que un desconocido recuerde a mis abuelos mejor que yo.

Cash estiró una mano y la apoyó sobre su rodilla, despacio, de forma natural.

Amy sintió de inmediato un calor protector.

—No eres una desconocida para esta tienda, Amy.

—Señaló con la barbilla el portátil, las libretas, el caos catalogado—.

Una desconocida ya habría llamado a un liquidador, habría vaciado esto en un fin de semana y estaría de vuelta en Nueva Jersey con un cheque gordo.

Tú llevas cuatro tardes en el suelo, preguntándote de dónde viene cada puñetero objeto.

—La miró con esos ojos azules suyos, demasiado directos—. Eso no lo hace una desconocida.

Amy quiso responder. No le salió nada.

Porque tenía razón.

Porque ella misma se había dado cuenta esa mañana, mirando la hoja de cálculo: no estaba inventariando una tienda para venderla. Estaba conociendo a sus abuelos a través de sus objetos más preciados.

Carraspeó. Volvió la vista a sus propias manos para no tener que sostenerle la mirada a Cash, que de pronto le resultaba demasiado intensa.

—Bueno —dijo, en plan profesional, recogiendo los táperes.

Cash retiró la mano y se puso en pie en un solo movimiento fluido.

Amy lo detuvo con un gesto de la mano.

—Ya que estás aquí, ayúdame. Quiero terminar la sección de relojes antes de morirme. —Se corrigió—. Antes de dormirme.

Cash intentó ocultar su sonrisa.

—A la orden.

Se pusieron a ello. Amy leía las entradas de las libretas y él buscaba las piezas, las traía, las colocaba.

Trabajaban bien juntos: ella era el caos, él era el orden, y entre los dos la cosa avanzaba al doble de velocidad.

Cash tenía buena memoria para los sitios, recordaba dónde había visto cada cosa, qué vitrina, qué balda, y de vez en cuando soltaba una historia que algún objeto le disparaba mientras Amy paraba de teclear para escucharle con fascinación.

Fue él quien la encontró.

—Ven a ver esto.

Estaba agachado delante del mostrador, frente a una hilera de libretas que aún no habían mirado. Amy dejó el portátil, se acercó.

—Estas son distintas. ¿Qué te parece?

Le tendió una. No era como las otras, de hule gastado. Esta tenía las tapas de cuero, más cuidada, casi un libro de contabilidad. Amy abrió una al azar. La letra de Arturo, sí, pero la lista era distinta: no eran las piezas de la tienda. Era otra cosa.

—Esto no es el inventario normal —murmuró—. Mira, ni siquiera vienen los precios.

Cash se acercó por encima de su hombro. Amy notó el calor de su cuerpo a la espalda, cerró los ojos un segundo al aspirar su colonia.

—«Colección privada» —leyó él en voz alta, asomándose por encima de su hombro—. «No se expone. Sótano.»

Amy pasó el dedo por la página. Piezas con nombres que no significaban nada para ella, un astrolabio, un sextante, varios objetos de navegación y al final, subrayada dos veces con la letra de Arturo, una anotación que ponía:

Colección de cartas náuticas, s. XIX. 14 mapas. Procedencia: legado capitán Holloway. Pieza excepcional. NO VENDER.

Y al margen, con la letra redonda de Dolores:

«Esto es para Amy, para cuando el cielo se haya despejado.»

Amy se quedó sin aire.

Leyó la frase otra vez. Y luego otra.

Esto es para Amy… ¿para cuando el cielo se haya despejado?

La imaginó cogiendo la libreta en su regazo y escribiendo su nombre, ese nombre suyo escrito de puño y letra por su abuela, guardado en una libreta secreta, esperándola sin que ella lo supiera, sin saber cuántos años llevaba ahí guardado ese mensaje, sin saber por qué a ella y no a su madre, no a sus hermanas, escondido entre relojes rotos y facturas amarillas, como si Dolores hubiera sabido, incluso entonces, que algún día Amy volvería a buscarlo.

Abrazó el libro contra el pecho.

—¿Estás bien? —La voz gruesa de Cash a su lado.

Amy le miró con el ceño fruncido.

—¿Qué crees que significa «para cuando el cielo se haya despejado»? —Notó que se le habían empañado los ojos. Por una vez, no le importó—. ¿Por qué viene mi nombre aquí? ¿Por qué me nombra a mí y no a mi madre o a mis hermanas?

Cash no tenía respuesta. Se le notaba en la cara. Pero no apartó la mirada, ni soltó una tontería para consolarla, ni le dijo que se calmara.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero esas cartas náuticas están en el sótano, supuestamente. —Algo cambió en su expresión. Más alerta. La vena de policía—. Y si son para ti, tendremos que bajar a comprobar si siguen ahí.

Amy cerró la libreta de cuero y la apretó contra el pecho como si de golpe alguien fuera a quitársela.

—Bajemos entonces.

Cash le tendió una mano. Amy la cogió y se sintió flotar, como si no existiera la gravedad.

—¿Y si hay fantasmas?

—Los arresto.

Amy sonrió.

—¿Tú no les tienes miedo?

—Ellos me tienen miedo a mí.

Amy soltó una risita.

Fuerte, inteligente, guapo, y encima gracioso.

Este tío lo tiene todo.

—Venga. En marcha.