Capítulo 6 — Cash
A las seis y media de la mañana, Cash ya sabía que iba a ser uno de esos días en que el pueblo entero se ponía de acuerdo para tocarle las narices.
Lo supo en cuanto entró en El Pelícano y Mari se apoyó en la barra con una sonrisita que no se le quitaba de los labios.
—Vaya, vaya. El jefazo se ha pegado un buen madrugón. —Arrastró las palabras con un deleite que no presagiaba nada bueno—. ¿Qué tal va el inventario?
Cash se sentó en su taburete de siempre, el del extremo de la barra, y fingió un interés repentino en el menú plastificado que se sabía de memoria.
—Café, Mari.
—Tres horas, me han dicho. —Mari no se movió a por el café. Se moría de gusto—. Tres horitas anoche en la tienda con la nieta de Dolores. Qué dedicación, oye. Qué entrega al deber público.
Cash soltó un suspiro de exasperación.
—Es un caso. Hay piezas que faltan. Estoy investigando.
—Ya, ya. Investigando… —Hizo unas comillas en el aire que a Cash le dieron ganas de detenerla por abuso de sarcasmo—. Pues nada, tú investiga. Investiga mucho, hijo, que falta te hace.
Por fin se dio la vuelta hacia la cafetera. Cash soltó el aire por la nariz.
En cualquier otro sitio del mundo, un hombre podía pasar tres horas trabajando con una mujer sin que a la mañana siguiente medio pueblo estuviera eligiendo el menú de la boda.
En cualquier otro sitio del mundo, pero no en Puerto Encantado, donde la información viajaba más rápido que la luz y donde Mari Delgado era el nodo central de toda la red.
—¿Quién te ha ido con el cuento? —preguntó, aunque la respuesta era de cajón.
—Pete. —Mari le puso delante la tacita de café, negro y espeso—. Te vio salir del local anoche tardísimo, y claro, se pasó por aquí a comentarme la jugada, porque para qué guardarse un chisme tan jugoso. —Sonrió—. Por cierto, está ahí fuera, en el muelle. Te manda recuerdos.
Cómo no.
Cash se despachó el café de dos tragos limpios, plantó las monedas sobre el mostrador y se puso en pie.
—Que es solo un caso, Mari.
—Lo que tú digas, cielo —respondió ella, atendiendo ya al siguiente parroquiano, aunque se guardó un último dardo para lanzárselo por encima del hombro—. Pero hazme el favor de cubrirte esos bíceps cuando vayas a «investigar», no vaya a ser que a nuestra Amy le dé algo.
Cash se miró los brazos que sobresalían de su camisa de uniforme y rechistó.
—¿También quieres que me ponga el hábito?
—Solo te falta eso para ser un monje en toda regla.
—Vale, adiós, tú ganas.
—Para variar —canturreó Mari.
La oyó reírse mientras él salía por la puerta con la dignidad justa para no echar a correr.
Fuera, la mañana ya despuntaba y el pueblo se desperezaba a su ritmo de caracol. Cash hizo lo de cada día, lo que llevaba haciendo desde que tenía placa: bajó hacia el muelle a dar la primera vuelta.
Y allí estaba Pete, en su banco de siempre, con la caña apoyada en la barandilla y un termo de café entre las manos, contemplando el agua con la paz de un hombre que hace cuarenta años que no madruga por obligación.
—Comisario —saludó Pete, sin volverse.
—Pete. —Cash se apoyó en la barandilla a su lado—. Tengo entendido que andas dando partes de mis movimientos.
—Yo no doy partes. Yo comento la jugada. —Pete le dio un sorbo al termo—. Es muy distinto. Un parte es oficial, un comentario es entre amigos.
—Un comentario que para mediodía sabrá el pueblo entero.
—Bueno, lo que pase después ya no es competencia mía.
Yo solo me limito a sembrar —Pete sonrió de medio lado sin apartar los ojos del agua y se burló sacando la lengua.
Ese gesto le recordó tanto al que hacía cuando Cash era un crío y jugaba a quitarle el cebo para fastidiarle, que casi le perdona la jugada—. ¿Qué tal la muchacha?
—Es la nieta de Arturo y Dolores. Está tratando de ordenar los papeles de la tienda y yo le echo una mano con ese asunto. No hay más que eso.
—Ajá. —Pete recogió un poco de sedal, sin prisa—. Sabes que tu padre decía exactamente lo mismo de tu madre, ¿verdad? «Solo le echo una mano con la barca.» Tres meses estuvo echándole una mano hasta que se casaron.
Cash optó por morderse la lengua. No hacía falta contestar. Pete llevaba toda la santa vida soltándole anécdotas de su progenitor, dosificando los recuerdos como quien deja un rastro de migas de pan.
Tom Keynes se ahogó cuando Cash tenía quince años, tragado por una tormenta traicionera que hundió su embarcación a tres millas de la costa, y desde ese fatídico día, los viejos del pueblo se habían repartido la tarea de ir contándole a Cash quién coño había sido su padre.
A pedazos, en el muelle, en la ferretería o a la salida de misa.
Y Pete era el que guardaba el saco de migas más grande, tras haber faenado codo con codo con él durante tres décadas.
—Mi padre era un romántico —dijo Cash al fin—. Yo no lo soy.
Pete soltó una risa seca.
—Tú eres más romántico que tu padre y que el cura juntos, chaval. Lo que te pasa a ti es que te pegaron un buen susto —Pete lanzó de nuevo el plomo al agua—. Y un susto no es lo mismo que una prohibición.
Ahí estaba el golpe bajo, la verdad al desnudo expuesta bajo la luz más cruda de la mañana. Porque Pete, al igual que el resto de los vecinos, se acordaba perfectamente de aquello.
La puta fiesta de fin de verano de hace cinco años.
Había noches en las que la dichosa escena regresaba para amargarle el sueño: las luces de colores colgadas a lo largo del muelle, el bochorno pegajoso de aquella noche de fiesta y él mismo, hincado de rodillas sobre los tablones de madera, con un anillo en la palma sudada y un discurso que le había costado semanas enteras escribir, pidiéndole a una tía de ciudad, una mujer de la que se había enamorado como un auténtico imbécil, que se quedara para siempre junto a él en Puerto Encantado.
Aún recordaba la expresión de Lauren al soltarle el «no» delante de todos.
El silencio sepulcral que se desplomó sobre el muelle como una losa, las trescientas personas que se giraron a mirarlo, y la música de la fiesta arrancando de nuevo a toda prisa en un intento desesperado por disimular el bochorno.
Salvo Pete, que era un descarado, y en contadas ocasiones Mari o Celeste, nadie más se había atrevido a mentarle el asunto a la cara, jamás.
Esa era la particular cortesía que se gastaba por aquí: te despellejaban a gusto por la espalda y, en cuanto aparecías, ponían cara de no saber nada. Cash lo prefería así. Pero lo que verdaderamente ansiaba era extirpar esa escena humillante de su cerebro de una maldita vez, mandarla al olvido.
Sin embargo, el recuerdo seguía ahí, conservado en formol y picando igual que el primer día, y encima de vez en cuando venía un puñetero viejo del muelle a sacártelo a relucir.
—Pete —Cash mantuvo el tono de voz firme, sin alterarse—. Amy ha venido para tres semanas, quiere solucionar sus asuntos y largarse. No es de aquí, es de fuera.
—Tu madre también era de fuera.
—Mi madre se quedó. —Cash se enderezó, dando la conversación por terminada—. Esta chica tiene su vida montada muy lejos de aquí. Así que hacedme el favor de no empezar ni tú, ni Mari, ni Gloria, ni nadie. No hay absolutamente nada que comentar.
Pete levantó las manos del termo, fingiendo rendición, pero la sonrisa de mofa no se le borró.
—Vale, vale. Nada que comentar —esperó a que Cash se apartara de la barandilla y, justo cuando se iba, soltó el último dardo en voz baja, como hablándole al agua—: Pero tendrías que haberte visto la cara que se te quedó ayer en las escaleras del ayuntamiento.
Cash se frenó en seco.
—¿Perdona?
—La gente del pueblo. Te vieron en mitad de la plaza con ella ayer.
Dicen que la chica te dio las gracias por algo y que tú te quedaste ahí plantado como un poste, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—Pete se giró por fin y le clavó una mirada cargada de una malicia entrañable—.
Cincuenta años llevo en este pueblo, Cash. A mí no me engañas tan fácilmente.
Cash apretó los puños dentro de los bolsillos.
—Vale, que no estoy para tonterías, tengo una ronda que hacer —dijo, y se alejó dando grandes zancadas, con la risa suave de Pete resonando a sus espaldas.
La ronda de la mañana era siempre la misma, y esa rutina era sagrada. La mejor manera que conocía de empezar el día con buen pie.
Enfiló la calle principal saludando con un leve cabeceo a los comerciantes que iban subiendo las persianas.
Verificó que el semáforo de la única intersección regulada del pueblo seguía haciendo su trabajo con decencia.
Le cambió una bombona a la viuda de Pérez, una tarea que no entraba en las competencias de un jefe de policía pero que llevaba asumiendo desde que enviudó porque a la pobre mujer le temblaban las manos y nadie más se ofrecía.
Retiró del centro del asfalto a una tortuga que había resuelto cruzar con toda la calma del mundo, depositándola con mimo sobre la hierba, del lado al que parecía dirigirse, porque hasta a las tortugas hay que respetarles el rumbo.
Y mientras andaba y cuidaba de su pueblo, no dejaba de pensar en las palabras del viejo.
«La cara que se te ha quedado».
Menuda gilipollez. A él no se le había quedado ninguna cara. ¿O sí?
Soltó un bufido de pura frustración. Cash era plenamente consciente de que no estaba actuando como el tipo imperturbable de siempre desde que Amy Castillo había irrumpido en el mapa, un dilema que le había tenido desvelado media noche.
No era culpa de ella, que la muchacha bastante tenía con lo suyo. Y a decir verdad, ni se había fijado en él.
El problema era única y exclusivamente de su propio tejado.
¿Qué coño le estaba pasando?
Él sabía de sobra cómo blindarse ante una mujer guapa. Eso era fácil. El pueblo se abarrotaba de turistas guapas cada verano y Cash se mantenía inmune año tras año. No había motivo aparente para que esta vez fuera diferente.
Tienes que espabilar, hombre.
Mosqueado consigo mismo se subió al todoterreno oficial, le metió el contacto al motor y se quedó unos segundos pensativo, aferrando el volante con las dos manos sin poner ninguna marcha.
Tres semanas, se volvió a recordar. *Solo tenía que aguantar tres semanas sin hacer ninguna tontería. Sin pasar más tardes de las necesarias en esa tienda. Sin fijarse en cómo se le iluminaba la cara cuando bromeaban.*
Nada de esas gilipolleces.
Tres semanas. Debía aprender a controlarse por su propio bien.
Nervioso metió primera, salió del aparcamiento con una maniobra brusca, y condujo de regreso al cuartel.