Capítulo 5 — Amy #2
Se limitó a asentir, dar las gracias por el chute de cafeína y las pastas, encajar otro achuchón de los que te dejan sin respiración, y salir de la casa roja con el estómago contento pero con la cabeza como un bombo.
Esa misma tarde, Amy le declaró la guerra oficial al negocio. Atacó por el rincón de la derecha, estantería por estantería, armada con el móvil para los retratos, una libreta en blanco y la ilusa esperanza de liquidar el asunto volando.
A la media hora quedó claro que la prisa allí no existía.
Cada cacharro que recogía para fotografiar le captaba la atención con algún detalle curioso.
No podía evitar quedarse mirándolo, dándole la vuelta una y otra vez, preguntándose de dónde habría salido, a quién habría pertenecido, qué habrían visto sus abuelos en él para decidir rescatarlo.
A las cinco había catalogado un total de catorce piezas. Descubrió, para su desmayo, que se le daba fatal la eficiencia cuando algo le interesaba.
Y, para su sorpresa, aquello le interesaba más de lo que hubiera pensado.
Estaba encaramada a una escalera de tijera, estirándose para alcanzar una caja mugrienta de la balda más alta sin partirse la crisma en el intento.
El tintineo de la campanilla la sobresaltó.
—Como te pegues una hostia desde ahí arriba, el parte de accidente me lo como yo, y ya has comprobado lo bien que funciona la burocracia en este pueblo.
No le hizo falta darse la vuelta para identificar a Cash. Esa voz cavernosa tenía un deje inconfundible y, para qué engañarse, condenadamente sensual.
Se giró (error fatal) y la estructura de madera empezó a bailar bajo sus pies. La caja salió volando. Durante un milisegundo de terror puro, se vio estampada contra el suelo de la tienda en su segundo día de estancia.
Por suerte no llegó a pasar.
Cash salvó la distancia en tres zancadas largas. Apuntaló la escalera con una mano. Con la otra, le atenazó la cintura con firmeza y la estabilizó de un tirón.
—Ya está. Te tengo.
Y vaya si la tenía.
Amy experimentó la quemadura de esa mano enorme y ardiente rodeándola, la solidez del cuerpo masculino pegado al suyo, la facilidad pasmosa con la que aquel poli la había salvado del batacazo, haciéndole olvidar por un instante la caja, el inventario y hasta su propio apellido.
Madre mía del amor hermoso.
—Ya está, estoy bien —soltó, con un hilo de voz bastante más agudo de lo habitual—. Gracias, en serio, ya puedes soltarme, que me da vergüenza.
Cash retiró la mano con un gesto de preocupación. Amy descendió los peldaños intentando reunir una dignidad que brillaba por su ausencia, sacudiéndose el polvo contra los vaqueros.
—No deberías subirte ahí sola —dijo Cash, recogiendo la caja del suelo como si no pesara nada.
—Pues no me queda otra, que aquí no hay más personal.
—Me tienes a mí —lo soltó a bocajarro, por pura inercia profesional. A juzgar por lo rápido que se puso serio, se arrepintió a la velocidad de la luz—. Para la caja, me refiero. Para mover el inventario pesado.
—Ah, ya veo. —Amy contuvo una sonrisa pícara—. Vaya oferta más romántica.
Cash le lanzó una mirada curiosa mientras recogía la caja caída y la dejaba sobre el mostrador.
—¿Has dado con las libretas?
—Qué va. He encontrado cacharros de lo más curiosos, algunos a cuerda, otros a manivela, luego una caja llena de pomos antiguos que no entiendo a santo de qué están ahí y una cantidad de roña acumulada que roza el delito sanitario, pero de libretas, cero patatero.
—Se apartó un mechón rebelde de un soplido—. Esto va a ser eterno.
Cash paseó la vista por el local, calculando la magnitud de la tarea, igual que había hecho ella esa mañana.
Se quitó la chaqueta del uniforme. La dejó sobre una silla. Se remangó la camisa hasta los codos.
Y Amy, que se consideraba una mujer adulta y funcional, tuvo que apartar la vista de aquellos antebrazos. Como si de golpe le hubieran enseñado algo indecente.
Compórtate. Es solo un antebrazo. Bueno, dos. Anchos y morenos, vale. Pero fuera de eso, nada que no tenga todo el mundo.
—Atacamos por lo lógico —dijo Cash, ajeno por completo al sofoco que le corría a ella por dentro—.
Si tu abuelo lo registraba todo, los cuadernos tienen que estar cerca de su zona de trabajo.
El mostrador, la trastienda o algún despacho.
No los iba a esconder en el último estante con los pomos de las puertas.
Tenía sentido. Demasiado sentido. Le jorobó un poco no haber caído en la cuenta antes.
—La trastienda —indicó—. Hay un cuartucho al fondo que hace de despacho, pero todavía ni me he asomado.
Aquello era un auténtico cuchitril oculto tras una cortina mugrienta.
Un escritorio de madera maciza, una silla con el asiento hundido por los años, baldas abarrotadas hasta el techo.
Sobre la mesa, una lámpara verde de banquero, un cenicero de cristal, un secante salpicado de tinta vieja bajo un dedo de polvo.
Olía a su abuelo.
No guardaba recuerdos suyos en la cabeza, pero supo al instante que ese aroma a tabaco de pipa y a papel rancio pertenecía a Arturo Castillo. Un pellizco de melancolía en mitad del pecho.
Cash se centró en los cajones grandes. Ella atacó las baldas superiores. Compartieron un silencio denso pero extrañamente cómodo, roto únicamente por el crujido de la madera y el vaivén de los papeles viejos.
—Aquí están —soltó Cash de golpe.
Había tirado del cajón inferior. Allí, alineadas de canto como un pelotón de soldados, descansaba una hilera interminable de libretas con tapas de hule sobadas, los lomos rotulados con rotulador negro: 1989, 1990, 1991, y así en fila hasta perderse.
Toda la cronología del negocio, registrada a mano.
Amy hincó las rodillas en el suelo junto a él. Sacó un cuaderno al azar. Pasó las páginas de golpe.
Allí estaba: la caligrafía apretada y minúscula de su abuelo, rellenando columnas detalladas con fechas, objetos y procedencias, flanqueadas al margen por otra letra más redonda y clara.
Su abuela.
Comentarios, garabatos sueltos, advertencias firmes de «bonito», «caro» o «no vender bajo ningún concepto».
—Mira esto —susurró Amy.
Cash se aproximó, poniéndose en cuclillas junto a ella. Amy se humedeció un dedo y pasó hojas hasta dar con una entrada.
«Reloj de barco, latón, c. 1900. Traído por el capitán Méndez al jubilarse. No quiso venderlo en vida; su viuda lo trajo en el 88. Buena pieza.»
Y al margen, con la letra redonda de la abuela:
«A Arturo le brillan los ojos con este. No lo vende ni loco.»
Levantó la mirada y se topó con Cash a escasos centímetros. Arrodillados ambos frente al mueble, las sienes casi rozándose.
Él miraba la página con una expresión que Amy no le había visto hasta entonces. Le quitaba de un plumazo diez años de encima y todo el gesto de poli rudo.
—El reloj del capitán Méndez —dijo Cash, meneando la cabeza con incredulidad—.
Sigue expuesto en la vitrina del fondo. Tu abuelo me relató esa milonga cientos de veces.
—Hizo un alto, clavándole los ojos azules—.
Me dejaba darle cuerda los domingos cuando era un mocoso.
Decía que un reloj parado es un reloj triste.
Amy se le quedó mirando. Fascinada de ver a ese maromo enorme, serio, portador de unos antebrazos ilegales, enternecerse recordando a su abuelo.
—Esta mañana Celeste me ha enseñado una foto mía de peque aquí en la entrada de la tienda. Ojalá pudiera recordar mi infancia tan bien como tú.
Cash evitó soltarle las típicas frases hechas de consuelo que todo el mundo usa para salir del paso. Se limitó a sostenerle la mirada con esos ojos azul claro que parecían un mar calmo. Enseguida volvió a bajar la vista a la libreta.
—Tienes su forma de mirar las cosas —dijo.
—¿La de quién?
—De tu abuelo. —Señaló las hojas con un gesto de barbilla—.
Te has tirado la tarde entera atascada con unas pocas piezas porque necesitas analizar cada una y desentrañar de dónde ha salido.
Eso es exactamente lo que hacía él. Arturo decía que un objeto no vale nada sin la historia que lleva detrás.
Que la gente no compra cosas, compra historias.
—La miró entornando los ojos—. A lo mejor no puedes acordarte de él con la cabeza, pero lo llevas aquí —añadió tocándose la camisa a la altura del corazón.
Y se quedó tan ancho, como si no acabara de decir la cosa más bonita que nadie le había dicho a Amy en años.
Amy bajó la vista a la libreta a toda prisa. El nudo de la garganta había vuelto con refuerzos. Esta vez amenazaba en serio.
—Vale —dijo haciendo su mejor esfuerzo por disimular la voz rota—. Pues ya tenemos las libretas. Por algo se empieza.
—Por algo se empieza —repitió Cash.
Se quedaron los dos arrodillados delante de las libretas, en completo silencio, hasta que Amy se atrevió a volver a hablar.
—Venga, comisario —se puso de pie y le tendió una libreta—. Si vas a ayudar, empieza. Tú lees y yo apunto. Y como te hayas contagiado de mis taras y te dé por contarme la historia de cada cacharro, nos quedamos a vivir.
Cash cogió una libreta y la usó para darle un golpecito en la coronilla.
Por primera vez desde que Amy le conocía, el poli bromeó y sonrió sin reservas. Una sonrisa de verdad, sincera, que le cambió la cara por completo.
—Trato hecho —dijo.