El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 5 — Amy
14%

Capítulo 5 — Amy

La casa de Celeste Amador era imposible de perder. Era la única de todo Puerto Encantado pintada de rojo.

Y para más inri, un rojo tan intenso que parecía un beso de pintalabios plantado en medio de la calle.

—Celeste te espera mañana a las once —le había advertido Mari—. Y ni se te ocurra discutir. Era la mejor amiga de tu abuela y, como no vayas, la que va a pagar el pato y sufrir el calvario voy a ser yo.

Así que, tras patearse el pueblo siguiendo las señas de Mari, allí estaba Amy. Clavada ante la verja a las once en punto, maravillada de tener una agenda social tan pronto.

La casa era una edificación de madera de una sola planta. El porche, atestado de macetas, plantas colgando unas de otras en una cascada verde interminable. Y un auténtico ejército de gatos repartidos por los escalones de azulejos, sentados bajo el sol con la dignidad de pequeños emperadores.

Antes de que Amy pudiera llamar, la puerta se abrió de golpe.

—¡Pero mírala qué guapa! —Una mujer menuda, de pelo blanco recogido en un moño tirante y unos ojos vivísimos que no paraban quietos, apareció en el porche apartando mininos con el pie—. Ven aquí, hija mía, anda, ven que te vea bien.

Antes de poder reaccionar, Amy se vio atrapada en un abrazo que olía a jazmín y a café recién hecho. Uno de esos achuchones que estrujan las costillas de verdad, que no se dan por cumplir.

Celeste era una cabeza más baja que ella. La abrazaba como si quisiera comprobar que Amy era de carne y hueso.

Celeste estornudó de pronto, un «achús» agudísimo y teatral que le hizo temblar los pendientes.

—El fresco de la noche —masculló, sacudiendo la cabeza—. A mi edad cualquier corriente de aire se convierte en un resfriado de tres días.

Amy sonrió y le quitó importancia con un ligero ademán.

Cuando por fin la soltó, la agarró por los brazos y la examinó de arriba abajo sin ningún disimulo.

—Vaya, los ojos de Dolores, no hay duda —dictaminó—. Demasiado delgada, eso sí. ¿Es que no te da de comer nadie allí en... dónde es, en Nueva Jersey? Pasa para dentro, anda, que tengo café fresco.

—Mari ya me ha metido tres tazas entre pecho y espalda esta mañana.

—Pues te tomas la cuarta. —Celeste se cogió de su brazo y la llevó hasta la entrada casi a empujones—. El café de Mari está bien si vas con prisas, ¡pero el mío es café de verdad!

Amy decidió que con aquella mujer no se discutía. Asintió y cruzó el umbral.

El interior de la casa era como entrar en un salón de La Habana. Enormes mecedoras de mimbre y caoba presidían la estancia, orientadas hacia unos ventanales altos con persianas de madera que tamizaban la luz cegadora de Florida en franjas doradas.

Cada superficie parecía haber sido invadida por recuerdos. Las paredes, desgastadas por el salitre, repletas de retratos en blanco y negro en marcos de plata, figuritas de porcelana, caracolas, velas de santos, un crucifijo, postales descoloridas pegadas al borde de un espejo.

Un viejo ventilador de techo giraba despacio, cortando el bochorno sin llegar a refrescarlo. En una esquina, una radio antigua tosía un son cubano amortiguado, como si la música también estuviera aletargada por el calor.

Olía a incienso y a algo guisándose a fuego lento en la cocina.

Un gato naranja gordísimo dormía en el respaldo del sofá. Como si fuera un cojín más.

Celeste la sentó a la mesa de la cocina. Le puso delante una tacita de café de aroma intenso junto a un plato de pastas de té de limón y chocolate.

Amy las devoró a una velocidad vergonzosa.

—Mantecados encantados —dijo Celeste, satisfecha, rellenando el plato sin preguntar—.

Son la receta de mi madre y a tu abuela le volvían loca.

Se apoltronaba ahí mismo, donde tú estás, zampándose media bandeja mientras me daba la brasa con sus cosas.

Era de buen comer, y eso a mí me encantaba porque me apasiona cocinar.

Comer y dar la lata, los máximos placeres de la vida.

—Amén.

Celeste aplaudió encantada.

—Hasta en el sentido del humor eres el calco de Dolores, niña.

—Me lo dice mucho la gente últimamente, lo de que nos parecemos... —murmuró Amy con la boca llena.

—Porque es la pura verdad. —Celeste se sentó enfrente con su propio café y la miró con esos ojos que parecían ver más de lo que decían—. Cuéntame. ¿Cómo están tus hermanas? ¿Y tu madre? Hace años que no sé de Elena.

Y así, sin que Amy supiera muy bien cómo, se encontró explicándole su vida a una anciana que acababa de conocer. Lo de Lucy y los niños. Lo del divorcio de Chloe. Lo de su madre, que seguía en Nueva Jersey y a la que Puerto Encantado le traía recuerdos que prefería no remover.

Celeste escuchaba, asentía, metía algún comentario afilado, y rellenaba el café cada vez que la taza bajaba de la mitad.

Al rato se puso en pie para rebuscar en el fondo de un aparador. Regresó con un álbum de fotos enorme y pesado, forrado en un cuero desgastado por los años.

—Venga, agarra —dijo, soltándolo sobre el hule con un golpe sordo—. Esto lo tienes que ver por ti misma.

Amy abrió las tapas. Al pasar el primer par de hojas, el corazón le dio un vuelco limpio. Abrió los ojos como platos.

Allí estaba su abuela de jovencita. Una mujer espectacular de pelo oscurísimo y ojos almendrados.

Amy se llevó una mano a la boca, maravillada. *Jolín, pues sí que había heredado su mirada.*

En el papel amarillento se la veía partiéndose de risa delante de la fachada recién pintada de Castillo Antigüedades, flanqueada por un hombre alto, de traje, luciendo un bigote de manillar imponente que apenas concedía una media sonrisa de compromiso.

Su abuelo.

—Mil novecientos sesenta y ocho —dijo Celeste, tocando la foto con un dedo arrugado—. El día del estreno de la tienda. Mírame a mí ahí al lado, ¡qué guapa era yo, por el amor de Dios!

—Guapísima —confirmó Amy con una sonrisa, señalando la foto con un dedo—. Parece estar el pueblo entero.

—El pueblo entero, literalmente —añadió pensativa. Enseguida señaló a un grupo de niños que correteaban al fondo de la foto—. A la mitad de estos los traje al mundo con estas manos. Oye, chica de ciudad, tú sabes lo que es una comadrona, ¿verdad?

Amy abrió los ojos como platos.

—¿Tú traías a los niños al mundo? ¡No me lo creo!

—Les he visto el culito a todos. Desde el alcalde hasta la pescadera. Incluido el comisario —le guiñó el ojo con complicidad.

Amy no sabía dónde meterse y volvió a pasar las páginas del álbum como su única válvula de escape.

Observó las fotos una tras otra con detenimiento: el pueblo multiplicando sus casas y locales, la tienda de antigüedades creciendo, las modas cambiando.

En todas las fotos de reuniones, su abuela siempre en el centro, siempre riendo o en movimiento.

*Tan vital*, pensó Amy.

Y de pronto, en una de las últimas páginas: una cría con coletas mal hechas, sentada en el escalón de la entrada con un helado pringoso derritiéndosele entre los dedos.

Amy se quedó mirando la foto con cara de confusión. Celeste soltó una risita.

—Tendrías unos cinco añitos. Veníais a pasar todos los veranos y tú te tirabas las horas muertas en la tienda pegada a tu abuelo, escuchando cómo te explicaba el origen de cada cachivache.

Eras la única que le prestaba atención, ¿sabes?

Tus hermanas se aburrían como ostras y solo querían playa, playa y más playa, pero tú te plantabas ahí con él, tocándolo todo con curiosidad.

—Sonrió con nostalgia—. Le rompías la mitad de las cosas, eso también. Pero él no te reñía nunca.

Un nudo tremendo se le instaló en la garganta. No se acordaba de nada, y era una auténtica putada no acordarse.

Apretó los párpados, intentando rescatar a la fuerza aquellos veranos perdidos, y por un instante el cuerpo pareció reaccionar, reconociendo el calor de la madera del escalón, la sensación del helado pringoso entre los dedos, la voz grave del abuelo explicándole historias.

Amy abrió los ojos. Sin saber si lo recordaba de verdad o si era solo un truco de su imaginación.

Qué fuerte. ¿Por qué mi madre no guardó estas fotos en su casa de Hoboken?

Se sorbió los mocos con rabia, pasando de hoja a toda prisa.

Nada de ponerse llorona ahora.

—Celeste, ¿tú sabes por qué dejamos de venir de golpe?

La anciana tardó unos segundos en responder. Una sombra fugaz le oscureció el rostro.

—Cosas de mayores —dijo al fin—. Tu madre y tu abuela tuvieron sus más y sus menos, lo típico que pasa en las mejores familias. —Cerró las tapas del álbum despacio, zanjando el asunto—. Pero eso ya es agua pasada, cielo. Lo que cuenta es que estás de vuelta.

Detrás de esas palabras había algo tocho. Amy lo sabía. Pero quedaba claro que Celeste no iba a soltar prenda hoy, así que archivó la duda en el mismo cajón mental donde se le acumulaban todas las incógnitas desde que había pisado el pueblo.

—Bueno... —Se terminó el café de un trago largo y posó la taza esbozando su mejor sonrisa—. Me toca volver y ponerme seria con el inventario, que hay que catalogarlo todo para... —Vaciló un segundo, descartando la palabra «vender» de cuajo— ...para tasarlo bien.

Amy sabía que era una soberana estupidez morderse la lengua con la liquidación. No había ido allí a hacer turismo, y el pueblo entero estaba al corriente.

Celeste la miró fijamente, inclinándose sobre el hule de la mesa antes de soltar un susurro:

—Ten mucho cuidado con esa tienda, niña.

—¿Cuidado por qué?

—Porque ahí dentro hay piezas que valen un imperio, y no me refiero precisamente al dinero.

—Se levantó a recoger dándole la espalda—.

Cosas que no deberían terminar en malas manos.

Tu abuela lo sabía perfectamente y por eso era tan especial para decidir qué vendía y a quién se lo encasquetaba.

—Se giró de nuevo, clavándole esa mirada inquisidora—.

Tú abre bien los ojos, cielo, y vigila bien lo que dejas ir antes de soltarlo del todo.

Aquello sonaba a advertencia rarísima. Otra lindeza para el cajón de las cosas sin sentido.