El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 4 — Cash
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Capítulo 4 — Cash

A Cash le bastó con asomar la cabeza por la oficina del ayuntamiento para olerse que la cosa pintaba mal.

Amy estaba al otro lado del mostrador, de pie, rodeada por un pequeño ejército de papeles desplegados como las cartas de una partida que estaba perdiendo.

El pelo se le escapaba de la coleta en mechones que le caían sobre la cara. Mordisqueaba un boli. Se llevaba una mano a la cabeza.

Del otro lado, la funcionaria no paraba de parlotear dando instrucciones que Amy se esforzaba por comprender.

Cash había ido a entregar un parte de tráfico. Cinco minutos, nada más. Saludó a la funcionaria con un movimiento de cabeza, procuró que Amy no le viera, y dio media vuelta para marcharse. Como una persona sensata.

Eso es. Date la vuelta y cruza esa puta puerta, imbécil. Esto no es asunto tuyo.

Pero no lo hizo.

En vez de eso se acercó al mostrador.

—…o sea, que necesito el certificado de no sé qué para tramitar el traspaso —decía Amy, agitando los brazos—, pero para que me den el certificado me piden antes el otro papel, y para el otro papel resulta que me hace falta una firma que solo te dan en una oficina que abre los martes alternos.

Y hoy es jueves. ¿Lo entiende, señorita?

Lo que usted me propone es físicamente imposible, ¡una de esas pesadillas en las que corres y no avanzas!

La funcionaria, impasible, le tendió otro formulario.

—Rellena también este, cariño.

Amy miró el papel a punto de desbordarse.

Cash apoyó un codo junto al brazo de Amy. Sin poder evitarlo del todo, sonrió.

—¿Todo bien?

Amy se giró de golpe y le vio.

Durante una fracción de segundo, antes de que le diera tiempo a disimular, en su cara brilló un alivio puro e instintivo. Idéntico al de un náufrago que divisa una tabla de salvación en mitad de la tormenta.

Duró un parpadeo. Enseguida regresaron la sonrisa torcida y esa coraza de sarcasmo con las que se defendía tan bien.

—De maravilla —dijo—. ¿Sabías que para traspasar una licencia de un negocio en este condado hacen falta catorce formularios, tres firmas ante notario y, por lo visto, un sacrificio ritual a la luna llena?

—Bienvenida a Florida.

A Amy se le escapó una sonrisa por la comisura de los labios. Ver que él era el culpable le provocó una satisfacción tonta, completamente desproporcionada.

Tenía que parar ya. Estaba haciendo el auténtico capullo.

La administrativa los observaba por encima de las gafas con una sonrisita que no presagiaba nada bueno. Mañana medio pueblo sabría que el jefe se había plantado a charlar con la nieta de los Castillo en mitad del ayuntamiento. Pasado mañana ya estarían organizando la boda.

Daba igual. Había algo que tenía que decirle, y llevaba dándole vueltas desde el día anterior. Así que, ya puestos.

—Quiero hablar contigo sobre la tienda —dijo, inclinándose sobre ella y bajando el tono de su voz—. ¿Tienes un minuto cuando termines con este papeleo?

Amy entornó los ojos.

—Eso ya me lo dijiste ayer, y pusiste una cara rarísima, por cierto. ¿Qué le pasa a la tienda? ¿Está construida sobre un cementerio indio de película de terror o hay un cadáver emparedado? Porque con el día que llevo te juro que prefiero eso a seguir con el papeleo.

—No es nada de eso.

—¿Seguro? Porque lo del cementerio indio explicaría los ruidos.

Cash frunció el ceño.

—¿Qué ruidos?

Amy abrió la boca, la cerró de golpe, le restó importancia sacudiendo la mano.

—Nada, neuras mías. Anoche me pareció escuchar...

mira, da igual. Las casas viejas crujen y punto, seguro que es eso, o que me estoy volviendo loca por momentos.

—Recogió los papeles de un manotazo, los metió en la carpeta sin orden ni concierto y se la encajó bajo el brazo—.

Venga, que ya hemos terminado aquí, dispara. ¿Qué narices pasa con la tienda?

Cash miró a la funcionaria, que fingía revisar un cajón con la oreja claramente puesta.

—Aquí no. Mejor vamos fuera.

Salieron a la plaza. Una placita modesta con cuatro palmeras, un banco, la estatua de un pescador que el escultor, por motivos que nadie había logrado explicar nunca, había dotado de una expresión de terror absoluto.

Cash se apoyó en la barandilla, a la sombra. Amy se plantó delante de él, aferrando la carpeta contra el pecho, a la espera.

A plena luz del día traía peor cara que ayer. Pero mantenía los ojos igual de despiertos, incluso más chispeantes, recorriéndole las facciones como si intentara leerle el pensamiento.

Cash tomó aire. Como no había manera fina de soltarlo, se lo soltó a lo bruto.

—Llevo un tiempo entrando en la tienda… desde que murió tu abuela. Solo para echar un ojo, comprobar que no entrara agua, que nadie metiera las narices... —se frenó clavándole la mirada—. Y hace cosa de unos meses empecé a notar que faltaban cosas.

La sonrisa de defensa de Amy se borró de un plumazo.

—¿Cómo que faltan cosas?

—Piezas. De las estanterías, de las vitrinas. Pocas cada vez. Una aquí, dos allá. No me di cuenta al principio porque ahí dentro hay mil cacharros y, por supuesto, ahora tampoco tengo forma de asegurarlo. Pero hay huecos, rincones vacíos donde juraría que antes había algo.

Amy se quedó pensativa.

—Igual lo movió mi abuela antes de... —se interrumpió—. O igual te ha parecido. Cualquiera puede equivocarse.

—Podría ser. —Cash asintió despacio. Le divertía que Amy le contradijera a cada paso.

Era una chica lista, y le gustaba que tuviera el carácter suficiente para cuestionarle—.

Pero hay un detalle que no encaja. No hay forzamiento.

La cerradura está intacta, las ventanas cerradas, no falta ningún cristal.

El que entra, entra con llave o con alguna clase de ganzúa.

Y se lleva justo las piezas que no llaman la atención, las de arriba, las del fondo.

Las que solo cogería alguien que sabe lo que vale cada cosa.

Mientras hablaba no le quitó los ojos de encima. Vio cómo Amy iba atando cabos, cómo se le tensaba el entrecejo a medida que digería la información.

—O sea que alguien está entrando en mi tienda sin permiso —dijo despacio—. Y por lo visto cuenta con una llave. El hijoputa se lleva las piezas buenas, una a una, para que no salte la perdiz.

—Eso parece.

—Las piezas buenas —susurró Amy. Cerró los ojos un momento, soltó el aire entre dientes—. O sea, las caras. Las que más suben la tasación. Las que necesito para... —se calló.

Cash terminó la frase en su cabeza. *Las que necesitas para que la venta valga la pena.*

Notó algo desagradable removerse en el estómago. Una mezcla rara que no quiso examinar. Por un lado le fastidiaba que a ella lo primero que se le pasara por la cabeza fuera el dinero de la venta. Por otro, ¿qué iba a venirle a la mente, si precisamente para eso había venido?

—¿Quién más tiene copia? —preguntó Amy.

—Que yo sepa, solo tú y yo. Aunque podría ser que las llaves de tus abuelos hayan ido pasando de mano en mano.

Amy se pasó una mano por la cara.

—Genial. Llevo veinticuatro horas en el pueblo y ya tengo un ladrón fantasma. Esto es mejor que el cementerio indio, ya te lo digo yo.

—Hay una pega —interrumpió Cash. Amy se enderezó—.

Para que yo meta mano en esto en condiciones y abra diligencias de verdad, hay que poner una denuncia.

Y para denunciar un robo tienes que especificar qué cojones se han llevado.

Necesitas un inventario. Saber qué debería haber y compararlo con lo que hay.

Amy soltó una carcajada sin gracia.

—Esa es la idea. Pero visto que ahí dentro hay tres pisos de trastos, fijo que me tardo un mes solo en contar las lámparas.

—¿Tus abuelos no llevaban registros?

Eso la frenó. Amy ladeó la cabeza, pensando.

—No sé. Supongo. Mi abuela era... —dudó, buscando la palabra—. Mari ha dicho esta mañana que se sabía la historia de cada cacharro. De dónde venía, quién lo trajo. Si era así de meticulosa, igual lo apuntaba en alguna parte.

—Creo que era tu abuelo quien lo escribía todo, la verdad. Tu abuela se sabía las historias de memoria, pero era Arturo quien las apuntaba en las libretas. —Cash se rascó la nuca—. Las he visto, hace años. Unas de esas de carnicero. No sé dónde las guardaba, pero existen. O existían.

Amy le miró un segundo interminable. Cash supo, por cómo se le movió algo detrás de los ojos, que estaba pensando exactamente lo mismo que él.

Y que aquello no les convenía a ninguno de los dos.

Porque lo lógico, lo único sensato, era que ella buscara las libretas, hiciera el inventario, cotejara lo que faltaba y pusiera la denuncia. Y que él, como policía, documentara los robos e investigara.

Lo cual significaba que iban a tener que hacerlo juntos.

Horas. Días.

Los dos solos en esa tienda enorme y polvorienta, removiendo cajones, comparando listas, con esos ojos y esa boca de ella yendo y viniendo y farfullando, y ese calentón que le subía por el cuerpo cada vez que se reía, se mordía el labio, se tocaba el pelo.

No. Ni de coña. De ninguna manera.

—Puedo pasarte el contacto de un perito —se oyó decir, en un último intento de salvación—. Que venga de fuera, haga el inventario por su cuenta y...

—Prefiero que lo hagas tú. —Amy afirmó tajante—. Lo otro cuesta un dineral y yo no tengo un dineral, curro en una app de reparto de comida y tengo una cuenta corriente que da pena. Si tuviera algo ahorrado, ya habría puesto una alarma o una cámara y aquí paz y después gloria. Pero no tengo un duro.

—Lo que sí puedo hacer es que una patrulla pase por aquí un par de veces cada noche, para que duermas más tranquila.

—Vale, gracias —dijo Amy, un poco descolocada por el ofrecimiento—.

En cuanto al inventario, lo voy a hacer yo.

Con o sin ayuda. Es cuestión de encontrar las libretas, montar el inventario y ya está, aunque me quede a pasar las Navidades.

—Suspiró y levantó la cabeza para mirarle a los ojos—.

Pero de papeleo policial no tengo ni pajolera idea, ni sé qué hay que registrar ni cómo se documenta un robo.

Así que, nos haga gracia o no, nos toca…

—Sí —dijo Cash.

—Trabajar juntos —remató ella, arrugando la nariz como si la idea le supiera a cuerno quemado.

Aquel gesto, de forma retorcida, le dio un respiro. Si a ella tampoco le hacía ninguna gracia el plan, a lo mejor lograban comportarse como dos adultos normales y corrientes.

Con un poco de suerte, hasta su polla se daría por aludida y se estaría quieta.

—Esta misma tarde me pongo a buscar las libretas —dijo Amy—. ¿Te pasas cuando termines el turno?

—Esto... vale. Me paso.

—Pues hala. —Se recolocó la carpeta bajo el brazo y dio media vuelta, pero a los tres pasos se frenó en seco—. Oye, Cash.

—¿Qué?

Amy le miró con una cara totalmente distinta. Seria. Despojada de bromas por una vez.

—Gracias. Por cuidar de la tienda todos estos meses… —Se encogió de hombros, visiblemente incómoda ante su propio brote de sinceridad—. No tenías ninguna obligación y lo hiciste de todas maneras.

Se dio la vuelta antes de que a él le diera tiempo a abrir la boca.

La siguió con la mirada mientras cruzaba la plaza a paso rápido, bajo un sol de justicia que caía a plomo. Le dejó allí plantado, con un nudo extraño en la garganta.

La estatua del pescador aterrorizado le observaba de hito en hito desde su percha.

Nunca le había gustado esa puñetera estatua. Le traía recuerdos dolorosos.

Como se cruzara a ese escultor, le arrestaba por gilipollas.