Capítulo 3 — Amy
Amy se despertó a las seis y media de la mañana sin tener ni pajolera idea de dónde estaba.
Al menos no era su habitación de Hoboken.
Tardó tres segundos largos en ubicarse. Recorrió con la mirada el techo de vigas oscuras, las cortinas de flores descoloridas, ese olor a madera vieja y a salitre que se colaba por una ventana que no cerraba bien.
El piso de los abuelos. Puerto Encantado. La tienda. La dichosa misión.
Vale. Ya estaba situada.
Y de regalo, un dolor de espalda de mil demonios. Cortesía de un colchón que debía de tener más años que ella.
Fantástico. La próxima vez se pillaba un saco de cemento para dormir. Seguro que era más blando.
Se incorporó a duras penas, estirando los músculos entumecidos. La noche anterior había llegado tan hecha polvo que ni se fijó en dónde se metía: soltó la maleta, se lavó los dientes con un hilo de agua que tardó una eternidad en salir templada y se desplomó en la cama como un fardo.
Ahora, con los ojos abiertos, veía el cuarto de verdad por primera vez en veinte años.
Y el pecho se le encogió de golpe. El muy traidor. Porque lo reconocía todo.
Su cabeza no. Ya lo había comprobado el día anterior frente al dichoso jarrón: la cabeza estaba en blanco.
Pero el cuerpo iba por libre. Una punzada honda y tonta en mitad del pecho al reparar en la cómoda con el espejo moteado, el aguamanil de porcelana sobre el mármol, la colcha de ganchillo doblada a los pies de la cama.
Su abuela la había tejido. No tenía ni idea de cómo lo sabía. Pero lo sabía.
Venga, ya está bien. Nada de ponerse sentimentales tan temprano.
Se levantó de un salto. Si algo se le daba bien en esta vida era huir. De los sentimientos, más que de ninguna otra cosa.
Tres semanas. Solo tres semanas para inventariar, tasar y vender. Sin ponerse sensiblera con una colcha de ganchillo a las seis y media de la mañana y en ayunas.
Y hablando de ayuno, necesitaba un café como el aire. Con urgencia. De vida o muerte.
Se vistió con lo primero que pilló: unos vaqueros y una camiseta arrugada que decidió que pasaba el corte porque en ese pueblo no la conocía ni el tato. Se recogió el pelo en una coleta mal hecha.
Bajó la escalera. Se metió, cómo no, un viaje de campeonato contra la barandilla.
—Buenos días a ti también —le espetó a la barandilla, frotándose el codo dolorido.
La tienda, a la luz de la mañana, daba todavía más respeto que de noche.
Sin la penumbra dramática, lo que quedaba ante sus ojos era un marrón de tres pares de narices: una sucesión infinita de estanterías vacilantes, vitrinas llenas de polvo, cajas apiladas, rincones oscuros donde a saber qué demonios acechaba.
Se quedó parada al pie de la escalera, intentando calcular el número de piezas que se le venían encima. Lo dejó en «un huevo de ellas». Su cerebro sin cafeína no daba para más.
Primero el café. La crisis existencial podía esperar.
Salió a la calle. El pueblo la recibió con una bofetada de luz y un calor húmedo que apestaba a mar.
Aún era pronto, pero Puerto Encantado ya se desperezaba con un movimiento vigoroso que la sorprendió. Un par de tiendas subiendo los cierres. Furgonetas descargando cajas de fruta. Una panda de gaviotas dándose de picotazos por un mendrugo de pan duro.
Amy caminó un par de calles. Cambió de dirección. Anduvo un poco más, volvió a girar, y desembocó en una plaza completamente vacía.
Se dio la vuelta con los brazos en jarra, buscando una cafetería.
La divisó a unos metros, justo en la esquina: un local pintado de azul turquesa, un toldo a rayas blancas, y sobre la puerta, un cartel con un pelícano regordete y bastante mal dibujado sosteniendo una taza de café con un ala torcida.
Debajo, en letras alegres, ponía: EL PELÍCANO.
—Te quiero ya —dijo, alzando la cabeza para guiñarle un ojo al pajarraco.
Empujó la puerta. Sonó una campanilla sobre su cabeza. El olor a gloria la invadió de golpe: café tostado, bollos horneándose, mantequilla derretida.
El local era pequeño y acogedor. Apenas media docena de mesas, una barra larga de madera, las paredes sepultadas bajo fotos antiguas, redes de pesca, cachivaches marineros. A esa hora el ambiente estaba tranquilo: un hombre mayor concentrado en el periódico, una pareja de turistas madrugadores.
Detrás de la barra, una mujer de unos cuarenta años secaba tazas con un trapo. Pelo oscuro recogido en un moño alto del que se escapaban mechones por todas partes. Delantal manchado de harina. Una cara espabilada, de esas que te calan en un segundo.
Levantó la vista al oír la puerta. Se quedó mirándola fijamente, el trapo y la taza congelados en el aire.
Amy se miró de reojo por si llevaba la camiseta del revés o algo en la cara.
El silencio empezaba a ser tan incómodo que Amy soltó la risa.
—Hola —saludó alegremente—. ¿Tengo monos en la cara?
La mujer dejó la taza despacio y salió a su encuentro.
—Castillo —dijo. Y no era una pregunta.
Amy se quedó de piedra.
—¿Cómo lo sabes...?
—¡Pero si eres clavada a Dolores! Los mismos ojazos.
—Se detuvo delante de ella, limpiándose las manos en el delantal, sin dejar de estudiarla con una sonrisa que iba creciendo—.
Madre mía, la nieta de Dolores Castillo en mi cafetería.
Si es que en este pueblo no se puede ocultar nada ni queriendo.
Anda, siéntate. Siéntate, mujer, que traes una cara de haber visto un fantasma.
—Creo que el fantasma lo has visto tú —murmuró Amy, dejándose llevar hasta un taburete de la barra, un poco abrumada por semejante recibimiento.
—Soy Mari. El Pelícano es mío, era de mi madre y antes de mi abuela.
Vamos, que llevo aquí pegada toda la vida, igual que las lapas.
—Ya se había metido detrás de la barra otra vez, trasteando con la soltura de quien lleva mil años haciendo lo mismo—.
Un café te hace falta, eso salta a la vista. ¿Cómo lo tomas?
—Solo. Cargado. Y si tienes una vía intravenosa, mejor.
Mari soltó una carcajada limpia.
—Esa me gusta. —Atacó una cafetera italiana que parecía sacada de un museo, de esas que pitan como locomotoras—.
Café cubano, que aquí es la especialidad.
Te va a quitar la tontería del cuerpo de un viaje, ya verás.
Y te marcho una tostada, que estás en los huesos y a Dolores le daría un síncope si te viera tan flaca.
Amy abrió la boca para decir que no hacía falta, que solo quería el café. Le salió un:
—Vale. Gracias.
Hacía siglos que nadie se preocupaba por si comía bien o se moría de hambre. Además, el olor de ese pan tostado empezaba a ser un argumento incontestable.
Mientras Mari preparaba las cosas, Amy inspeccionó las paredes con más calma. Fotos del pueblo, barcas, pescadores, fiestas patronales, vecinos posando sonrientes delante de comercios antiguos.
—Oye, ¿no estarán por ahí mis abuelos?
Mari se plantó en seco, con la taza en el aire, mirándola con una ternura repentina que la descolocó por completo.
—Cielo, tu abuela venía aquí cada mañana.
A esa misma silla en la que estás sentada tú ahora mismo, fíjate qué cosas.
Se pedía un cortado con su tostada de guayaba y se tiraba media hora dándome la chapa con los chismes de la tienda: que si esta lámpara perteneció a no sé quién, que si este reloj cruzó el océano en el baúl de un tal fulano.
Pero antes se dejaba sacar una muela que hacerse una foto sin arreglar.
Y tu abuelo era peor. —En su sonrisa había una pizca de tristeza—.
Los echo de menos. Todo el pueblo los echa de menos.
Amy bajó la vista a la tacita de porcelana que Mari le había puesto delante. El vaho subía en una espiral.
—Yo apenas los recuerdo —confesó, en voz baja.
Le sorprendió estar diciéndoselo a una desconocida cuando llevaba años sin decírselo ni a sí misma—.
Dejé de venir de niña, mi madre ya no nos permitió venir.
Y luego la vida, ya sabes. Muchos años más tarde te llaman para decirte que se han muerto tus abuelos y que te han dejado un tercio de una tienda en un pueblo al que ni te acuerdas de cómo se llega.
No supo por qué se le soltaba la lengua así. Sería por el café. O por la silla que había sido de su abuela. O simplemente porque Mari tenía una de esas caras que te empujan a vaciar el buche.
Mari no se lo tomó a mal. Se apoyó en la barra, frente a ella, y la miró con calma.
—Bueno, pues ya estás aquí. Más vale tarde que nunca, ¿no?
—Ya, pero es que... —Amy dudó. Y luego decidió que, total, se iba a enterar igual, que en ese pueblo por lo visto se enteraban todos de todo—. He venido a venderla, Mari. La tienda. Mis hermanas van un poco ahogadas y necesitan el dinero. Por eso he venido. A inventariar, tasar y venderlo todo.
Lo dijo esperando un cambio de cara. Un enfriamiento. Que la simpatía se le agriara de golpe, como les pasa a algunos cuando descubren que no eres de los suyos.
Pero Mari no se inmutó. Cogió un trapo y siguió secando tazas, pensativa.
—Esa tienda es media historia de este pueblo, maja —dijo al fin, sin reproche, casi con suavidad—.
Pero cada uno sabrá lo que hace. No voy a ser yo quien te diga lo que tienes que hacer con lo que es tuyo.
—Levantó la vista y le guiñó un ojo—. Eso ya te lo dirá el resto del pueblo, no te preocupes, que aquí opinan hasta las gaviotas.
Amy se rió, aliviada, y le dio el primer sorbo al cortado.
Y, madre del amor hermoso, Mari no exageraba. Aquello no era café. Era una experiencia religiosa. Dulce, intenso, espeso, espumoso, con un punto que le subió por la nariz y le encendió el cerebro como quien le da a un interruptor.
Amy cerró los ojos un segundo. Disfrutando como una enana.
—Vale —dijo—. Me mudo aquí a tu cafetería. Pongo una cama detrás de la barra y ya está.
—Esa frase la decía tu abuela también, palabra por palabra. —Mari sonreía de oreja a oreja—. Lo llevas en la sangre, cielo. No hay nada que hacer.
Y por algún motivo que Amy no quiso examinar muy de cerca, esa tontería de «lo llevas en la sangre» le calentó el pecho más que el café.
*No te acostumbres*, se dijo, mientras Mari le ponía delante la tostada y seguía cotorreando sobre el pueblo, sobre el mercadillo del domingo, sobre que tenía que conocer a no sé quién y a no sé cuántos.
No te acostumbres a esto, Amy. Tres semanas. Y te largas con el pastizal.
Pero se comió la tostada entera. Y luego pidió otro café.
Cuando salió de El Pelícano media hora después, con la tripa llena y la cafeína haciéndole cosquillas en las venas, se descubrió despidiéndose de Mari con un «hasta mañana» que le salió natural. Automático. Como si llevara haciéndolo toda la vida.
Frunció el ceño. Primera reacción. Pero enseguida sonrió, el sol pegándole con fuerza en la cara, relajándola.
El pueblo parecía estar haciendo su magia. Para su sorpresa, la idea de pasar el día entero metida en una tienda polvorienta, trasteando, descubriendo objetos nuevos, no le pareció una condena.
Le pareció un plan magnífico.
Una idea que la asustó muchísimo, más que cualquier fantasma.