El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 2 — Cash
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Capítulo 2 — Cash

Cash Keynes condujo de vuelta al cuartel a quince kilómetros por hora. Más o menos la velocidad a la que se movía todo en Puerto Encantado.

Se pasó el trayecto entero intentando no pensar en la nieta de los Castillo.

No lo consiguió.

Pero lo intentó. Que conste.

El problema era que Amy estaba más buena que comer pollo con las manos. Daba igual que fuera vestida de lo más sencillo o que llevara cara de agotamiento. La tía era un pibón.

Pelo suelto casi hasta la cintura, castaño rojizo. Ojos de un negro profundo que contrastaban con la piel clara. Una combinación irresistible.

Y la sonrisa. Pícara, expresiva. Esos labios rojos, tan apetecibles que se le hacía la boca agua.

No ayudaba que llevara meses sin follar. Su estúpida abstinencia, autoinfligida, ya se parecía al desierto del Sáhara.

Se había cansado de hacer kilómetros para un polvo de diez minutos de alivio, siempre lo más lejos posible para mantener la discreción.

¿Liarse con alguien del pueblo? Ni de coña.

Desde lo de Lauren se había jurado no tener líos de faldas a cincuenta kilómetros a la redonda.

Y va la tía, recién llegada, hecha polvo, con cara de no haber dormido, y le toca la mano a las primeras de cambio.

Un roce insignificante. El cuerpo se le revolucionó de todas formas. Como si la piel supiera algo que la cabeza ya había olvidado.

La pobre no lo había hecho a propósito. El capullo era él, que iba por ahí más cachondo que un perro en primavera.

Una puta casualidad.

Cash apretó el volante. Se convenció de que solo era eso, de que darle vueltas no serviría para nada.

Bueno, sí. Para que la polla no se le quedara quieta.

Aparcó delante del cuartel. Un edificio bajo y blanco que compartía pared con el ayuntamiento y media historia con el resto del pueblo.

Dentro, Noah lo esperaba con los pies sobre la mesa y un dónut a medio camino de la boca.

—¿Qué tal la nieta? —preguntó Noah, sin molestarse en bajar los pies.

—Bien.

—¿Bien maja o bien guapa?

—Bien y ya está. —Cash colgó las llaves en el panel y se dejó caer en la silla.

Noah lo miró con esa sonrisita que ponía cuando creía saber algo. Lo malo era que casi siempre lo sabía.

—Ajá —dijo Noah, mascando—. Bien y ya está.

Cash no entró al trapo. Llevaba seis años aguantando al chaval. Había aprendido que la única defensa era el silencio. Como con los mosquitos: si no te mueves, al final se cansan y van a picar a otra parte.

Pero el chaval tenía razón en una cosa. Y eso le fastidiaba.

El problema no era que la nieta de los Castillo fuera guapa. Era que no se quedaba en guapa y ya. Era de las peligrosas.

Esos ojos oscuros, pícaros, que se le iban a todas partes. Esa boca que no paraba quieta. Las cejas moviéndose por su cuenta mientras hablaba, en una cara que lo transparentaba todo.

Cash llevaba toda la vida leyendo a la gente. Era buena parte de su trabajo. Y a esa chica la había calado en treinta segundos: competente y despistada a partes iguales, con una sonrisa de quita y pon que se calzaba justo cuando algo le dolía.

—Oye. —Noah bajó por fin los pies de la mesa, arrugando la frente—. ¿Le has contado lo de los robos?

Y ahí estaba el otro asunto.

Los robos.

La cosa se estaba poniendo fea. Cash llevaba desde el verano pasado alertando sobre el tema. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas: un hueco en una vitrina que juraría haber visto llena, un estante con menos trastos de los que recordaba.

Pero esta vez no era cosa de su cabeza.

Faltaban piezas. Y no piezas cualquiera: libros de las baldas de arriba, cajas de papeles de las del fondo, pitilleras y cajas de música, el tipo de objetos que un ladrón normal ni miraría porque no parecían gran cosa.

Alguien que sabía bien lo que se llevaba. Alguien que sabía cómo entrar sin forzar una sola cerradura, sin romper un solo cristal.

Alguien con llave.

Eso era lo que le revolvía el estómago. En Puerto Encantado, las personas que sabían ver el valor de una pitillera fea de cojones se contaban con los dedos de una mano.

Y todos eran de los suyos. Vecinos. Caras que se cruzaba cada mañana en el muelle y cada domingo en misa.

—No —dijo Cash—. No es momento. Acaba de llegar y bastante tiene ya encima.

—Pues vas a tener que decírselo.

—Ya lo sé.

—Y habrá que poner una denuncia. Estar al loro.

—Ya.

—Aun cuando no quieras causar más dolores de cabeza a los Castillo.

Cash asintió.

—Que ya lo he entendido.

Noah levantó las manos en señal de rendición antes de hincarle el diente al dónut otra vez.

—Pues buena excusa tienes para pasarte por la tienda todos los días, ¿eh?

Cash le lanzó una mirada que habría fulminado a cualquiera en el pueblo. A Noah le resbaló. Como siempre.

No necesitaba excusa para pasarse por la tienda. Llevaba meses haciéndolo sin que nadie se lo pidiera. La diferencia es que ahora, cada vez que cruzara la puerta, habría una mujer dentro mirándolo con esos ojos chispeantes.

Y eso sí que era un problema.

Uno gordo.

Porque Cash Keynes tenía su vida medida al milímetro.

Se levantaba a las cinco. Hacía la ronda.

Se tomaba el café en El Pelícano mientras Mari le ponía al día de chismes que él fingía no escuchar.

Arreglaba lo que hubiera que arreglar, vigilaba lo que hubiera que vigilar, para terminar la noche sentado en la terraza junto a su perro, una cerveza bien fría entre las manos, viendo cómo el sol se ahogaba en el mar.

Una vida pequeña, tranquila y suya.

Hacía mucho que había dejado de esperar que en esa vida cupiera nada más. Y no lo decía con pena, ojo. Lo decía como quien dice que en agosto hace calor. Un hecho incuestionable.

Las mujeres venían a Puerto Encantado. Se enamoraban del pueblo dos veranos. Se aburrían al tercero y se marchaban a buscar algo más grande.

Él se quedaba.

Siempre se quedaba. Porque alguien tenía que hacerlo.

Así que no. De ninguna manera iba a fijarse en los labios rojos o en los ojos chispeantes de Amy Castillo.

Ni en el puñetero calor que le había subido por el brazo cuando sus dedos se rozaron.

Un calor que le había puesto la polla gorda, pero que definitivamente no pasaba de ser eso.

Un calentón que no sentía desde la adolescencia.

Recuerda que igual que ha venido se marchará.

Cash se levantó. Cogió las llaves del coche otra vez.

Ni se te ocurra enredarte en algo que tiene un pie fuera de la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Noah.

—A la ronda.

—Pero si ya la has hecho esta mañana.

—Pues la hago otra vez.

Noah abrió la boca para soltar alguna lindeza insoportable. Cash ya estaba cruzando la puerta.

Fuera, el sol rajaba la tierra. El pueblo dormía la siesta a media tarde.

Cash se subió al todoterreno. Se dejó llevar por una inercia que se negaba a reconocer y condujo despacio hacia la tienda.

Pasó por delante. Las ventanas del piso de arriba estaban abiertas. A través de las cortinas blancas distinguió una silueta menuda moviéndose de un lado a otro.

No frenó. No aminoró la marcha.

Siguió de largo. Como el buen policía que hacía su ronda. Ese a quien no le importaba lo más mínimo lo que pasara en el segundo piso de la antigua casa de los Castillo.

«Ni a ti ni a tu polla», se repitió mientras se alejaba.