El poli del pueblo (Puerto Encantado 1)
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Capítulo 1 — Amy
Amy miró su maleta despanzurrada en medio de la calle y soltó el taco más guarro que se le cruzó.
¿Dónde narices estaban las llaves?
Echó un vistazo a su alrededor para ver si alguien la había oído. Ni un alma en la calle. Aún era demasiado temprano.
Se acercó al escaparate de la tienda y apoyó la nariz contra el cristal. Pero estaba demasiado sucio para ver dentro.
Técnicamente, era suya. Bueno, un tercio de la tienda. El resto era de sus hermanas.
Desesperada, volvió a forcejear con el picaporte. Cerrada a cal y canto.
Disimula, que pareces ladrona.
O loca.
Eso era exactamente lo que diría una ladrona loca.
Las llaves.
Durante el trayecto en bus había comprobado al menos tres veces que seguían en el sobre que le dio su madre. Ahora suspiraba pensando que no debería haberlo abierto y cerrado tantas veces.
Su ansiedad, jugándole otra mala pasada.
Se hincó de rodillas y vació el bolso entero en el suelo. Dos chicles fosilizados. Un cargador que no era el suyo. Una barra de labios sin tapa que ya había hecho estragos en el forro. Sus auriculares. El tique de la última gasolinera de la autopista.
De todo, menos la dichosa llave.
Genial. Empezaba con buen pie las vacaciones que no eran vacaciones. Porque para que aquello fuera un descanso real, primero tendría que lograr descansar de sí misma. Algo que en veintisiete años no había conseguido ni una sola vez.
Miró al cielo repleto de nubes y se secó el sudor de la frente.
Menudo calor. Era mayo pero se sentía como agosto.
Y pensar que apenas veinte horas atrás estaba tiritando, abrigada con un tapado, en la terminal de Hoboken, Nueva Jersey.
Su hogar, aunque nunca se hubiera sentido especialmente acogedor.
Bufó y desvió la vista hacia el letrero de madera desconchado que anunciaba, en letras que habían sido elegantes alguna vez:
CASTILLO ANTIGÜEDADES
Hacía casi veinte años que no veía ese cartel. Se le hizo ajeno. Como reencontrarse con una foto de la infancia: te reconoces y, al mismo tiempo, no.
¿En qué momento exacto se había jodido todo?
Daba igual. Resopló y volvió a hurgar en el bolso. Sacó el móvil, marcó el número que su madre había garabateado en una esquina del sobre. «Por si las moscas», le dijo. Amy se preguntó si de verdad era tan patética como para recurrir a él tan pronto.
Tres tonos. Cuatro. *Venga, cógelo.*
—Comisaría de Policía Local de Puerto Encantado, dígame.
La voz sonó joven, despreocupada, con ese acento sureño que se tomaba su tiempo con cada palabra.
—Hola, sí, buenas tardes. Soy Amy Castillo, la nieta de... bueno, de los Castillo, los de la tienda de antigüedades. He venido a hacerme cargo del local y resulta que no tengo la llave y…
—¡Ah! La nieta de los Castillo.
El tío sonaba encantado de la vida. Amy frunció el ceño. ¿Y a este qué mosca le había picado?
—Te estábamos esperando. Soy Noah. ¿Estás en la tienda ahora mismo?
—Justo en la entrada, mirando hacia el interior como un pasmarote. Sí.
Noah soltó una carcajada. Fácil. De esas que caen bien desde el primer segundo.
—Las llaves las tiene Cash. Le doy un toque para que se acerque, ¿vale?
Amy levantó una ceja.
—¿Cash?
—El comisario. Está al caer. Dale diez minutos.
Y colgó. Sin más ceremonias. La dejó con la palabra en la boca y una incógnita nueva: ¿por qué narices el comisario del pueblo tenía las llaves de la tienda de sus abuelos?
Se sentó sobre la maleta, que protestó con un crujido de advertencia. Ya indagaría en ese misterio más tarde. Por ahora tenía cosas más urgentes en las que no pensar.
Sí. No pensar.
Porque no tenía intención de asimilar que estaba a mil quinientos kilómetros de su zona de confort.
Aunque, siendo honestos, llamar «casa» a su estudio de Hoboken era ser ridículamente generosa con el vocabulario.
Una cama. Una nevera medio vacía. Una maleta que nunca terminaba de deshacer del todo, por si acaso.
Céntrate en tu misión, chica lista.
Tres semanas. Ese era el plan. Se lo había repasado tantas veces en veinte horas de autobús que se lo sabía como una oración: llegar, hacer inventario, tasar, vender, pillar su tajada y largarse.
Especialmente lo último.
Lo de largarse se le daba de cine. De hecho, era lo que mejor sabía hacer en este mundo.
Habían sido sus hermanas las que la habían empujado a esto, claro. La videollamada de aquel martes: Lucy con un crío enganchado al cuello, Chloe con esa expresión de fatiga crónica tatuada desde el divorcio.
«Alguien tiene que ir a liquidar la tienda de los abuelos», había sentenciado Lucy. «Yo no puedo desatender a los niños. Chloe tampoco tiene margen para pedir días libres. Tú eres la que goza de más... flexibilidad.»
Flexibilidad. Qué eufemismo tan tierno para decir: tú eres la única que no ha hecho nada útil con su vida.
Ni marido. Ni hijos. Ni un trabajo de verdad. Nada que la atara a ningún sitio.
La oveja suelta. La que seguía repartiendo comida a domicilio para pagar las facturas mientras sus hermanas exhibían vidas adultas y legítimas. De las que podías contar ante un desconocido sin que te mirara con lástima.
¡Jolín, que te centres!
Siempre le había costado una barbaridad no dispersarse.
Así que ahí estaba. Sentada sobre su maleta delante de la tienda de unos abuelos a los que apenas recordaba, esperando a un comisario misterioso que la ayudaría a entrar en su propia tienda.
—Menudo planazo —murmuró para sí misma.
Un motor. Levantó la cabeza. Un todoterreno negro con el escudo del departamento de policía aparcó junto a la acera. Sin prisa, la puerta del conductor se abrió. Un par de botas tácticas negras de caña alta, lustrosas, con cremalleras en los laterales.
Y tras un portazo, el hombre completo.
A ver, seamos francas. Amy había visto tíos antes. A patadas. Universidad, bares, capullos de toda laya. Estaba más que inmunizada contra los efectos de un tipo atractivo.
Pero este espécimen... Digamos que tenía que ser un crimen dejarlo suelto por la calle.
Para empezar, era alto. De esos hombres que se ven obligados a inclinar la cabeza al pasar por las puertas.
Y también era jodidamente ancho de hombros, con esa musculatura que no se compra en un gimnasio sino que se gana cargando cosas pesadas durante años.
El uniforme le sentaba como si un sastre se lo hubiera moldeado sobre la piel.
Para más inri, además de semejante planta, el tío era guapo con alevosía.
Su melena castaña, salpicada de reflejos dorados por el sol, era espesa y se revolvía de una manera tan endiabladamente sensual que evocaba la imagen de alguien que acaba de salir de entre las sábanas tras un polvo antológico.
Mandíbula cuadrada. Sombra de barba de tres días.
Ay, madre.
Se quitó las gafas de espejo y le clavó la mirada.
Amy tuvo que tragar saliva y humedecerse los labios.
Ojos azul claro, gélidos, rudos, que avisaban sin rodeos: *no me busques las cosquillas.
* La observaba con un deje de curiosidad, como si su cara le resultara familiar y ese recuerdo no fuera precisamente de su agrado.
Amy decidió, en ese mismo instante, que aquel individuo le caía soberanamente mal.
Le reventaba lo cómodo que se veía en su propio pellejo.
Le ponía de los nervios esa pose imperturbable, como si estuviera un paso por encima del resto de los mortales y se supiera buenorro desde el inicio de los tiempos.
Y por encima de todo, le repateaba que custodiara las llaves del negocio de sus abuelos.
Antipático de cojones. Y soberbio. Estaba decidido. Aferrarse a esa idea la ayudaría a no devorarlo con los ojos.
—¿Amy Castillo?
Voz grave. Pausada. La voz de un tío de pocas palabras y peor genio.
—La misma. —Se puso en pie de un salto y se sacudió los vaqueros, intentando recuperar algo de dignidad—. ¿Y tú eres el comisario que colecciona llaves ajenas?
Él tensó los labios. Algo se movió en la comisura. No llegó a sonrisa. Casi.
—Cash Keynes. —Sacó un pesado manojo del bolsillo, se aproximó a la cerradura—. Y no colecciono nada. Suelo echar un ojo al local, de vez en cuando. Como favor a tus difuntos abuelos.
Lo dijo de pasada. Como si fuera lo más normal del mundo. Siguió a lo suyo, buscando la llave correcta.
Pero a Amy se le quedó la frase rondando.
*Lo hago por tus difuntos abuelos.* Como si tuviera con ellos una deuda que ella desconocía. Probablemente cualquier vecino del pueblo había tenido con sus abuelos una relación más estrecha que ella, siendo su nieta directa.
La llave giró con un chasquido seco. La puerta cedió hacia dentro con un quejido de bisagras oxidadas.
Y la tienda exhaló.
No existía otra forma de definirlo. Una bocanada de aire viciado, densa de polvo, madera vieja, salitre, y un matiz dulce y remoto que Amy no logró descifrar del todo. Pero que, de alguna extraña manera, conocía.
Tragó saliva de golpe. Aquello le resultaba tan familiar como sus propias neuras.
Entró con pies de plomo. Cash se quedó rezagado, sosteniendo el batiente de la puerta en silencio.
El interior era una escena congelada en el tiempo.
Estanterías kilométricas rozando un techo de vigas ennegrecidas.
Vitrinas con los cristales empañados. Relojes de pared y un imponente reloj de pie que seguía latiendo, como si el tiempo no hubiera transcurrido.
Lámparas colgando de otras luminarias. Sillas apiladas sobre mesas.
Un caballito de tiovivo con la pintura resquebrajada, contemplando la nada.
Y cajas. Infinitas cajas condenadas al olvido.
Un bergantín de madera surcando un océano de motas de polvo que danzaban en el haz de luz que se filtraba por el escaparate.
Un caos. Un desorden majestuoso y melancólico, atestado de reliquias que llevaban una eternidad esperando el regreso de alguien que se había olvidado de ellas.
Amy se adentró por los pasillos midiendo sus pasos, como quien pisa una catedral. El viejo parqué del suelo crujía bajo cada pisada, con algunas tablas sueltas que cedían un poco al pisarlas.
Deslizó los dedos por respaldos altos de sillas con ornamentos tallados a mano. Se giró y tocó el marco frío de un cuadro, luego se acercó a una biblioteca empotrada y acarició el lomo agrietado de hileras de tomos forrados. Hasta que algo bastante por encima de su cabeza captó su atención.
Era un jarrón de porcelana azul y blanca con tulipanes pintados a mano.
Lo cogió con cuidado y pasó las yemas de sus dedos por una fina grieta que lo recorría de arriba abajo.
De inmediato le recordó al kintsugi, esa técnica japonesa que repara la cerámica rota con hilos de oro para embellecer sus cicatrices.
No supo por qué había tocado precisamente ese jarrón.
Había cien cosas más interesantes alrededor.
—Ese era el que más le gustaba a tu abuela.
La voz de Cash, baja y ronca, la sobresaltó. Se había olvidado de que estaba ahí. Retiró la mano muy despacio.
—Pues yo no guardo el menor recuerdo de nada de esto —admitió.
Era la pura verdad. Le dolió en el alma que lo fuera.
—Es una lástima no recordarlo.
Tras un silencio se encontró con los ojos del comisario.
—Ella sí se acordaba de ti.
El nudo en la garganta. El escozor traidor en los ojos. Parpadeó deprisa, furiosa consigo misma.
No iba a desmoronarse frente a un tipo con placa el primer día de su llegada.
Ni de coña.
Enderezó la espalda. Sacó como pudo su voz de currante eficiente. La que usaba con los clientes pesados. La que no flaqueaba jamás.
—Bueno, bueno. —Se frotó las palmas con aire estrictamente profesional—. Me espera un curro tremendo aquí dentro. ¿Funciona la luz? ¿Hay agua corriente? ¿Hay sitio para dormir o me busco un hostal?
Cash la miró un segundo más de la cuenta. Como si no se hubiera tragado del todo su repentina entereza. Aun así, le siguió la corriente.
—Hay luz. Y agua, aunque la caliente tarda en salir. —Señaló con la barbilla una escalera estrecha al fondo, medio oculta tras una cómoda—. Arriba está la vivienda de tus abuelos. Está todo como lo dejaron. —Pausa—. Tu abuelo me dijo que dormías ahí de pequeña.
Jolín. Otra frase de esas que pegan duro.
Aquello iba a ser el pan de cada día. Gente que sabía cosas de ella, de su familia, de su sangre. Mientras que ella iba a tener que reaprenderlo todo desde cero.
—Vale —dijo. Porque no se le ocurrió nada mejor.
Cash hizo bailar el llavero en la mano. Lo sostuvo en alto un instante, observando las llaves, y a Amy le pareció que dudaba. Que le costaba soltarlas. Como si entregarlas significara algo más que entregar un trozo de metal.
Alargó el brazo.
Amy alargó el suyo. Al ir a coger las llaves, sus dedos se rozaron. Apenas un segundo. Las yemas de él, ásperas, cálidas, contra las suyas. El calor le subió por el brazo como si hubiera metido la mano donde no debía.
Apartó los dedos con torpeza.
Y lo vio. Sí, lo vio, no se lo inventó: él también apretaba la mandíbula. Miraba un instante hacia otro lado. Hacia la calle, a través del escaparate. Hacia cualquier sitio donde no estuviera ella.
Al poli le había incomodado el roce tanto como a ella. Amy podía jurarlo.
Los dos hicieron como si no hubiera pasado nada.
Cash carraspeó, recuperando su actitud chulesca.
—Oye, si necesitas algo tienes el cuartel al lado del ayuntamiento. Allí estoy. Por si… —Se frenó en seco. Bache incómodo para ambos—. Por si lo que sea.
—Por si lo que sea —repitió Amy, con una media sonrisa que se le escapó sin querer—. Vale.
Cash asintió una vez, seco, y enfiló la salida. Pero se detuvo en el umbral. Se volvió a medias, sin llegar a mirarla del todo.
—Hay un asunto que deberíamos tratar. Sobre la tienda. —Frunció el ceño, como si le costara decirlo—. Pero no hoy. Acabas de llegar. Tienes que estar hecha polvo.
Amy asintió. Se quedó embobada contemplándolo varios segundos de más.
Cash resopló.
—En fin. Nos vemos por ahí. Bienvenida a Puerto Encantado.
Salió sin prisa. Le dio tiempo de sobra para admirarle el trasero, musculoso y firme, tan bien marcado en los pantalones azules que hacía imposible apartar la mirada.
Madre mía, está para ponerlo en un marco.
Lo vio subirse al todoterreno. Arrancar cuesta abajo por la calle solitaria.
En medio de la tienda en penumbra, el peso de las dos llaves de metal en la palma de la mano y la cabeza llena de preguntas que no figuraban en su plan, miró el jarrón azul y blanco con su grieta japonesa.
—¿Tú crees que le gusto al poli?
El jarrón no contestó.
Pero por un momento, en aquel silencio cargado de polvo, salitre y fantasmas, a Amy le dio la sensación de que la tienda entera contenía la respiración.
Expectante.
Arrastró la maleta escaleras arriba, peldaño a peldaño, pegándose mamporros contra la barandilla de madera, soltando tacos, autoconvenciéndose: *tres semanas solamente. Inventario, tasación, venta, cobro. Y largarse.*
Un plan estúpidamente sencillo.
Cualquiera podía hacerlo.
Incluso ella.