El poder oculto (Luna 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

—¡Están cambiando! —gritó Lena.

El metal abandonó su dedo, se estiró y alargó… y se encontró sosteniendo un báculo más alto que ella, de refulgente metal plateado y rematado con una brillante luna llena.

Uma, Naia y Assia contemplaban anonadadas sus propias armas, cada una de ellas decorada con su fase de la luna.

—Pues los anillos no nos harán falta…, ¡pero estos báculos quedan estupendos! —exclamó su hermana.

—¡Vamos! ¡Canalicemos la energía de la luna! —gritó Lena, que podía notar la magia vibrar a través de ella—. ¡Todas a la vez!

Los cuatro báculos refulgieron. La guardiana dejó fluir su poder a través de él, que se condensaba en la punta. Le permitiría lanzar un ataque más concentrado, más certero…

Todas dispararon a la vez hacia Mercurio, que levantó un escudo metálico ante sí. El rayo rebotó sobre él y golpeó de lleno a Júpiter, dejándolo inconsciente. La cámara cayó al suelo y se rompió. Mercurio la apartó con el pie.

—Total, ya no lo necesitaba para nada…

—Vamos, chicas, ¡esta vez no fallaremos! —las animó Lena, sintiendo que el báculo la ayudaba a volver a recargarse de energía.

—¡Tenemos que evitar que levante un escudo! —avisó Naia.

—¡O atraparlo con él incluido! —respondió Uma.

La idea era buena. En realidad, no tenían por qué destruirlo.

—¡Eso es! —estuvo de acuerdo Lena—. Únicamente tenemos que controlarlo, ya veremos qué hacemos con él después.

—Muy listas —respondió Mercurio—. Pero hay algo con lo que no habéis contado.

Dio una palmada y la luz de los báculos de las chicas se apagó.

Todos, salvo el de Lena, que solamente atenuó su fulgor. Pero su adversario estaba tan absorto en su discurso que no se percató de ello.

—No solo controlo los metales, chicas. Supongo que Jess no os contó toda la historia sobre vuestros nuevos juguetes.

—¡Nos dijo lo suficiente! —respondió Assia. Una red de chispas envolvió su báculo, pero este permaneció inerte.

—Entonces ¿os contó quién los forjó? —respondió Mercurio con una sonrisa.

No. Las manos de Lena temblaron. No podía ser.

—Hubo un tiempo en que las guardianas y yo nos llevábamos bien —anunció él—. Muy bien, de hecho… ¡Hasta el punto de pedirme ayuda! Confiaron en mí para forjar sus anillos celestes. Y me aseguré de que nunca pudieran ser usados en mi contra.

—¿Las ibas a traicionar desde el principio? —preguntó Lena, furiosa.

Mercurio chasqueó los dedos y los báculos de Uma, Naia y Assia volaron obedientes hacia él, aterrizando en su mano convertidos de nuevo en inofensivos anillos.

Pero no el de Lena.

Y, cuando el hombre reparó en ello, sus ojos se agrandaron por la incredulidad. Por primera vez desde que lo conocían, perdió su aire de suficiencia.

—No, no puede ser… —murmuró, y sus ojos tomaron un brillo que reflejaba… ¿emoción?

Lena se estremeció. Ya no había sonrisa alguna en aquel rostro, solo esa mirada plateada.

—¡Lena! —Las LUNA se arremolinaron junto a ella, listas para la batalla, con o sin báculos.

Pero ya nada le importaba a Mercurio, y ella lo supo cuando él la contempló. Seguía atónito, mirándola. Y Lena lo notó. Aquel vínculo entre ellos que iba más allá del mero desagrado.

No… No podía ser.

—Esperad —susurró la guardiana. Sus amigas bajaron las manos, sorprendidas. Ella se dirigió hacia su rival. Estaba harta de que los adultos le ocultasen las cosas—. ¿Qué tengo que te da tanto miedo?

El corazón se le aceleró a mil por hora.

Era uno de esos momentos que esperas toda la vida.

Y, en ese instante, que ya había llegado, de pronto deseaba que no lo hubiera hecho jamás.

—La magia… Mi magia no te afecta —respondió Mercurio, reflexivo—. Ni a mí la tuya, ¿verdad? Cuando me atacaste en COSMO…

Lena lo recordaba. La incomodidad que su presencia le provocaba, todo el tiempo. La familiaridad en su figura, en la manera de moverse. La forma en que su magia había resbalado sobre él, como si nada.

Lo supo antes de que lo dijera:

—Creí que mi propio escudo me había protegido de ti. Pero no fue eso lo que pasó —dijo él justo antes de sentenciarla—. Nuestra magia no puede usarse en contra de nuestra propia sangre.

No. No podía ser.

—Yo. Soy yo, claro… Soy tu padre —concluyó Mercurio, todavía recuperándose de la sorpresa. La emoción sustituyó a la inquietud cuando exclamó triunfal—. ¡Tiene todo el sentido del mundo!

¿Lo tenía? No para Lena, desde luego. Temblaba con violencia y la luz del báculo titiló.

Demasiados sentimientos se arremolinaron en su interior: miedo, rabia, y una intensa frustración por el sueño que él acababa de destrozar.

—Lena, vámonos. —Assia le tiró del brazo—. No lo escuches, déjalo, ya lo solucionaremos más tarde.

Miró a sus amigas. Parecían asustadas. ¿Querían huir?

No. Querían protegerla.

—No vamos a ir a ninguna parte —declaró.

Al mismo tiempo, Mercurio afirmó:

—No vas a ir a ninguna parte. No ahora que sé quién eres. ¡Tenemos mucho de lo que hablar!.

Y reaccionó mucho más rápido de lo que las chicas podían prever. Sus dedos dibujaron un patrón entrelazado y tejieron en el aire una red de metal líquido, palpitante. Cuando la lanzó hacia ella, pareció crecer y crecer.

Lena la vio venir hacia sí a cámara lenta: una red de mentiras, de trampas y traiciones. Todo lo que Mercurio representaba. Una red que quería atraparla.

Uno más en una larga lista de adultos que creían que podían hacer con ella lo que quisieran.

Solo había dos adultos que le permitían ser ella misma. Y esos eran Xiomara y Jaime. Las personas que se comportaban como lo que realmente eran. Sus padres.

—¡No! —gritó, interponiendo el báculo.

La red rebotó y se volvió contra Mercurio. Apenas le dio tiempo a alzar las manos cuando se vio envuelto en su propia trampa, que lo lanzó al suelo.

Trató de desembarazarse de ella… Pero las LUNA reaccionaron, volcando sobre él toda su magia.

—¡Un poco de agua! —gritó Uma.

—¡Aire fresco! —siguió Naia.

—¡Una chispita de nada! —sonrió Assia.

Mercurio se retorcía, atrapado. Sus amigas se volvieron a mirar a Lena. Estaban preocupadas, sí, pero para ellas nada había cambiado. Era ella la que había dudado, la que se había perdido a sí misma. Las LUNA, sin embargo, la esperaban. Como lo habían hecho siempre.

Lena ya no dudaba. Pese a todas las preguntas en su cabeza, tenía claro quién era cuando se acercó y sentenció.

—¡Y un poco de luz!

El fulgor se desparramó sobre la red que atrapaba a Mercurio, tensándola y haciéndola menguar con él.

Poco a poco la rejilla se apretó, reduciendo su tamaño hasta acabar concentrándose en una bola plateada.

Los gritos de Mercurio se perdieron en el vacío.

Lena recogió la bola del suelo. Brillaba con un destello pálido, como una luna.

— ¡Guau! —se asomó Uma—. ¿Está ahí dentro?

—Eso creo —dijo Lena, sombría.

—No creerás lo que ha dicho, ¿verdad? —le preguntó su hermana—. Tú ya tienes un padre, y una madre, y una hermana. Este tío no te va a sacar otra familia postiza de la nada.

—Estaba mintiendo —añadió Naia. Assia asintió.

—Fijo —la apoyó.

Lena sonrió con ternura. Sus amigas estaban triunfales, y no iba a ser ella quien les chafara la fiesta.

—Tienes razón —le respondió a Uma, posándole una mano en el hombro—. Pero lo que él ha dicho es cierto.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó su hermana, cogiéndole de la mano la bola mientras evaluaba su peso—. Puedo lanzarlo al fondo del océano…

Lena reflexionó un rato. Estaba tan cansada… Tendría que hacer algo, por supuesto. «Pero no aquí, ni ahora».

—¿Me guardaréis el secreto? Por un tiempo, al menos…

Sus amigas asintieron.

Las cuatro chicas se fundieron en un abrazo.