El poder oculto (Luna 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Lena no oía conversación que estaban teniendo sus amigas.

El gofre que Jess había puesto ante ella con una sonrisa le sabía a corcho.

Un solo pensamiento le martilleaba en la cabeza: ¿se podía ser una persona más horrible?

Después de arreglar más o menos las cosas con Uma, pensó que ya había recuperado su camino. El liderazgo de las LUNA. Y había tenido la arrogancia de creer que podría ayudar a Assia, cuando en realidad se había acabado llevando una lección.

Porque, durante un instante, había deseado que Salma no le devolviera el anillo a su legítima propietaria. Y… ¿qué clase de amiga pensaba algo así?

Porque, si Assia lograba recuperar su joya sin usar la fuerza, quería decir que ella se había equivocado por completo de enfoque.

Le había dicho que atacase. Igual que ella había atacado a Carla, casi arruinando la relación con Uma.

Solo sabía arremeter como un animal acorralado.

El que había sido durante tanto tiempo de su vida en los orfanatos, en tantas casas de acogida.

La vida que creía que había dejado atrás, de la que creía que podría olvidarse para siempre.

¡Y se había creído la líder del grupo!

Lamentable.

La luna llena, la luz que guiaba, había dicho Jess.

Ja.

Si ni siquiera conseguía que hablaran del problema que tenían: de las veinticuatro horas que les quedaban para que se les acabara el plazo establecido para recuperar los cuatro anillos.

Pero, en vez de hablar de eso, sus amigas no dejaban de parlotear sobre Uma y Carla y su preciosa historia de amor.

—¿Y entonces la primera vez que os besasteis…? —preguntó Naia con voz soñadora.

—¡Yo tenía un bigote de chocolate, sí! —respondió pintándose uno con la crema de cacao que cubría su crepe.

—¡Qué dulce! —se carcajeó Naia.

Casi podía ver el vínculo entre ellas tres. Cada una con su anillo celeste en el dedo…, salvo ella.

Y entonces se dio cuenta.

Sus «amigas» no consideraban que tuvieran un problemón.

No hablaban del anillo que faltaba porque ella era la única que tenía el problema.

La única incapaz de lograr su objetivo.

El lastre.

Sintió ganas de llorar. Pero, en vez de dejar salir las lágrimas, la rabia se le hizo bola en el pecho.

—Lena, venga, anímate —dijo Naia de pronto. Estaba sentada a su lado y aprovechó para clavar su tenedor en el gofre de Lena.

La bola amenazó con ahogarla.

—Sí, eso —estuvo de acuerdo Uma. La chica trató de chuparse el churrete de chocolate que le decoraba el labio superior. Tan feliz, tan ajena a todo.

Y la bola explotó.

—¿Que no pasa nada? ¿Ahora te acuerdas de mí, o quieres seguir siendo el centro de atención un rato más?

—¡Lena! —exclamó Assia.

—¿Hola? —le respondió Uma—. Pero ¿qué te ha dado?

—¿A mí? ¡Sois vosotras las que no parecéis preocupadas porque se nos acabe el tiempo!

Uma, Naia y Assia cruzaron una mirada.

—Lena, nosotras no queremos agobiarte… —empezó Assia.

—Por eso no te estamos diciendo nada —terció Naia—. Creímos que sería peor si te metíamos prisa…

Genial, encima habían estado hablando a sus espaldas.

— No tenéis que protegerme.

—Lena, tía, esto ya lo hemos hablado —intervino Uma—. No tienes que hacerlo todo tú sola.

—¿Hablarlo? —resopló, dejando el tenedor del gofre encima de la mesa—. Ni que fuera fácil hacerlo contigo. Lo intenté y me saliste con tus bromitas de siempre.

—Eso no es justo —respondió Uma, seria de pronto—. Te dije que confiaba en ti.

—¡Eso son palabras vacías! —chilló.

— ¡No lo son si es verdad! —levantó a su vez la voz Uma.

Que le gritaran era más de lo que Lena podía soportar. Agarró su cazadora y salió del local a toda prisa. El viento frío le helaba las lágrimas sobre el rostro.

Cogió el teléfono y marcó el número de Martín, pero él no le contestó. Otro que la dejaba tirada. Seguro que Carla siempre respondía a las llamadas de Uma…

—No puedo… No puedo más —sollozó, pero su voz se perdió en la ventisca que hacía. El aire helado le congeló las lágrimas sobre la cara…

Hasta que se detuvo de pronto. Se giró y se encontró con Naia.

—¿Qué haces? ¿Has parado el viento para poder oírme mejor? Paso de hablar —le dijo.

—No, no pasas —le respondió su amiga con calma—, pero no sabes cómo hacerlo. Sé lo que es mantener una pose ante los demás, recuerda a mis «amigos» de antes.

El rostro se le ensombreció al mencionarlo.

¿Quizá Naia seguía pensando en Luke? A ella le gustaba y nunca hablaba de él, pero…

—No tienes que fingir delante de nosotras —insistió su amiga.

—Yo… Todo esto me ha sobrepasado —confesó Lena—. Hace un tiempo que no estoy bien.

—¿Desde cuándo? —Naia se puso a su lado.

—Desde…

Sí, ¿desde cuándo? ¿Desde que había reemplazado su temor a Júpiter por el miedo a Mercurio? ¿Desde que sabía que tenían un plazo? Hizo memoria… y encontró la respuesta.

—Desde que conocimos a Celia —cayó en la cuenta—. Ella…, cuando Jess nos presentó, reaccionó de forma extraña. Las dos saben de mí cosas que ni yo misma sé.

—¿Y por qué no se lo preguntas?

—¡Qué fácil! Si Jess me lo hubiera querido decir, ya lo habría hecho. Y viendo cómo se lleva con Celia… Igual ella me lo diría, pero Jess no querrá que hablemos y ni siquiera sabemos dónde vive.

—Pero sabemos cómo llegar, ¿no? —respondió Naia, pensativa—. A través del portal en la trastienda de Jess.

—Ya, qué fácil. ¿Y cómo lo abrimos?

—Bueno, Jess dijo que tenía los poderes del cuarto creciente, como Uma —reflexionó—. Si alguien puede abrir el portal, será ella.

Lena se encogió de nuevo.

—Pues está la cosa como para…

Su móvil vibró y lo miró a toda prisa, confiando en que fuera Martín.

¡VUELVE YA, que lo intentamos!

—¿Cómo es posible que me haya oído? —se sobresaltó. Naia se encogió de hombros, la viva imagen de la inocencia.

—Puede que… el aire esté llevando tus palabras hasta ellas.

Desde allí veía aún la cristalera de la heladería, y las caras de Assia y Uma pegadas a ella. No pudo evitar sonreír.

—¿Ya me ha perdonado? —le dijo a Naia—. Con todo lo que le he dicho… Y tenemos un montón de cosas por arreglar…

—No te fíes de la coraza de humor que pone Uma. Todo lo que le quieres decir, ella ya lo sabe. Es tu hermana, al fin y al cabo.