El poder oculto (Luna 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Salma se quedó mirándolas fijamente desde la puerta.

—¡Na-nada! —balbuceó Assia tratando de ocultar la pulsera que la había delatado. Por desgracia, con los nervios se le cayó al suelo y Salma se fijó en ella.

—¡Ya te he dicho que no toques mis cosas! —exclamó furiosa, y se agachó a recogerla. Pero en sus manos no lucía ningún anillo…

Cuando se inclinó hacia delante, del cuello de su camiseta se deslizó una cadenita, de la que pendía la joya celeste.

¡Tenían que recuperarla antes de que se la pusiera! Lena no tenía ni idea de cómo Júpiter «reclamaba» a las chicas, pero aquella era una oportunidad única.

—¡Espera! —exclamó Assia adivinando sus intenciones, aunque llegó tarde.

Lena era la que más cerca estaba de Salma y, para cuando Assia quiso pararla, ya había intentado agarrar la joya. Salma se irguió y se apartó al instante.

—¿Qué haces? —preguntó llevándose una mano al cuello.

—Yo… Quería ver tu anillo. Es muy bonito… —respondió Lena, sintiéndose una inútil. ¿Cómo podía haber perdido la oportunidad de devolverle el anillo a Assia?

Salma se quedó en silencio jugueteando con la joya. Su mirada pensativa se comenzó a vaciar.

—La está llamando —murmuró Assia junto a Lena.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es mi anillo y, ahora que sé lo que estoy buscando, puedo sentirlo. Salma, escúchame…

Pero era demasiado tarde. Su hermana soltó la cadena y se deslizó el anillo en el dedo. Al instante los ojos se le tornaron de plata.

—Tu hermana está demasiado lejos como para oírte… —respondió con voz uniforme. Se interrumpió un momento y, por un instante, sus ojos recuperaron su color oscuro. Fue solo un momento, pero lo vieron con claridad.

—¡Deprisa! —la instó Lena—. Tienes que transformarte ¡y pelear! Sabes que es inmune a mi magia, si no yo…

Pero Assia la calló con un gesto.

—No pienso pelear con ella —declaró con decisión—. Ahora que sé que, en el fondo, es Salma. No quiero hacerle daño.

—¡Puede que no tengas otra oportunidad! —insistió mirando a Salma, que seguía sumida en un trance.

Por el momento no daba muestras de agresividad hacia ellas. Pero eso podía cambiar en cualquier momento…

Lena reculó como si le hubiera lanzado un rayo.

¿Acaso no tenía ella también una hermana?

¿Tan insensible la consideraba como para soltarle eso?

Y, sin embargo… Quizá en el fondo Assia pensara que no era lo mismo.

Que Uma y ella no eran hermanas porque no lo eran de sangre.

Y, si su amiga lo pensaba…, ¿quizá Uma también?

Lena dio un paso atrás, cada vez más lejos.

ASSIA

Assia fijó la vista en su hermana. Ojalá se hubiese sentido tan segura como le había intentado hacer creer a Lena.

—Salma, soy yo —dijo con suavidad, tratando de transmitir en sus palabras todos los sentimientos que se le arremolinaban en el pecho—. Sé que estás ahí. No sé dónde, pero puedes oírme. Sigue mi voz. No escuches a Júpiter, ni a Mercurio. Son planetas, son lejanos. Yo estoy aquí.

—Somos lo mismo —respondió esa voz monótona que no era la de su hermana—, y solo una puede permanecer.

—No, no es así. Tú y yo somos dos caras de la misma moneda. Las dos hermanas pequeñas, recuerda.

El cuerpo de Salma se estremeció . Tenía el ceño fruncido y cerró los ojos.

—Salma, soy tu hermana…

—¡El poder eléctrico es mío! —levantó la voz, con un timbre que no era el suyo.

La guardiana tendió una mano. Podía sentirla crepitar… Aquel poder era demasiado para ella. La lucha interna que estaba manteniendo podía acabar abrasándola por dentro. El pelo, al igual que el de Assia, se le cubrió de destellos. Y eso le dio una idea.

—¿Sabes que la electricidad funciona entre dos polos opuestos? —sonrió. Tenía claro lo que debía hacer. Su hermana estaba cargada de voltaje. Júpiter iba a dejar que se consumiera antes que liberarla.

Pero ella no estaba dispuesta a permitirlo.

Sencillamente dejó ir su poder. Lo apagó, lo redujo al mínimo. En ese instante, Salma podría haberla destruido.

Era absolutamente vulnerable.

Y la energía saltó de los dedos de Salma a los suyos. Assia permitió que fluyera a través de sí, recogiendo todo el poder que la superaba y permitiendo que su hermana recuperara el sentido.

Cuando Salma abrió los ojos de nuevo, volvía a ser ella.

—Assia… —murmuró. Tenía la mirada empañada, de asombro y maravilla.

—Tienes que darme el anillo, Salma —le pidió.