El poder oculto (Luna 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Uma achuchó a Lena entre sus brazos en cuanto regresó.

—Ya basta de intentar hacer las cosas sola, ¿vale? —le susurró al oído.

—¿Y si no lo consigo? —preguntó Lena en el mismo tono.

—Pero ¿qué te crees? ¿Que nos va a importar lo más mínimo? ¡Somos las LUNA y nosotras cuatro somos lo único que necesitamos! —respondió su hermana—. Eso y grandes cantidades de helado para funcionar.

—Por supuesto —la apoyó Assia—. Seguiremos siendo las LUNA, con o sin anillos.

Lena agachó la cabeza. Todavía había algo que le escocía con ella, algo que Naia acababa de revolver con sus palabras… «Es tu hermana».

Pero Assia también lo había escuchado y al parecer le había evocado lo mismo.

—Y, por cierto, Naia tiene razón. Yo… siento lo que te dije, ya sabes.

—¿De qué habla? —le preguntó Uma señalándola con la cabeza—. ¿Hay algo que no nos habéis contado?

—No sé…, yo estoy disfrutando de «Naia tiene razón» —comentó esta.

Lena y Assia se miraron. No, era mejor no contárselo a Uma. No entonces, cuando las cosas comenzaban a arreglarse entre ellas.

—Fue un malentendido —decretó Lena, dando el tema por zanjado—. Pero ahora ¡manos a la obra!

—¿Nos repartimos el trabajo? —le preguntó Naia.

—Sí, nosotras distraemos a Jess y vosotras os coláis en la trastienda —asintió Assia.

Un instante más tarde, la puerta se abrió de par en par por una ráfaga de viento, y el neón de detrás de la barra chisporroteó antes de apagarse.

—¡JESS! —gritó Uma—. ¡Ayuda!

La mujer salió disparada a cerrar la puerta, con la ayuda de Assia y Naia…, que rápidamente empezaron a parlotear del neón y de cómo arreglarlo.

— ¡Vamos! —Uma tiró de Lena, haciendo ver que iban al baño, pero se colaron en la trastienda.

Sin perder tiempo, esta acarició con los ojos cerrados la pared donde se había abierto el portal.

—No creo que supiera abrir uno propio —anunció tras un rato en silencio—, pero aquí puedo sentir el poder de Jess porque es el mismo que el mío. Y creo…

La luna en cuarto creciente se dibujó lentamente sobre la superficie lisa, despacio, al ritmo que la joven guardiana la reclamaba.

Lena vio que el anillo de Uma se iluminaba.

Apretó los dientes. Tenía que lograr su propia joya.

El portal se abrió con un silbido.

—¿No vienes conmigo? —preguntó a su hermana cuando vio que esta le franqueaba el paso. Ella sacudió la cabeza.

—Alguien debe quedarse vigilando, tengo la intuición de que Jess no tardará en darse cuenta, y es capaz de cerrar el portal y dejarte allí. Y además…

—Sé lo que vas a decir. Tienes razón. Esto sí que es algo que debo hacer sola.

Cruzó el umbral con decisión.

Y apareció en la misma biblioteca que había visitado tres semanas antes.

Esa vez la sala estaba ordenada y por las vidrieras entraba una luz alegre.

Le habría gustado detenerse a mirar los libros en detalle, pero debía encontrar a Celia cuanto antes.

Cruzó la habitación y vio el salón, que tenía dos puertas al fondo.

—¿Celia? —tanteó al silencio de la sala.

Pero nadie contestó. De las dos puertas, una daba a un pasillo y la otra estaba cerrada.

Lena la abrió y se asomó a un dormitorio vacío y en penumbra.

La persiana estaba medio bajada. Retrocedió.

No quería invadir más la intimidad de la antigua guardiana, pero entonces una foto captó su atención.

Se encontraba sobre la mesilla. Lena la cogió y prendió una luz en su mano para poder verla bien.

Cuatro jóvenes… Una era Celia y la otra claramente Jess, hacía unos cuantos años. Las otras dos eran una mujer asiática y una…

Lena estaba segura de que la conocía. Aquel rostro le era extremadamente familiar, como si ya lo hubiera visto antes.

—No eres bienvenida aquí —le sobresaltó una voz a su espalda. La luz se encendió.

—¡Celia!

—Creí que había dejado claro que no quería saber nada de las guardianas, pasadas ni presentes. Pero, por lo visto, te enteras tan poco como Jess —dijo la mujer.

Avanzó con decisión hacia Lena y le quitó la foto de la mano. Al hacerlo, a la chica le golpeó la oleada de amargura que Celia sentía.

—¿Sois vosotras? —preguntó señalando la imagen.

—Sí y no. Éramos otras entonces —respondió Celia, misteriosa—. Algunas hemos cambiado y otras, simplemente, ya no son.

—Sabes algo sobre mí que no me estás contando —declaró Lena, poco dispuesta a entrar en su juego.

—¿No nos pasa eso a todos? Los demás nos acaban conociendo más que nosotros mismos… —dijo, saliendo de la habitación. Ella la siguió.

—¡Déjate de rodeos!

—Muy bien. Sí, vale, sé algo de ti que tú no sabes. ¿Contenta? Pero no te lo voy a decir.

El corazón de Lena se agitó.

—¿Por qué? —exigió saber.

—Porque no estás preparada para saberlo.

—Anda ya. Di que no me lo dices porque no te da la gana.

—Si eso te gusta más, que así sea.

Las dos se sostuvieron la mirada, tozudas.

Sin embargo, Lena notaba que, por debajo de su coraza, Celia sentía una enorme tristeza. Una con la que, por algún motivo, ella tenía algo que ver. Pero ¿por qué? Fue la antigua guardiana quien habló primero, suavizando el tono.

—No puedes pasarte la vida buscando, Lena. No puedes encontrar la luz ahí fuera, cuando la tienes dentro.

—Ya no estoy segura de tenerla… —confesó la chica. La mujer sacudió la cabeza.

— Cuando tú eres la luz, solo puedes ver sombras a tu alrededor —dijo—. Ya lo entenderás. Ahora, por favor, vete de aquí.

Celia hizo un gesto y un nuevo portal, este con el cuarto menguante, se abrió en el aire. Por un instante, a Lena le pareció ver una leve sonrisa en su rostro. Y eso le molestó.

—Me subestimas. Solo eres otra de esas adultas que te crees que no estamos preparadas para conversaciones difíciles. ¿Pues sabes qué? No sabes nada de mí, o entenderías que la vida que he llevado me ha preparado para todo.

Al menos le había borrado la sonrisa.

La cara de sorpresa de Celia fue lo último que vio antes de atravesar el portal.

«Esta noche, las cuatro fases de la luna por fin se unirán».