El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1) 34 Rowan
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34 Rowan

ROWAN

—¡Arriba y armaos!

—¡Brecha en el perímetro! ¡Todos en guardia!

Me despierto sobresaltada, con la cabeza latiéndome al mismo ritmo que el mundo que me rodea.

Hay gritos por todas partes. Advertencias.

Órdenes. Clamor de sorpresa. Los cadetes se atropellan entre sí, con las cadenas de los grilletes tintineando mientras corren de un lado a otro para intentar averiguar qué ocurre, o al menos para evitar que los ensarten en medio de la refriega.

Una sombra se mueve en el borde de mi visión, abriéndose paso entre el desorden y el pánico creciente.

—Ainsley —Kai tiene un aspecto salvaje, peligroso y, por todos los dioses, está totalmente libre. Sus grilletes están rotos. Empuña una espada en una mano y con la otra me agarra del hombro—. Arriba.

—¿Qué está pasando?

—Soldados de Eryndor —dice escuetamente, con la atención puesta de nuevo en la batalla que se desencadena—. Parece que a la comandante, después de todo, sí le importa lo que les ocurra a sus cadetes.

¿La comandante? Me pongo en pie de un salto y oteo la contienda, incapaz de evitarlo a pesar de que sé que debería estar intentando ser un objetivo más pequeño en lugar de uno más grande.

Solo tardo unos instantes en encontrar a mi madre en medio del caos y el choque de las espadas; su cabello cobrizo ondea al viento mientras se mueve con una gracia letal de la que he oído hablar pero que nunca había visto en persona.

No me extraña que sea una decepción para ella.

La espada de mi madre relumbra a la luz del fuego mientras para un golpe tras otro, abriéndose camino hacia el líder de los mercenarios, un bruto enorme llamado Hak que avanza hacia ella con la misma eficiencia brutal.

—¿Qué significa esto, Phillys? —exige Hak, gritando para hacerse oír por encima de los gritos de guerra mientras se aproximan el uno al otro. Al parecer, ambos se tutean.

—Has secuestrado a cadetes de la Aguja. —Ella destripa a un hombre a su derecha sin interrumpir la conversación—. Me gustaría que me los devolvieras, por favor.

—¿Secuestrado? —Hak abre los brazos, sacudiendo la cabeza en una muestra de desconcierto—. En absoluto. Simplemente estamos participando en vuestro ejercicio de campo. ¿No te obliga el honor a seguir tus propias reglas?

Ella suelta una carcajada sin alegría. —¿Un mercenario hablando de honor? —su voz se endurece adoptando el tono que tan bien conozco—. Basta. Tú no pintas nada aquí, Hak. Lo sabes. Me devolverás a mi gente.

Su gente. ¿Soy yo también de su gente? ¿O estaba pensando en los cadetes más fuertes cuando ha dicho eso?

Kai me rodea la cintura con el brazo y me obliga a agacharme. Con fuerza. —¡¿Es que quieres que te corten la cabeza?! —sisea.

Detrás de nosotros se oye el crujido familiar del carro de prisioneros al abrirse y de los mercenarios dándose órdenes bruscas para acorralarnos y meternos dentro.

Kai dirige la mirada hacia el carro y luego hacia la linde oscura del bosque. —Escúchame bien —me instruye—. No vamos a volver al carro. Quédate conmigo y prepárate para moverte. ¿Has logrado debilitar tus grilletes como hiciste con los míos?

Y yo que pensaba que había sido discreta con eso.

—Sí, pero no es suficiente para romperlos. —Pruebo la cadena con las piernas de nuevo. Puede que el hierro oxidado por dentro sea más frágil, pero sigue siendo resistente. Tampoco pude hacer que las cadenas de Collin o de Ellie se rompieran.

Kai apoya el pie en la cadena de mi grillete y luego deja caer la hoja que ha conseguido sobre el centro de esta, destrozándola bajo la fuerza del golpe. Santo cielo. Nadie debería ser así de fuerte.

—¿Lista? —pregunta.

—Necesitamos a Ellie. —Le agarro del brazo mientras la busco. Mi amiga está en el suelo, encogida sobre sí misma. Corro hacia ella, arrastrando tras de mí a un Kai que suelta maldiciones. Dioses, qué bien se siente poder mover los tobillos más de palmo y medio otra vez.

—Ellie. —Me dejo caer a su lado. Tiembla de forma incontrolable, con el rostro pálido por un terror que nunca antes había visto en ella—. ¿Qué ha pasado?

—Ha venido a por mí, Ro —gime Ellie—. La comandante. Sabe que me he quebrado. Me torturará. Me matará. Ella lo sabe.

—No. Escucha, el juego ha terminado. Está aquí para rescatarnos. Esto es un rescate.

Ellie sacude la cabeza con una incredulidad ciega y apática.

Miro a Kai pidiendo ayuda, pero su rostro está serio. Es verdad. Conozco a mi madre. Puede que esté dispuesta a luchar por recuperar a su gente, pero habrá un castigo ejemplar. Para alguien. Y no puedo prometerle a Ellie que no será ella.

—Tenemos que movernos ya —urge Kai, con la voz apenas audible por encima del fragor de la batalla.

Sus ojos gélidos van de un lado a otro, evaluando las amenazas que se ciernen sobre nosotros.

Los soldados chocan violentamente a escasos metros, con las espadas tintineando y destellando bajo la luz parpadeante de las hogueras.

El olor a sangre y muerte ya flota en el aire.

Agarro a Ellie del brazo e intento ponerla en pie, pero es más grande que yo y parece un peso muerto.

Detrás de nosotros, oigo el sonido tan familiar de los prisioneros al ser cargados en el carro.

Los mercenarios están acorralando cadetes por doquier.

En cualquier momento nos alcanzarán a nosotros también.

—¡Vamos, Ellie, por favor! —le ruego—. No podemos quedarnos aquí.

Ellie se sobresalta cuando alguien lanza un grito de dolor. —Me van a arrastrar de vuelta y...

Enfundando su espada con un movimiento fluido, Kai levanta a Ellie en vilo. —Por aquí —ordena, señalando con la cabeza hacia la oscura linde del bosque.

Asiento y salgo disparada tras él, con el corazón atronando en mis oídos mientras sorteamos la caótica refriega de espadas y gruñidos de soldados.

Al acercarnos al borde del combate, un mercenario de piernas largas con un parche en el ojo se lanza hacia nosotros desde las sombras.

Un grito se queda atrapado en mi garganta.

Sin soltar a Ellie, Kai pivota y estampa la planta de la bota de lleno en el pecho del hombre. Juraría que oigo crujir las costillas cuando el mercenario se desploma en el suelo hecho un ovillo y gimiendo.

—Sigue moviéndote —ordena Kai, acomodando a Ellie en sus brazos. Ni siquiera respira con dificultad mientras nos adentra en el bosque.

Le sigo de cerca; las ramas me azotan la cara y se enganchan en mi túnica mugrienta mientras corremos de cabeza hacia la oscuridad, reduciendo la marcha solo cuando el trayecto a ciegas me hace tropezar con las raíces cada pocos pasos.

—¿Estás bien? —exige Kai la tercera vez que me caigo.

—Estoy...

—Parece que están desertando —anuncia la voz de Collin un momento antes de que el hombre aparezca tras un ancho roble.

Sus grilletes están rotos, igual que los míos y los de Kai, pero mientras que Kai tiene los brazos ocupados con una Ellie conmocionada, Collin sostiene una ballesta con un dardo de acero áurico ya encajado y apuntando a mi pecho.