El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1) 32 Rowan
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32 Rowan

ROWAN

—¿Adónde nos llevas? —le pregunto a Mercer mientras cierra la puerta del furgón de prisioneros en el que nos han amontonado.

Ahora somos dieciocho aquí dentro. Intento mantener la calma, aparentar tanta como Kai, pero todo mi ser grita que el hecho de que nos trasladen a otro lugar es una mala señal.

—No estropeemos la sorpresa. —Mercer cierra la puerta con un clic tras de sí. La luz que entra por la ventana se vuelve a rayas, como los barrotes. Sentada junto a mí, Ellie me aprieta la mano.

—Nos llevan a una sala de interrogatorios —dice uno de los cadetes, Yokos, desde el banco de enfrente.

Se está mordiendo las uñas hasta hacerse sangre.

A algún lugar mejor equipado para sacarnos las contraseñas.

He visto a Hak entregar todas nuestras placas a alguien del pueblo como fianza.

Se necesita placa y contraseña, ¿recordáis?

Pues ahora van a sacarnos las contraseñas.

—O a convertirnos en cadáveres —murmura alguien.

—Basta. —Kai corta la discusión con una sola palabra. Está sentado cómodamente en el rincón, como si viajara en un carruaje de lujo en lugar de en un furgón de prisioneros—. Si quisieran matarnos, no se molestarían en trasladarnos.

—¿Soy solo yo, o a tu amante parece aburrirle toda esta especulación barata sobre nuestro destino? —susurra Ellie.

—No es mi amante.

—¿Archienemigo con abdominales de infarto? —arquea las cejas—. El esfuerzo que ponéis los dos en no miraros me está dejando agotada. En serio, ¿qué pasa entre vosotros?

—El mismo juego que pasó con Logan y Kyrian.

—Apoyo la cabeza contra el furgón, intentando ignorar cómo la cercanía de Kai hace que se me encoja el pecho incluso ahora—.

Tienen esa forma de chispear intensidad, de ir minando mis defensas hasta que soy completamente vulnerable.

Y luego se marchan. Literalmente en el caso de los otros dos.

Esta vez Kai me ha apartado verbalmente, pero eso es solo porque estamos encadenados, así que hay un límite para la distancia que puede crear.

De todos modos, creo que tenemos problemas más graves que mi historial de relaciones de mierda.

El furgón se detiene ante un contingente de guardias militares de Eryndor y los mercenarios les dicen sinceramente que estamos en el furgón de prisioneros.

En cualquier otro momento, nuestro viaje terminaría aquí, pero los soldados tienen órdenes del comandante de mantenerse al margen durante dos semanas.

Unos minutos después, el furgón vuelve a traquetear por el camino irregular, y cada bache y surco se refleja en los tablones de madera bajo nosotros.

El movimiento, sumado a que ya llevo varios días sin mi tónico, me está provocando náuseas, así que clavo la vista en un punto de la pared para intentar que las raciones se queden en mi estómago.

Yokos se agita inquieto en el banco frente a mí, con los ojos yendo de un lado a otro entre las ventanas con barrotes.

Probablemente intenta adivinar a dónde podríamos ir.

Los demás cadetes murmuran entre ellos, con voces tenues y tensas, incluso la de Collin.

Y luego está Kai. Con sus largas piernas estiradas frente a él y los brazos cruzados con naturalidad sobre el pecho.

Con los ojos cerrados y la respiración pausada, parece que podría estar durmiendo la siesta.

Rayos, quizá esté durmiendo la siesta. El hombre parece igual de letal dormido que despierto.

—¿Es fachada? —pregunta Ellie, señalando con la cabeza hacia Kai—. Quiero decir, tiene que serlo, ¿verdad? Nadie puede estar tan tranquilo.

—Sinceramente, no tengo ni idea. —Intento respirar de forma superficial y acompasada—. Tal vez intenta evitar que la tensión de todo el mundo acabe en una violencia desesperada. O tal vez solo está disfrutando al deleitarse en nuestra miseria colectiva. Está al cincuenta por ciento.

Ellie resopla.

—Ambas cosas —dice Kai sin abrir los ojos, y las dos dejamos de hablar de él de inmediato.

Nos detenemos hacia el mediodía y nos permiten salir para hacer nuestras necesidades y comer las raciones.

Hay más de una docena de guardias a nuestro alrededor, con más cabalgando por delante y por detrás, lo que parece excesivo pero consigue sofocar cualquier idea de rebelión que tengamos.

Tiemblo cuando el frío muerde mi piel sin piedad, pero el beneficio del aire fresco frente al calor de tantos cuerpos en un solo furgón merece la pena.

Especialmente ahora que a mis náuseas les han salido mareos como compañía.

A veces, de verdad odio mi cuerpo. La mayor parte del tiempo, en realidad.

¿Incluso cuando cierto par de hombres lo tocaban como si fuera un violín afinado? Me sonrojo por el recuerdo solo para encontrarme con Kai Grayson mirándome justo cuando la peor oleada de calor me golpea las mejillas.

Arquea una ceja.

Recogiendo mi dignidad, me acerco a él arrastrando los pies, con los grilletes alrededor de mis tobillos rozando la piel irritada.

No me hace caso cuando me detengo a su lado, simplemente se queda ahí con la cabeza inclinada hacia el viento como si estuviera escuchando su canción.

Pero justo cuando estoy a punto de darme la vuelta, dirige su mirada hacia mí y todos mis pensamientos racionales se ponen a cubierto.

Sé que es tóxico, lo que la mera cercanía de Kai le hace a mi cuerpo, y aun así parezco adicta a ello.

—¿Qué quieres? —pregunta Kai. Por su tono, cualquiera diría que estoy interrumpiendo una conversación importante en lugar de iniciar una.

—¿Has pensado más en lo que te pedí? —digo—. Sobre Ellie.

Extiende las manos y frunce el ceño, como si yo fuera corta de entendimiento.

No es justo que su cara siga siendo hermosa incluso cuando se porta como un capullo.

—¿No es este el escenario ideal? Tu amiga está, literalmente, saliendo de las garras del comandante en un transporte sin tener que mover un dedo por las molestias.

Cuanto más lejos decidan llevarnos nuestros amables anfitriones, mejor para ella.

¿A menos que sus deseos de desertar hayan cambiado?

Vale. Curiosamente, tiene razón.

Entrecierro los ojos. —¿Estás tú de algún modo detrás de este traslado?

—Me gustaría atribuirme el mérito, pero no. Es una coincidencia afortunada. —Cruza los brazos, mirándome desde su mayor altura—. Sin embargo, estoy tratando de asegurar que todo el mundo mantenga el culo en su sitio y no haga nada que interfiera en nuestro progreso para salir del pueblo.

Actuando como si no hubiera nada de qué preocuparse. Ya. Pero hay algo más. Kai no me lo está contando todo. Aunque ¿por qué iba a hacerlo? No lo ha hecho nunca.

—Entonces, ¿que nos lleven de un lado a otro en un furgón de prisioneros no es nada por lo que preocuparse? —pregunto para aclarar—. Porque dicho en voz alta suena estúpido.

—Eso no es lo que he dicho.

—Has dicho...

—Son mercenarios —dice él bruscamente, como si ya hubiera terminado con esta conversación—. Actúan por su propio beneficio, no por el nuestro. Pero este juego solo dura dos semanas. Ganar tiempo juega a nuestro favor y ganar distancia al de Ellie. El resto es un riesgo calculado.

Resoplo, y el aire que sale de mi nariz forma volutas de vapor en el frío.

Pero antes de que pueda decir nada más, se oye el chasquido de una rama en el bosque.

Giro la cabeza demasiado rápido hacia el ruido y la tierra da vueltas bajo mis pies, mientras una nueva ráfaga de vértigo se apodera de mí.

Mierda.

Separo los pies para tener más estabilidad, aguantando los pocos momentos de mareo hasta que todo vuelve a su sitio.

—Rowan. —En dos zancadas, Kai acorta la distancia entre nosotros, y sus manos me sujetan los hombros para darme estabilidad. Sus ojos gélidos se clavan en mí, y el desapego de hace un momento es sustituido por una intensidad que me derrite por dentro—. ¿Qué te pasa?

Inspiro profundamente, luchando por soportar la descarga que su contacto acaba de enviar por mi cuerpo.

Pero Kai es tan desorientador como el vértigo, y menos predecible.

Un roce, un latido de tener su atención absoluta centrada en mí, y no puedo pensar con claridad.

Ojalá eligiera una personalidad y se quedara con ella.

—Nada. Todo va bien.

—No, no va bien. —Se acerca más, y las yemas de sus dedos rozan mi pómulo—. Tus pupilas están...

—He dicho que estoy bien. —Me cuesta cada gramo de autocontrol no inclinarme hacia la atracción magnética que parece ejercer sobre mí.

Aprieto los puños, clavándome las uñas en las palmas para mantenerme firme, y me alejo hasta que vuelvo al furgón.

No me importa rogarle ayuda a Kai para poner a salvo a Ellie, pero sé que no debo permitirme estar más cerca de él de lo estrictamente necesario.

A la mañana siguiente, me despierto con el sonido de unos gritos.

La cabeza me late con saña; la migraña que empezó ayer para acompañar a mis mareos se ha intensificado durante la noche hasta niveles casi cegadores.

—¿Qué está pasando? —pregunto, intentando no moverme más de lo estrictamente necesario sobre el suelo frío.

El rostro de Ellie aparece borroso a mi lado. Tiene los ojos muy abiertos y la piel pálida como la nieve. —Es Yokos —susurra—. Intentó escapar anoche.

Me muerdo el labio, intentando concentrarme en cualquier cosa que no sea la punzada en mi cráneo, y me obligo a incorporarme mientras Yokos grita de nuevo. Entonces lo veo. Justo en el centro de nuestro campamento improvisado.

Está desnudo, atado a un árbol por las muñecas, con los tobillos sujetos por una cuerda tan tensa que le hace tambalearse peligrosamente mientras uno de los mercenarios le azota la espalda con un látigo ancho y erizado.

El chasquido del cuero corta el aire, seguido de los aullidos de dolor de Yokos.

Mercer espera cerca con los brazos cruzados, con el rostro convertido en una máscara inexpresiva y profesional mientras continúa el castigo. Para él esto no es una diversión. Es solo protocolo. Y no para hasta que a Yokos ya no le quedan fuerzas ni para gritar.

Tirando el látigo al suelo, el guardia desenvaina una daga y se la hunde a Yokos en el vientre. Es una herida mortal... pero no rápida.

—Se ha cancelado el desayuno —anuncia Mercer al grupo mientras Yokos se retuerce débilmente, suplicando la muerte rápida que se le niega—. Todos de vuelta al furgón.

—Dioses. —La bilis me sube por la garganta al ser plenamente consciente de que los mercenarios, de hecho, lo van a dejar allí mismo.

Los rostros de los demás cadetes son un espejo del horror que me atraviesa. Incluso la habitual máscara de indiferencia de Kai se ha quebrado, revelando una tensión alrededor de sus ojos que lo dice todo.

—Tenemos que hacer algo —le digo, aunque incluso mientras las palabras salen de mi boca, sé lo fútiles que son.

—No hay nada que podamos hacer —responde Kai con voz baja. Dura—. Excepto aprender de su error.

Permanezco en silencio mientras nos conducen al furgón, con los gemidos de Yokos haciendo eco de los que yo ansío soltar.

Me duele la cabeza. Mucho. Kai tiene razón: tengo que aprender del error de Yokos.

Él huyó por un impulso y por miedo. Nosotros no podemos hacer eso.

Pero en algún momento llegará la hora de luchar y entonces, entonces debo estar preparada.

Paso la siguiente hora trabajando con cuidado para debilitar la composición metálica de mis grilletes, deteniéndome solo cuando las ondas de dolor que me sacuden el cráneo casi me dejan inconsciente.

Y cuando eso sucede, cuando sé que he llegado a mi límite y no es suficiente, finalmente reconozco lo que tengo que hacer.

En la siguiente parada, me acerco arrastrando los pies al hombre al que me había prometido no volver a acercarme jamás.

—Collin —digo en voz baja, tocándole el antebrazo con los dedos—. Necesito tu ayuda.

Collin se gira, y sus ojos castaños me evalúan con una mirada cómplice y familiar. —Lo sé —responde en el mismo tono bajo—. Estaba esperando a que me lo pidieras.

El alivio y el pavor me inundan a partes iguales, pero me he quedado sin opciones.

Collin me conoce desde la infancia, me ha estado ayudando a mantenerme entera desde que surgió la magia de ambos.

El tónico diario que me falta era tanto creación suya como del sanador profesional.

Si tengo alguna esperanza de seguir siendo funcional, reside en su magia. Y sé que él lo sabe.

—¿Me ayudarás entonces? —susurro. El corazón me late con fuerza—. Sé que has estado intentando mantener tu magia oculta y...

—Ssssh. —Collin me pone un dedo sobre los labios y luego toma mi cabeza con suavidad entre sus palmas—. Por supuesto que te ayudaré. Siempre te ayudaré, Ro. Te quiero.