26 Rowan
ROWAN
—Aver, ¿qué probabilidades hay de que un día de viaje te haya predispuesto al perdón?
—pregunta Logan, agachándose a mi lado mientras extiendo el petate bajo un dosel de nudosas ramas de roble.
En sintonía con su humor generalmente burlón, el cielo está perfectamente despejado y el tiempo es cálido para esta época del otoño, con las estrellas guiñando el ojo al son de alguna música que solo ellas pueden oír.
—¿Qué hay que perdonar? —Aliso mi petate.
—Creo que hasta Grayson vería una trampa en esa pregunta —murmura él.
Mis manos vacilan sobre la manta. —¿Quizá te refieres a esa noche en la que le hiciste todo tipo de cosas íntimas a mi cuerpo y luego desapareciste por la mañana como si nada hubiera pasado?
—Bueno, sí. —La voz de Logan es cautelosa—. Según mi experiencia, las mujeres no suelen apreciar ese comportamiento.
Termino de preparar mi lecho, me quito los zapatos y me meto dentro. —Probablemente porque cometen el error de asumir que las acrobacias en el petate tienen un significado más allá de la fisicidad inmediata del momento.
—Han sido muchas palabras largas.
—Ha sido un día largo. Buenas noches, Logan.
—Me acurruco de lado, dándole la espalda.
La única ventaja de una marcha forzada por el bosque es que cada fibra de mi cuerpo está más que lista para dormir.
Mi nueva meta, que me fijé en el momento en que Kyrian desapareció de la vista en aquella cumbre, es volver a meter a estos tres hombres en la caja mental aislada a la que siempre han pertenecido.
Logan rodea el lugar y se agacha impertinentemente a mi otro lado. —¿Y tú opinas que nuestras acrobacias carecieron totalmente de significado?
—No necesito opiniones cuando tengo hechos.
—¿Ah, sí? —Alargando la mano, Logan me roza el brazo con un toque ligero como una pluma que me envía escalofríos por la columna vertebral.
Inhalo bruscamente y me aparto.
—Parece que yo tengo mi propia serie de hechos —ronronea Logan en voz baja, con su tono burlón yendo directo a mi pecho oprimido. La ira me invade, derramándose en mi sangre como una inundación repentina de emociones.
—No —digo, incorporándome sobre el codo para poder clavarle un dedo acusador en el pecho—.
No tienes derecho a hacer eso. Ya has conseguido tu conquista, o tu muesca en el cabecero de la cama, o como sea que llames a tachar de tu lista el haber hecho que la ratita de biblioteca torpe abriera las piernas.
Bien hecho. Misión cumplida. Pero me queda más o menos esto de amor propio —separo el pulgar y el índice un centímetro—, y me gustaría conservarlo.
Así que, por favor, coge tu cuerpo de guerrero, tu cara perfecta y esos toques sensuales que has pulido hasta la perfección de un filo de espada, y mantenlos lejos de mí.
Si alguna vez me has apreciado aunque sea una fracción de lo que fingiste, por favor, haz lo que te pido.
Logan se amilana, y me obligo a ignorar el dolor aparente que recorre su rostro.
Sea lo que sea lo que cree estar sintiendo, no tiene nada que ver conmigo y sí con el hecho de no obtener lo que quiere en este momento.
Y lo sentirá justo hasta que una ardilla suba correteando por un árbol y la desee a ella en su lugar.
Me obligo a cerrar los ojos y a mantenerlos así hasta que le oigo ponerse en pie y alejarse de mí con pasos pausados y silenciosos.
—¿De verdad quieres pasar por el centro de Doverly? —le oigo preguntar a Logan a Kai en voz baja.
Kai ha estado callado acerca de, bueno, de todo, así que mantengo los ojos cerrados y la respiración acompasada mientras la pareja habla.
—¿Querer? Por supuesto que no. Pero es el punto de control más cercano, y no voy a verla en un poste de azotes por regresar con un registro de menos.
—Sabes de sobra que no estaba sugiriendo que permitiéramos eso —las palabras de Logan salen forzadas entre dientes.
—Bueno, esas son las dos opciones. —La voz de Kai es fría e inflexible—. A menos que tengas una tercera que no implique que ella sangre o un retraso para ponerla a salvo y liberarnos para ayudar a Kyr, te sugiero que hagas las paces con la idea de Doverly.
Se produce una pausa tensa, pero entonces Logan exhala pesadamente. —¿Crees que la incursión llegará tan tierra adentro?
Espera. ¿Incursión? La noticia me sobresalta y hace que abra los ojos de golpe, con las manos empujando contra el petate.
La conversación de los hombres se detiene de inmediato.
Mierda. Aceptando el error, termino de incorporarme. —¿Qué incursión?
Ambos se vuelven hacia mí. La expresión de Kai es inescrutable como siempre, pero Logan no puede ocultar del todo la frustración que bulle en sus ojos mientras recorre mi cuerpo con la mirada.
—Una fuerza de asalto de Flurry penetró en el vigésimo segundo puesto de avanzada poco después de que empezara el ejercicio de campo —dice con naturalidad—. Espero que sean neutralizados o se retiren mucho antes de llegar a Spire East.
—¿Y me lo decís ahora?
—¿Tiene alguna relevancia para tus acciones o decisiones? —replica Kai.
—Solo para la opinión que tengo de vosotros —digo con alegría fingida, dejándome caer de nuevo sobre el petate.
Si mis palabras duelen, Kai no da muestras de ello.
Quizá sí, quizá no. Lo cierto es que no debería importar.
No formo parte de la tríada y, a estas alturas, cualquier expectativa de lealtad o conexión genuina por mi parte es una necedad que tengo que superar.
Kai me engañó una vez. Qué vergüenza para él. Luego Logan. Seré generosa conmigo misma y repartiré la vergüenza de esa a partes iguales entre nosotros. Pero la partida de Kyrian hace que sean tres veces. Francamente, quien no aprenda la lección después de eso, se merece lo que le pase.
Al día siguiente, a medida que nos acercamos a la civilización, Kai y Logan se turnan para ir por delante; uno de ellos siempre se adelanta para explorar mientras el otro se queda conmigo.
Efectivamente, esto significa que cubren el doble de terreno que yo, pero eso parece molestarles tan poco como la sangre con la que a veces regresan salpicados.
En todo caso, Kai parece cada vez más ansioso por devolverme al Spire, optando por mejores caminos a costa de los atacantes ocasionales a los que abate sin pensárselo mucho.
Los árboles empiezan a clarear cuando nos acercamos a las afueras de Doverly al caer la tarde. Mientras el sol comienza a ponerse, proyectando largas sombras a través del bosque cada vez más ralo, Kai regresa de su última incursión de reconocimiento y despliega un mapa ante nosotros.
—La caja del punto de control está situada en el callejón junto al sótano de una cervecería abandonada en el extremo oeste de Doverly —informa con tono cortante—.
Todo el mundo se ha enterado del juego de las monedas y de la ubicación del punto de control, pero hay poca cooperación entre los...
ni siquiera sé cómo llamarlos. No encajan ni como civiles ni como combatientes.
—¿Doverlyanos? —sugiero.
—Doverlyanos —asiente Kai—. Hay poca cooperación y menos entrenamiento, lo cual juega a nuestro favor.
Si nos aproximamos por los tejados al anochecer y vamos por aquí, deberíamos cumplir el objetivo con un riesgo mínimo.
—Kai traza una ruta con el dedo, explicando los detalles adicionales que acaba de averiguar.
El hecho de que haya entrado y salido es alentador.
Por otro lado, compadezco a cualquiera que se cruce en su camino.
Lo siguiente es esperar. Esperar a que se ponga el sol, a que pase el tiempo, a que se acerque la hora de inicio.
El aire se vuelve pesado con el aroma de la lluvia inminente, una sutil corriente crepitando en la atmósfera.
Por supuesto, tenía que llover el día que tenemos que andar saltando por los tejados.
Al parecer, dos noches seguidas de cielos despejados es pedirle demasiado al tiempo.
Finalmente, tras lo que parece una eternidad y a la vez demasiado pronto, Kai recoge los pocos suministros que necesitaremos y nos pone en marcha.
Los tejados de Doverly son un laberinto de tejas desmoronadas y cornisas precarias, con la lluvia convirtiendo cada superficie en una trampa mortal.
A Kyrian le habría encantado este lugar.
"No pienses en Kyrian", me reprendo a mí misma, siguiendo la guía de Kai, cuyos movimientos son precisos y calculados mientras navega por el terreno traicionero.
Lo sigo de cerca, con el corazón en la garganta cada vez que saltamos un hueco entre tejados o perdemos el equilibrio sobre un apoyo inestable.
Entre el entrenamiento de Logan y la escalada con Kyrian, estoy más fuerte que antes, pero mis extremidades siguen enganchándose en restos sueltos, haciendo que pequeñas piedras caigan al suelo.
Logan, que cierra la marcha, está ahí cada vez que flaqueo.
A veces un momento antes, como si pudiera predecir el lío en el que estoy a punto de meterme.
Dado el tiempo que ha pasado viéndome caer de bruces en el patio de entrenamiento, probablemente pueda.
Kai se detiene bruscamente y casi choco contra él, agarrándome por los pelos a las tejas resbaladizas.
Se agacha, indicándonos que hagamos lo mismo.
Sigo su mirada y diviso el punto de control: una discreta caja metálica sujeta a la pared de un edificio abandonado. Un alivio me recorre, pero dura poco.
—Han aumentado la guardia —susurra Kai, con la voz apenas audible por encima del viento—. Estos no son los que estaban aquí antes.
Miro a través de la lluvia y distingo a las figuras apostadas alrededor del edificio.
Son cuatro, con los rostros ocultos por capuchas, pero su postura es inconfundible.
Puede que yo no tenga el cuerpo ni los movimientos de un guerrero debidamente entrenado, pero sé reconocer a uno cuando lo veo, y los hombres que hay debajo de nosotros no son los civiles borrachos y descontentos que suelen dar guerra.
El grupo de ahí abajo es disciplinado, está alerta y armado hasta los dientes.
Se me cae el alma a los pies.
—Mercenarios —dice Kai con voz tensa, confirmando mi sospecha—. Armados con acero áurico.
Antes de que podamos movernos, un ruido repentino abajo capta nuestra atención. Una puerta se abre de golpe y más mercenarios salen en tropel al callejón.
—Dos más —dice uno de los recién llegados, mostrando un par de placas metálicas que brillan bajo la luz de la luna.
—Empezad a trabajar con ellos —dice tajante el mercenario que debe de ser el líder—. La palabra clave vale cinco veces más que la placa. Pero que no hagan ruido, no sea que espantéis a mis peces.
Esos seríamos nosotros, me doy cuenta. Los peces. Y "ellos", a los que hay que mantener callados, son cadetes a los que están torturando.
La sangre se me hiela.
—El sótano de la vieja posada está lo bastante insonorizado —dice el que tiene las placas con un asentimiento—. Si no fuera así, ya me estarías oyendo gritar.
Se separan, pero mi respiración se acelera y el miedo me recorre.
—Necesitamos una distracción —sugiere Logan. Está demasiado tranquilo para lo que acabamos de oír. Para lo que está sucediendo justo debajo de nosotros.
—De acuerdo —dice Kai—. Eso y una vía de aproximación distinta.
Kai se mueve por el tejado, fundiéndose con las sombras. Nos indica que lo sigamos mientras más sombras surgen a su alrededor, elevándose para ocultarnos a todos. —Usaremos los tejados del lado norte.
Recuerdo el mapa que Kai nos dibujó. Lado norte. Es el que tiene más probabilidades de tener menos guardias. Porque nadie en su sano juicio iría por ahí.
Bueno, a nadie se le ocurriría decir que los hombres con los que voy están en su sano juicio, así que aquí estamos.
Kai guía el camino rodeando los edificios, sus pasos son silenciosos contra el viento que aúlla a nuestro lado y amenaza con lanzarnos por los bordes estrechos. Aquí no hay cobertura, y las gotas de lluvia se clavan en mi cara como agujas, reduciendo el mundo a un borrón de piedra mojada y sombras.
—Ya casi estamos —me susurra al oído Logan mientras me sujeta antes de otro hueco entre tejados, este más ancho que cualquiera de los que hemos cruzado y flanqueado por tejas inestables a ambos lados.
Entre la lluvia, el viento y mi corazón galopante, no sé ni dónde poner los pies.
Un temblor recorre mi cuerpo. Esto es una locura. Una absoluta locura.
Logan me atrae contra él. —Cierra los ojos.
—Ni hablar.
—No digas que no te lo advertí, entonces. —Me agarra y salta por los aires, conmigo apretada contra su pecho y mi estómago en algún lugar de la garganta. Solo puedo reprimir mi grito de terror cuando aterrizamos al otro lado y Logan me deja sobre las tejas resbaladizas.
—«Cierra… los… ojos» no cuenta como advertencia —siseo entre jadeos, poniendo toda la indignación que puedo en mis palabras. Solo que esta vez, el comentario es pura estrategia. Una distracción de las señales angustiosamente familiares de un mareo que de pronto me está invadiendo.
Ahora no, ahora no, ahora no, le ordeno a mi cuerpo, intentando mantenerme consciente del entorno. La lluvia está mojada. El viento hace ruido. Tienes los dedos fríos. Concéntrate en eso.
—¿Estás bien, Ainsley? —La voz de Kai es baja y ruda, pero detecto un deje de preocupación bajo su exterior estoico.
—Estoy bien. —Parpadeo rápidamente para despejar las manchas que bailan en mi visión—.
Solo dame un momento para... —otra oleada de mareo me invade, esta vez sin intención de dar tregua.
He estado en esta situación antes. Así es como he coleccionado innumerables tobillos torcidos, frentes sangrantes y cosas peores—.
Estoy... —El mundo se inclina y se nubla, las gotas de lluvia corren de lado por mi visión. Entonces mis rodillas ceden.