El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1) 24 Rowan
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24 Rowan

ROWAN

Camino por el bosque hacia el sonido de unos gemidos.

Es de noche y voy descalza. No sé por qué he dejado mi cama respondiendo a una atracción fantasma, pero siempre lo hago.

El tirón es familiar. Siempre lo ha sido, incluso esa primera vez.

Pero ahora sé cómo termina esto, y me grito a mí misma que me detenga.

Que regrese. Que corra a casa. Pero mis pies no me escuchan y mi yo del sueño se apresura hacia el bosque, igual que cuando fue real.

A veces, veo la escena a través de mis propios ojos; otras, soy una observadora que mira desde arriba cómo mi yo de dieciséis años camina ingenuamente hacia el linde del bosque, y luego más allá. El sueño de esta noche es de los primeros.

Estoy cerca de Mystwood, el bosque que separa las tierras humanas de Lunos, el reino inmortal de los fae.

Este puesto de avanzada es el último destino de mi madre.

Está ocupada, haciendo lo que puede para mantener a salvo Eryndor.

«No entres en el bosque» es una regla de hierro por aquí.

Pero voy a romperla esta noche, igual que hice entonces.

No puedo cambiar el sueño por muchas veces que lo haya intentado.

Me adentro en Mystwood. Hay luna llena en lo alto, iluminando parte del sendero.

Lo encuentro donde siempre. Ojos dorados que brillan a la luz de la luna, el olor de la sangre que apelmaza su pelaje.

—¡Corre! —le grita mi yo adulta a mi yo más joven. Pero, como siempre, la yo del sueño no responde. ¿Por qué debería hacerlo? No había nadie para gritar en aquel entonces. Solo existía un tirón irresistible.

Me acuclillo junto al lobo. Es grande y está herido.

Mi magia convoca las pocas briznas de magia curativa que corren por mis venas.

Mi cerebro me grita una advertencia tras otra.

Incluso entonces sabía que Mystwood era peligroso, que el lobo podía ser un fae.

Pero no escucho. Ni ahora, ni en aquel entonces.

Todo lo que veo es un lobo, herido y asustado, con el pelaje apelmazado por la sangre y pequeños gemidos escapando de su garganta.

No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.

—Tranquilo, chico —digo con voz suave. Sé que es macho—. He venido a ayudar, ¿vale? ¿Me dejas ayudarte?

Avanzo los últimos pasos hacia él lentamente, con cuidado de no sobresaltarlo. La magia me hormiguea en las yemas de los dedos. Quizás si puedo aliviarle un poco el dolor, me dejará...

Los lastimeros gemiditos se transforman de repente en un gruñido tan potente que llena todo el bosque de amenaza.

Me quedo paralizada de terror. El lobo arremete, con las fauces abiertas llenas de dientes afilados y relucientes por la saliva que gotea.

Estoy petrificada. Unas patas ensangrentadas y fuertes chocan contra mi pecho y los dientes afilados me destrozan la cara.

Caigo. El dolor estalla a lo largo de mi barbilla y mi mejilla.

Dolor, sangre y terror. Me levanto apresuradamente, me doy la vuelta y corro, corro, corro...

—Rowan —la voz urgente de Kyrian atraviesa la pesadilla, devolviéndome a la realidad de un tirón.

Abro los ojos de par en par y jadeo buscando aire, con el corazón latiéndome desbocado en el pecho.

Las sombras oscuras del bosque se disuelven, reemplazadas por las más alargadas de los muros de piedra que forman nuestro refugio.

La pequeña hoguera chisporrotea cerca, alegremente ajena al terror que todavía recorre mi cuerpo.

—Estás bien —promete Kyrian, atrayéndome contra él—. Te tengo. Ya está, ya te tengo.

Hundo la cara contra su pecho desnudo, respirando su reconfortante y fresco aroma a montaña. El calor de su piel y el latido constante de su corazón ralentizan gradualmente mi propio pulso acelerado.

Levantando la cabeza, miro hacia el bosque, que se ve al otro lado de nuestro refugio, donde falta un trozo de pared.

Un par de ojos dorados y brillantes me parpadea.

Suelto un grito ahogado, clavando mis uñas en el músculo de Kyrian. —Aquí —grazno con un pánico creciente—. Está aquí.

Más rápido de lo que puedo seguir, Kyrian se pone en pie, desnudo y con el arma en la mano.

Manteniendo su cuerpo entre el exterior y yo, avanza con pasos silenciosos.

Se me corta la respiración cuando sale fuera, y no vuelvo a respirar hasta que regresa unos momentos más tarde, con el cuerpo relajado.

—No hay nadie ahí —dice sin pizca de reproche. Dejando su espada a un lado, regresa a nuestro jergón y se sienta a mi lado, colocándome con cuidado un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Quieres contarme qué crees haber visto?

—Un lobo. Y no creo haberlo visto, yo... —Miro de nuevo hacia donde sé que esos ojos dorados me habían parpadeado desde la niebla matinal, pero no hay nada allí—. Se ha ido.

—Está bien —asiente Kyrian sin discutir—. Probablemente se haya marchado al darse cuenta de que no éramos una presa pequeña. En cualquier caso, no va a entrar. Te prometo que no lo dejaré.

Suena tan seguro de sí mismo que es difícil no creerle, aunque yo habría sonado igual de segura al decir que nunca entraría en Mystwood descalza en mitad de la noche.

—¿Quieres contármelo? —pregunta Kyrian— ¿Lo de la pesadilla?

—No. —Espero a que insista, pero no lo hace.

Como si supiera que, si empiezo a hablar de ello, me romperé en un millón de pedazos.

No entiendo cómo alguien tan poderoso como Kyrian puede ser tan cuidadoso.

Por qué se toma siquiera la molestia. Pongo mi mano sobre su pecho desnudo; la luz del fuego esculpe los músculos fibrosos de su abdomen con cálidas sombras parpadeantes—. Lo siento.

—Creo que me he enfrentado a pruebas peores que echar un vistazo fuera —dice Kyrian con una pequeña risa.

—Me refiero a que siento ser un desastre. Sé que, si no fuera por mí, habrías terminado esta misión en la mitad de tiempo. En cambio, estás atrapado...

—Para —Kyrian pone un dedo sobre mis labios, deteniendo mi atropellada disculpa—.

Sí, podría hacer esto más rápido a solas, ¿pero qué sentido tendría entonces?

Sería como luchar por el simple hecho de luchar.

Protegerte, caos, no es una tarea extra, es mi única razón para estar aquí.

¿No lo ves? Eres un honor, no una carga.

—No creo que Logan esté de acuerdo contigo —señalo—. ¿O seguimos fingiendo que se largó porque pensó que adelantarse a explorar era la opción responsable?

—Me falta imaginación para visualizar a Logan tomando decisiones responsables. De lo que sí estoy bastante seguro, sin embargo, es de que su partida tuvo todo que ver con sus propios demonios y no con los tuyos.

—¿Y por eso Kai también salió huyendo después de besarme en el taller?

Kyrian hace una mueca. —Mis amigos son unos imbéciles.

—¿Y tú? —susurro.

—¿Soy yo un imbécil?

—¿Vas a salir huyendo? Porque si vas a hacerlo, por favor, dímelo. No puedo irme a dormir preguntándome si estarás aquí cuando me despierte por la mañana... O... o si cada vez que me tocas podría ser la última porque tendrás alguna epifanía y decidirás que hay honores o causas mejores por ahí y...

Las grandes manos de Kyrian acunan mi rostro, sus pulgares callosos acarician mis pómulos con una ternura exquisita mientras sus ojos azules se clavan en los míos.

—Mírame, muchacha —ordena suavemente, con su acento cantarín más marcado de lo habitual—.

Estoy aquí mismo, contigo. No voy a ninguna parte, a menos que tú me digas que te deje en paz de una maldita vez.

Y puede que ni siquiera entonces. Pero sé que pedirte que confíes en mí en eso no es algo que me haya ganado, así que no voy a hacerlo.

Simplemente te lo demostraré. Todas las veces que haga falta.

Una de sus manos se desliza para acunar la parte posterior de mi cabeza, y se inclina capturando mis labios con los suyos en un beso lento y tierno que roba las protestas que aún demoraban en mi lengua.

—Estás... cambiando... de tema —jadeo con el poco aire que consigo robar.

—Sí. —Kyrian profundiza el beso, su lengua recorriendo la comisura de mis labios, pidiendo paso.

Se lo concedo, abriéndome para él, y él se adentra, acariciando como si el mundo entero se hubiera reducido a nada más que esta única conexión— En mi defensa, no creo que las palabras sirvan de mucho ahora mismo —susurra contra mí.

Un pequeño gemido escapa de mí y me presiono más cerca, enredando mis dedos en su cabello revuelto. —Tramposo.

—Mmm. —Emite un sonido desde el fondo de su garganta y vuelve a adentrarse mientras mi cuerpo se derrite contra el suyo.

Cuando finalmente nos separamos, ambos respirando con dificultad, apoya su frente contra la mía, con los ojos todavía cerrados y su aliento mezclándose con el mío.

Deslizo mi mano hacia donde siento su necesidad, dura y pulsante contra mí, pero Kyrian captura mi muñeca con un agarre suave.

—No —susurra—. No más juegos. La próxima vez que esté dentro de ti, quiero que sea porque me quieres allí.

Todo de mí, no solo mi polla. Cuando confíes en mí lo suficiente como para quererme.

Antes de que pueda protestar, me atrae contra su ancho pecho y vuelve a acomodarnos bajo las mantas. Puedo sentir cada plano duro y cada fibra del cuerpo de guerrero contra mis suaves curvas, su calor y su aroma envolviéndome como un capullo mientras vuelvo a quedarme dormida.

Por la mañana, el tiempo está exasperantemente tranquilo, como si intentara convencernos de que la tormenta de anoche nunca ocurrió. Kyrian sale del refugio solo para regresar minutos después con un par de conejos.

Me rujen las tripas, pero miro al guerrero con los ojos entrecerrados. —Eso ha sido absurdamente rápido.

—Eso es porque ya estaban allí —dice con cansancio. Puedo oír el mensaje implícito —nuestro desayuno es obra de Logan—, pero no insisto cuando Kyrian no ofrece ninguna explicación. Mientras Kyrian cocina la carne, saco los polvos que olvidé tomar anoche y mezclo rápidamente mi medicina.

—Ayuda a mantener a raya mis mareos —le explico a Kyrian cuando levanta una ceja inquisitiva, y con gusto paso el amargo brebaje con un trozo de carne grasa que él me ofrece, tomándolo en mi boca directamente de su dedo.

—Tienes que comer más —dice Kyrian, tendiéndome una pata entera de conejo. Vigila para asegurarse de que me la como entera y luego me da otra antes de coger un trozo para él. Intento protestar, pero sacude la cabeza.

—De todas las batallas, ¿es esta realmente la que quieres librar? —pregunta.

—Visto así...

—Bien. Entonces come.

Secos, descansados y alimentados, avanzamos a buen ritmo hacia el segundo punto de control, lo que requiere subir por un sendero que ni a las cabras montesas les haría gracia.

La única razón por la que llego a la hora de la cena sin el cuello roto es porque Kyrian me ha atado a él con un trozo de cuerda y demuestra ser capaz de anclarse a la piedra pura cada vez que resbalo y me quedo colgando sobre un abismo u otro.

—Ya no falta mucho —dice Kyrian, subiéndome a una cornisa estrecha antes de estudiar el siguiente tramo de la escalada.

Estamos tan altos que las nubes tenues que suelen flotar perezosamente por encima de nuestras cabezas ya no están tan arriba.

De hecho, estoy segura de que podré estirar la mano y tocar una dentro de poco—.

Los dos primeros puntos de control eran un regalo.

Tendremos que esforzarnos para el tercero.

Miro su nuca preguntándome si se escucha a sí mismo. He rozado la muerte más veces en los últimos dos días que en las últimas dos décadas. ¿Y esta es la parte fácil?

Supongo que debería estar agradecida por la geografía de Eryndor, ya que sin ella los draken nos habrían destruido hace mucho tiempo.

Entre nuestra gran altitud, que obliga a las bestias a permanecer en el aire más bajo y denso, y las peligrosas corrientes ascendentes y descendentes creadas por los bosques antiguos y los acantilados, somos totalmente hostiles para las criaturas voladoras.

Y no mucho más hospitalarios para los seres de dos patas que las montan.

—¿Tuviste algo que ver en la asignación de nuestros puntos de control? —le pregunto a Kyrian.

—Sí. —Me ofrece su cantimplora, con la atención todavía en la montaña. Riscos y grietas surcan el acantilado que estamos escalando y prometen finales rompehuesos a cualquiera que se atreva a faltarles al respeto.

Cometo el error de mirar hacia abajo e inmediatamente me arrepiento. La caída vertical parece tirar de mí, haciéndome girar la cabeza. Me presiono contra la piedra sólida que tengo detrás, con el corazón martilleándome contra las costillas.

—¿Tuviste la opción de elegir qué puntos de control se le asignaban a nuestra patrulla, y los que ahora tenemos el placer personal de visitar? —aclaro, esforzándome por evitar que me tiemble la voz y concentrarme en la conversación.

—Sí. Uno de los pocos privilegios de estar al mando.

—Entonces, por el amor de los dioses, ¿elegiste a propósito los que tienen más probabilidades de matarnos, o es una feliz coincidencia?

Kyrian se vuelve hacia mí, con una confusión genuina en su rostro demasiado hermoso. —Por supuesto que elegí estos peligros a propósito —dice como si la respuesta fuera obvia—. Sé leer un mapa. ¿Por qué pensarías lo contrario?

—Porque por un momento pensé que estabas cuerdo —presiono la nuca contra la piedra que se alza a mi espalda—. Error mío.

Kyrian chasquea la lengua y comprueba el arnés improvisado que me ha hecho con la cuerda. —Elegí enfrentarnos a la naturaleza para minimizar las posibilidades de enfrentarnos a civiles enfurecidos. ¿A menos que estuvieras deseando matar a la misma gente a la que ayudabas con tu clínica secreta?

Ah.

Todavía estoy rumiando la previsión de Kyrian cuando coronamos una cresta final y salimos a una pequeña meseta situada entre los picos escarpados.

Y allí, posada sobre una roca en el extremo más alejado de la cima, se encuentra la maldita caja de metal por la que acabamos de arriesgar la vida para llegar.

Espero que el trasto agradezca nuestro esfuerzo.

La cuerda que nos une se tensa mientras Kyrian avanza a grandes zancadas, recorriendo la distancia con sus largas piernas mientras yo tropiezo tras él temblorosa, con los músculos ardiendo por la agotadora subida.

—¿Puedes esperar...? —mis palabras mueren en mi garganta cuando finalmente levanto la cabeza lo suficiente como para asimilar lo que Kyrian ya ha advertido. No es solo la caja lo que nos espera aquí, también están Logan y Kai.

Y parecen de todo menos tranquilos.