17 Kai
KAI
No he conseguido concertar una reunión con la comandante.
Al día siguiente, sin embargo —apenas veinticuatro horas antes de que deba comenzar el gran ejercicio de campo de dos semanas—, la mujer por fin se digna a reunir a todo el mundo en el patio de armas para una sesión informativa.
De pie frente a la formación, mantengo las manos a la espalda, apretando con fuerza para no dejar traslucir mi fastidio.
Deberían haberme comunicado los detalles mucho antes de esto para permitirme informar a las tropas bajo mi mando.
Excepto que estas no son realmente tropas y yo no tengo el mando de verdad. No en este mundo.
Nacido unos minutos después de mi melliza, Autumn, he sido el presunto futuro general comandante de las fuerzas de la Corte de Slait desde que nací.
Autumn, al ser la heredera, se llevó la peor parte del trato, pero siempre ha interpretado su papel, más difícil, con mucha más gracia y competencia de lo que yo logré con el mío.
Incluso cuando todavía me esforzaba. Mi tiempo en el ejército de Slait, intentando estar a la altura de las expectativas de mis cinco padres, se convirtió en el primero de una serie de muchos fracasos espectaculares.
Pero incluso en mis inicios en la educación militar, había estado al mando de miles de soldados.
Y ahora aquí estoy, a cargo de ciento veinte humanos, ninguno de los cuales ha visto jamás una batalla real. Maldita sea, si hasta finjo ser uno de ellos. Quizá esperar que se me trate como a un adulto no sea una expectativa justa.
La comandante Ainsley se yergue ante los cadetes reunidos, con la postura rígida.
No entiendo cómo alguien como ella ha podido engendrar a una hija tan compasiva como Rowan.
Aunque, por otro lado, mis propios padres se las apañaron para engendrarnos a Autumn y a mí, así que ahí está la clave. El equilibrio del universo.
—Mañana daréis comienzo a un ejercicio de campo de dos semanas —anuncia la comandante con su característica frialdad distante.
La estudio de cerca, tratando de encontrar las similitudes con los rasgos de Rowan.
Son sutiles. El ángulo de sus pómulos, el gesto minúsculo de los hombros.
Los ojos no, desde luego. Los de la comandante Ainsley son de un gris plateado desvaído, mientras que los de Rowan son de un delicioso color avellana, un complemento perfecto para su cabello castaño.
La comandante levanta la barbilla —otro rasgo que le había legado a Rowan— y continúa: —Simularéis una misión de reconocimiento.
Vuestros objetivos son puntos de control establecidos en diversas localizaciones, situadas a una distancia de hasta cinco días de marcha desde Aguja Este.
Cada cadete debe registrarse en al menos tres puntos de control, y debéis cubrirlos todos entre el grupo entero.
Se entregarán los mapas al cuadro de mando al finalizar la formación.
Comandante Grayson, puedes desplegar tus fuerzas como consideres oportuno.
Detrás de mí, varios cadetes exhalan aliviados, pensando probablemente que se trata de un juego de navegación.
No me lo creo ni por un momento. La Aguja no repite ejercicios de un año a otro, así que no tengo ni idea de lo que la comandante tiene planeado, pero sé que no hace nada que no beneficie también al control que su hermana ejerce sobre el poder.
Hay algo más. Tiene que haberlo. Si Ainsley va a enviar a ciento veinte cadetes de la Aguja a lo salvaje, sacará algo a cambio.
—Disculpe, señora —digo, interrumpiendo su teatralidad—. Pero el reconocimiento se suele hacer en territorio enemigo. Por lo tanto, ¿qué fuerzas hostiles podemos esperar aquí?
Una sonrisa sin alegría cruza el rostro de Ainsley y sé que he dado en el clavo.
—Tienes toda la razón. Así que convertiremos la zona en territorio hostil para la Aguja.
—Hace una pausa de un segundo, inspeccionando a todos los cadetes que están pendientes de cada una de sus palabras—.
Se ha incentivado a todos los ciudadanos de Eryndor que no pertenecen al ejército y que se encuentren dentro del radio del ejercicio para que obstaculicen vuestra misión.
Aguja Este les pagará recompensas por los enfrentamientos que ganen.
—¿Y cuáles son las reglas de la recompensa? —pregunto.
Ainsley levanta un collar con una placa metálica plana.
—Cada cadete recibirá uno de estos para llevarlo puesto y se le asignará una palabra clave única.
Se pagarán recompensas a la «fuerza enemiga» por valor de una marca de plata por cada placa capturada, una marca de oro por cada cadáver de cadete traído a la Aguja y cinco de oro por cada cadete devuelto con vida si el captor ha conseguido averiguar la palabra clave de su prisionero.
La comandante deja que esas palabras calen antes de continuar, con la voz endurecida.
—Cualquier cadete que permita que le capturen la placa será azotado al concluir el ejercicio.
Aquellos que revelen su palabra clave se enfrentarán a algo peor.
Normalmente esperamos una tasa de bajas del diez por ciento durante el primer ejercicio de campo de un año de fusión, pero espero que me sorprendan gratamente con mejores cifras.
Se me revuelve el estómago de asco mientras el miedo impregna el patio detrás de mí.
Que Ainsley considere aceptables esas bajas para un ejercicio de entrenamiento horrorizaría a cualquier comandante decente en Slait.
Y eso que allí hablamos de guerreros fae con siglos de experiencia en campos de exterminio.
Pero así es la forma de actuar en Eryndor.
Control mediante la brutalidad y el miedo.
«Cuervo astuto», comenta Ulyssus.
No se equivoca. Esta estratagema en particular es salvajemente audaz a la luz de la agitación civil que provocó la última ronda de reclutamientos.
Por menos dinero del que costaría mantener a un pelotón, Ainsley acaba de enfrentar a los más capaces de entre los potenciales rebeldes en un combate abierto con cadetes entrenados.
Al cabo de dos semanas, tanto los cadetes más débiles como los descontentos más activos habrán sido eliminados de la partida.
Para colmo, los cadetes supervivientes habrán aprendido a matar a cualquier civil que se levante contra las fuerzas de la corona.
Ainsley sigue respondiendo a las preguntas del grupo, contestando a cada una con una calma respetuosa.
Como si todo esto fuera una forma normal de entrenar a una fuerza militar y no una manipulación calculada de una clase gobernante tiránica.
No, la fuerza hostil —Ainsley evita cuidadosamente usar la palabra civil— no tendrá un mapa de los puntos de control.
Sí, los cadetes deben esperar ser interrogados si son capturados.
No, ninguno de los puntos de control está fuera de las protecciones.
Esto último es una puñetera desgracia.
Cuando por fin terminan las preguntas, la comandante disuelve la formación para que empiecen a prepararse. Yo me quedo donde estoy, sin embargo. He aprendido a leer su lenguaje corporal lo suficientemente bien como para saber cuándo quiere que me quede atrás.
—Grayson —ordena Ainsley, confirmando mi instinto—. A mi despacho.
Sigo los pasos de la comandante, acompañándola al edificio principal de la Aguja y atravesando las puertas del despacho en el que he estado más veces en los últimos dos años de las que puedo contar.
Hoy, apenas espera a que la puerta encaje antes de caminar hacia el tablero de ajedrez que tiene en una mesa auxiliar.
Sea lo que sea esto, la hace sentir incómoda. Interesante.
Me tomo mi tiempo para acercarme, aprovechando la oportunidad para ojear su escritorio en busca de cualquier información sobre el próximo cargamento de acero áurico. Por desgracia, todo está cubierto con los planes del ejercicio.
—¿Sabes jugar? —pregunta Ainsley, señalando el tablero.
—Sí.
—Mmm, bien. —Su mano se cierne sobre las piezas hasta que coge una y la hace rodar entre el pulgar y el índice—. Entonces estarás familiarizado con esta figura.
—El rey.
—Exacto. Es patéticamente inútil tanto en el asalto como en la defensa, y sin embargo es la pieza más vital de todo el juego.
—Sí, señora.
—Tienes una pieza así bajo tu mando, Grayson, ¿verdad?
—La alquimista.
—Muy bien. —La comandante lanza el rey de vuelta al tablero, arrugando la nariz con asco mientras la pieza se tambalea precariamente antes de asentarse—. Lexington no es mucho mejor guerrera que esta pieza de madera y, sin embargo, toda la partida depende de que siga viva.
—De acuerdo. —Por una vez, ni siquiera tengo que mentir. Toda esta partida depende de Rowan. Solo que no de la manera que su madre imagina.
—Entonces comprendes la importancia de traer a Rowan de vuelta viva y capaz de realizar su magia.
A cualquier precio. —Vuelve a centrar su atención en el tablero y coloca las piezas en su posición inicial—.
Todos los cadetes deben registrarse en tres puntos de control.
A menos, por supuesto, que mueran o pierdan su placa. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
—Si un cadete resulta ser un lastre para el esfuerzo bélico general, un comandante podría decidir confiscar de forma proactiva la placa del cadete —digo con esa calma natural que me ha llevado décadas cultivarla—.
Como resultado, el cadete sin placa tendría que enfrentarse, por desgracia, al poste de los azotes, pero ese dolor es temporal.
La muerte no lo es. ¿Lo he entendido bien?
La atención de la comandante permanece fija en el ajedrez. —Es importante que la Aguja se mantenga imparcial en todos los ejercicios. Todos los cadetes deben ser tratados por igual, con premios basados en el mérito, no en el linaje.
—Por supuesto, señora. —Ya conozco el procedimiento.
Mientras se mantenga la ilusión de justicia, las órdenes emitidas a puerta cerrada no tienen por qué tener límites.
Me pregunto si la comandante se preocupa por su hija en absoluto, o si todo esto es por el poder.
¿Estaría dando estas órdenes si Rowan no fuera alquimista?
Por el bien de Rowan, quiero creer que sí, pero no lo creo.
Rowan le importa a la comandante Ainsley porque es una alquimista.
Que resulta ser exactamente el mismo motivo por el que me importa a mí.
La única diferencia —que yo estoy dispuesto a hacer el mínimo esfuerzo para evitar que a Rowan le arranquen la piel de la espalda a latigazos en nombre de la justicia— parece una distinción muy pequeña en el gran orden de las cosas.
Soy tan malo como la comandante.
Pero, al fin y al cabo, siempre lo he sido.