12 Rowan #2
—No quiero dejarlo todo como lo hicimos...
—Me lanza una mirada de arrepentimiento que hace que se le formen hoyuelos en las mejillas, y saca algo del bolsillo trasero.
Me lo tiende. Es una pulsera hecha de cuerda anudada—.
¿Recuerdas cuando estábamos aprendiendo los nudos por primera vez y tú querías hacer cosas bonitas con ellos, y yo no paraba de tomarte el pelo por ser tan tonta?
Bueno, en eso es en lo único en lo que pude pensar anoche.
Me entró el impulso de hacer esto para ti.
Miro la pulsera en su mano pero no la cojo, aunque es uno de los detalles más bonitos que nadie ha tenido conmigo. Collin no se equivoca. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Desde que yo pasaba más tiempo tejiendo pulseras de la amistad que fabricando aleaciones para armas.
Collin se pasa los dedos por el pelo. —Nunca quise hacerte daño. Te quiero, Rowan. Lo sabes. Pero a veces, me haces sentir que no soy suficiente. ¿Esa chica? No es nada. Un polvo rápido. Tú eres la que importa. La única que me completa.
—¿Solo fue un polvo? ¿Se supone que eso lo arregla todo?
La mandíbula de Collin se tensa, aplastando la pulsera en su mano. —He pasado media noche haciendo esta estupidez para ti, ¿y ni siquiera la vas a coger? ¿En serio?
—En serio.
—Eso es infantil, Ro. —Alarga la mano y me mete la pulsera en el bolsillo—. Mira, lo que pasó ayer es un problema de los dos. ¿Podemos ser adultos por un momento y escucharnos? ¿Podemos, Dios no lo quiera, tener una discusión razonable?
Una parte de mí quiere decir que sí, pero afortunadamente es solo una parte pequeña.
Este hombre habló de matrimonio en la misma hora en que se llevó a otra mujer a la cama.
Todavía puedo ver a la cadete de combate, recostada perezosamente contra el cabecero.
No parecía nada sorprendida por mi aparición.
De hecho... Una nueva oleada de náuseas me atenaza el vientre.
—¿Cuántas? —pregunto—. ¿Cuántas mujeres, Collin? ¿Cuántas veces?
—Cálmate y controla el tono —me espeta Collin—.
Estás montando un espectáculo. Si te pararas a pensar un momento, te darías cuenta de lo absurda que estás siendo.
—Señala con la mano hacia los cien cadetes que se mueven por allí, bajando la voz—.
Todo el mundo aquí se acuesta con otros.
No hay nada más que hacer. Eres tú la que nunca está de humor.
¿Has pensado alguna vez en cómo me afecta eso a mí?
Francamente, me he desvivido por ser discreto y proteger tus sentimientos, pero ahora estás montando un numerito público. No queda nada bien.
—Tienes razón. No hay necesidad de montar un numerito. —Me doy la vuelta para irme.
Collin me agarra del brazo, justo por encima del codo. —No hemos acabado de hablar de esto.
—Oh, sí, sí que hemos acabado. Hemos acabado de hablar, de follar, de todo.
En lugar de aflojarse, el agarre de Collin se tensa como un tornillo, sus dedos se hunden en mi piel con fuerza suficiente para dejar un moratón.
—Tú no te alejas de mí, Ro. No después de haberme pasado dos años atendiendo a tus caprichos y apoyándote cuando cualquiera en mi lugar se habría rendido.
¿Cuántas veces te he curado? ¿Cuántas veces te he cubierto?
Soy la única razón por la que sigues en la Aguja, y lo sabes.
Has aceptado encantada todo lo que tengo para darte durante todo este tiempo, así que no intentes hacerte la víctima ahora.
—Me estás haciendo daño. Suéltame.
Me pega un tirón hacia él y huelo su sudor. —No durarías ni un momento en este lugar sola.
—Correré el riesgo. Ahora suéltame de una puta vez. —Grito lo suficientemente fuerte como para que se giren cabezas por todo el patio. El color de la cara de Collin sube a un tono de rojo fundido que forma manchas en su barbilla y mejillas.
—Corta ya. Te estás humillando y me estás arrastrando contigo.
Empujo el pecho de Collin.
Sus ojos brillan y el miedo me recorre como una advertencia tardía. Pero es demasiado tarde. La mano libre de Collin sube disparada, con los nudillos lanzándose hacia mi cara demasiado rápido para que pueda esquivarlos. Me preparo para el sonido. Para el dolor.
Pero el único sonido es el de un hueso chocando contra otro, cuando un antebrazo fibrado bloquea el ataque de Collin. Un silencio repentino cae sobre el patio de armas y los ojos de Collin se agrandan. Entonces inhalo un aroma amaderado familiar que me envuelve. ¿Logan?
—Creo que ha habido un malentendido —dice Logan con una calma capaz de congelar la muerte—. Rowan Lexington pertenece a la tríada.
Giro la cabeza para darme cuenta de que, además de Logan, Kyrian y Kai también se han acercado. Collin se dirige a este último.
—Me ha agredido, señor. —La voz de Collin se endurece junto con su espalda—. Me ha empujado en medio del patio. Quiero presentar cargos contra ella por golpear a un oficial superior.
—No sé de qué orificio se ha sacado esa historia, pero era oscuro, profundo y apestaba —dice Kyrian.
—¿Falta mucho para la parte de los chasquidos y los gritos? —pregunta Kai a Logan, señalando casualmente hacia donde Logan sujeta ahora la muñeca de Collin—. Me gustaría seguir con la mañana.
—He pensado que ese placer le pertenece a Rowan. Dame unos meses con ella y podrás escuchar a este idiota gritando por huesos rotos todo lo que quieras. —Suelta el brazo de Collin como si tirara un trozo de basura y retrocede hacia sus amigos.
La atención de Kai se desplaza hacia mí.
Aunque está a varios pasos de distancia, se las arregla para ocupar todo el espacio del mundo con un solo levantamiento de ceja.
—¿Qué dices a eso, alquimista? —pregunta justo cuando una ráfaga de viento sopla por el patio de armas, aplastando la hierba bajo nuestros pies.
Solo es hierba, pero parece una línea. Una decisión.
Doy un paso atrás, cruzándola. Alejándome del hombre con el que, hasta ayer, pensaba casarme, y acercándome a los guerreros de los que no sé nada. Kyrian y Logan dan un paso al frente, situándose uno a cada lado de mí. Y de repente no estoy sola.
Soy un conejo que se refugia entre lobos.