4 Rowan
ROWAN
Un silencio sepulcral cae sobre el comedor. Collin gime mientras la sangre gotea de su nariz rota sobre la bandeja de la comida, luchando por recuperar el equilibrio. Ellie me agarra de la mano antes de que pueda correr a ayudarle, clavándome los dedos en la muñeca.
—Los rescatadores muertos no ayudan a nadie —me advierte rápidamente en un susurro.
Kyrian se inclina cerca de Collin; su pelo alborotado, que hace unos momentos le daba un aire pícaro, ahora le confiere un aspecto salvaje.
—En primer lugar, el único desastre andante que veo es el que está gimoteando frente a mí ahora mismo —dice Kyrian, sin molestarse en bajar la voz ni ocultar la amenaza que emana de ella—.
En segundo lugar, Rowan es ahora una de las mías.
Y la tratarás con todo el respeto que merece una cadete de la patrulla de mi estandarte. ¿Ha quedado claro?
Collin jadea una afirmación ahogada, salpicando sangre y saliva desde su rostro herido. El olor metálico me inunda la nariz, haciendo que se me revuelva el estómago.
—No te he oído. —El rostro de Kyrian permanece impasible, con sus ojos gélidos clavados en los de Collin—. ¿Ha quedado claro?
—Sí —murmura Collin con una mueca de dolor—. Sí, señor.
—Bien —dice Kyrian con frialdad. Suelta su agarre y Collin se desploma en su asiento, rodeando con las manos su cara destrozada mientras el resto del comedor observa con una fascinación gélida—. Ahora, pídele perdón.
Collin vacila. Conozco lo suficiente los arrebatos de su temperamento para saber que estamos a un milisegundo de una explosión que no acabará bien.
Sin embargo, antes de que pueda pensar en alguna forma de calmar la situación, Kyrian vuelve a agarrar a Collin por el cuello y este recobra el control de sí mismo a toda prisa.
—Lo siento, señor... —empieza Collin, pero se interrumpe cuando Kyrian le da la vuelta para que me mire. Collin es alto y está en forma, pero no es nada al lado del guerrero que es Kyrian. Su nariz rota hace que su voz suene pastosa.
—A ella. Pídele perdón a ella —ordena Kyrian.
Joder.
Los ojos de Collin centellean de furia. —Lo siento, Rowan.
—Aceptado —digo rápidamente, y me vuelvo hacia Kyrian—. ¿Podrías soltar a mi amigo ahora, por favor?
Lo hace.
Zafándome del agarre de Ellie, me apresuro hacia Collin, pero el brazo de Kyrian me bloquea el paso.
—Rowan, conmigo. Ahora.
Ellie me lanza una mirada con los ojos como platos, preguntándome qué debe hacer. Niego con la cabeza rápidamente hacia ella y sigo a Kyrian como si mi corazón no estuviera a punto de salírseme del pecho.
Nadie en el comedor finge siquiera no mirarnos mientras salimos.
Tanta atención hace que desee que se abra un agujero en el suelo y me trague.
Kyrian, por el contrario, da por sentada la atención.
Qué demonios, espera que la gente mire para que se aparten de su camino. Y tiene razón. Todos lo hacen.
Al salir al patio, el sol de la tarde baña los muros de piedra con una luz cálida, un contraste discordante con la tensión gélida que irradia Kyrian. Me guía hasta un rincón apartado y luego se vuelve hacia mí con los brazos cruzados.
Las palabras de Kyrian resuenan en mi cabeza. Rowan es ahora una de los míos.
Ojalá Ellie estuviera aquí conmigo, anclándome a la realidad, porque estar aquí de pie frente a Kyrian está arrastrando mis emociones en un millón de direcciones a la vez.
Anhelo gritarle por lo que acaba de pasar en el comedor, condenar sin paliativos la brutalidad que ha desatado con tanta naturalidad.
Pero una voz traicionera en mi mente también me susurra que nunca antes en mi vida he tenido esa ferocidad, esa fuerza, blandida en mi defensa.
Y los sentimientos que eso conlleva son... complicados.
—Dejemos una cosa clara —dice Kyrian en voz baja, con un tono duro que me sumerge de nuevo en el presente—. En mi escuadrón, las órdenes las doy yo. Ni tú, ni ese que pretende ser tu novio, ni nadie más. ¿Entendido?
Solo puedo asentir sin palabras, con el corazón todavía martilleando contra mis costillas. Entonces recuerdo lo mal que le han salido las respuestas no verbales a Collin y me corrijo rápidamente: —Sí. Entendido.
Kyrian me estudia y mi cuerpo se tensa en respuesta. Tiene todo el derecho a hacer casi cualquier cosa que desee para grabar sus órdenes en mi memoria. Desde luego, Kai Grayson no se lo va a impedir.
Me preparo para recibir un golpe.
Kyrian se pellizca el puente de la nariz y suspira. —Kyr —dice al cabo de un momento.
—¿Perdona? —Tardo un segundo en darme cuenta de que no va a pegarme.
—Mis amigos me llaman Kyr —dice.
—Es bueno saberlo. —Me estremezco. Probablemente no ha sido lo más adecuado. No, definitivamente no ha sido lo más adecuado que podía decir.
Kyrian resopla con suave diversión y... se marcha. Sin decir ni una palabra más.
Durante un momento, me quedo allí parada, intentando reconciliar a esta versión de Kyrian con la que acaba de estampar la cara de Collin contra una mesa sin dudarlo. No puedo. No lo entiendo.
Abandonando el esfuerzo inútil, me apresuro a volver al comedor, donde Ellie le está entregando a Collin una servilleta limpia para que se la presione contra la nariz, que aún sangra. El resto de los cadetes han vuelto a sus conversaciones, y el nivel de ruido ha regresado a un zumbido constante.
—¿Estás...? —empieza a preguntar Ellie, pero la interrumpo con un asentimiento y pongo mi mano sobre el brazo de Collin.
—Oye —le digo con suavidad, intentando no estremecerme ante el desastre que Kyrian ha hecho en la cara de Collin—. ¿Cómo estás? ¿Estás bien?
—¿En serio, Ro? —Se aparta de mí bruscamente—. ¿Me robas todo por lo que he trabajado y encima tienes la desfachatez de preguntarme si estoy bien?
—Espera. —Doy un paso atrás, agarrándome los codos. Sé que está avergonzado, que le duele y que no piensa con claridad, pero aun así—. ¿Qué gimnasia mental has hecho para que esto sea culpa mía?
Collin niega con la cabeza lentamente. —¿Me estás tomando el pelo, Ro? He pasado años cubriendo tus debilidades, arriesgándome para mantenerte a salvo, recomponiéndote cada vez que te derrumbabas, ¿y a la primera oportunidad que tienes me arrebatas el puesto en la mejor patrulla?
—Yo no he hecho eso.
—¡Dioses! ¿Puedes pararte a pensar en mis sentimientos por un solo momento? ¿Cómo crees que se siente uno al ser traicionado así?
—Collin. No tengo ningún control sobre la tríada.
—¿Ah, no? Porque desde donde yo lo veo, parece que a pesar de todo mi esfuerzo y sacrificio, a pesar de que yo he pasado cada momento libre entrenando y tú tumbada con dolor de cabeza, tú eres la que se lo lleva todo al final.
Sabes que por tus venas corre más sangre real que por las mías, y te estás aprovechando de ello sin importar a quién te lleves por delante, ¿verdad?
—¡Yo no pedí esto! —le espeto.
—Pero estás encantada de aceptarlo, ¿a que sí? —me contesta él, maldiciendo mientras la sangre empapa la servilleta.
Mi cabeza da vueltas, con las emociones revueltas.
Collin se equivoca, pero al mismo tiempo tiene razón.
Él ha sido quien me ha mantenido en pie en la Aguja.
El que me ha cuidado. El que se ha fijado en mí.
Y se ha esforzado hasta el límite por la oportunidad que a mí me acaban de entregar por nada.
Yo no merezco estar en una patrulla de estandarte. Él sí. Pero aun así, no es culpa mía.
No sé qué decir. Qué sentir. Cierro los ojos. —¿Qué quieres de mí?
—Habla con tu madre —dice Collin—. Ya sabes, la que es la comandante y está al mando de todo esto. Habla con ella y soluciona esto.
—No puedes pedirle a Ro que haga eso —dice Ellie.
—Está bien, lo haré —digo al mismo tiempo—. Hablaré... hablaré con mi madre si tanto significa para ti, ¿de acuerdo?
—Significa mucho. —Collin respira hondo y me besa la coronilla—. Y tú también.
Tres días después, miro al techo, tumbada en la cama, intentando encontrar ese punto de equilibrio entre descansar sin llegar a dormirme del todo.
Me duele el cuerpo, especialmente el tobillo derecho, que estuve a punto de torcerme esta mañana.
Ha sido una evaluación tras otra y tengo muchísimas ganas de dormir.
Pero no puedo.
Porque hay algo que deseo más y, a juzgar por las campanadas de medianoche, Ellie y Trish llegarán pronto para ponernos en marcha. Si me duermo ahora, me odiaré cuando me despierten...
Toc, toc, toc.
Me sobresalto al oír el familiar golpeteo rítmico y abro los ojos. Frotándome la cara con energía, salgo de la cama y las dejo entrar.
Ellie me sonríe. —¿Te has dormido, verdad?
—No. —Reprimo un bostezo y saco torpemente mi mochila de su escondite bajo los tablones sueltos del suelo de mi habitación.
—Ya, ya. —Ellie arquea una ceja. Ella puede funcionar con cuatro horas de sueño. Yo dormiría diez si pudiera. Y ambas lo sabemos.
—Vale, sí —cedo, sacándole la lengua—. Pero solo unos minutos. ¿Contenta?
—Lo sabía. —Sonríe. Ellie camina con ligereza mientras se ajusta su propia mochila. Al igual que la mía y la de Trish, está llena de suministros médicos tomados prestados cuidadosamente de la enfermería de la Aguja durante el último mes—. Es que me encanta tener razón, eso es todo.
—Lástima que pase tan pocas veces —le digo.
Ella se ríe y Trish le tapa rápidamente la boca con la mano, no sea que nuestra misión termine antes de empezar.
Niego con la cabeza y me dirijo hacia el tapiz que oculta el pasadizo de la trampilla de mi habitación.
El pulso se me acelera como siempre que hacemos esto, haciéndome sentir un poco asustada, un poco digna y plenamente viva.
Suelo ser la aprendiz más perfecta y respetuosa con las reglas del mundo. Excepto por esta pequeña cosa.
—Esperad. —Ellie se aclara la garganta dramáticamente—.
Con el entrenamiento de campo a la vuelta de la esquina, es probable que esta sea la última incursión de la Operación Salvavidas para Ro y para mí.
Así que tenemos que celebrar la ocasión.
Es como una norma. —Saca una petaca del interior de su capa y la agita ante nosotras.
—¿Una norma, eh? —Trish entrecierra los ojos mirando a Ellie. Ella va un curso por detrás de nosotras y ha estado aprendiendo cómo funciona todo para mantener Salvavidas en marcha.
—Absolutamente —asiente Ellie con aire solemne—. Ro, ¿vasos?
No tengo ninguno, pero enjuago rápidamente tres viales que uso para mezclar mis tónicos diarios. Ellie vierte un chorrito de líquido ambarino en cada uno. —Por la Operación Salvavidas. Que perdure más allá de nuestra graduación —anuncia.
—Que lleve ayuda a quienes la necesitan —añado yo.
—Que no haga que nos pillen y nos arresten por traición —murmura Trish.