III
Laura perdió la beca. Perdió los congresos, los comités y las puertas que se abrían automáticamente cuando pronunciaba su nombre.
Al principio dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Después comenzaron a llegar mensajes. No de rectores ni de fundaciones. Mensajes de profesores de instituto, bibliotecarios, trabajadores sociales y vecinos corrientes.
Un correo electrónico, especialmente breve, la acompañó durante semanas. Solo contenía una frase:
Gracias por escribir algo que describía exactamente lo que estaba pasando en mi familia.
Laura leyó esas palabras una y otra vez. Después cerró el ordenador. Por primera vez en mucho tiempo tuvo la sensación de estar escribiendo para seres humanos y no para evaluadores.