II
Mateo perdió el empleo.
La rescisión del contrato llegó acompañada de informes jurídicos impecablemente redactados, cláusulas de confidencialidad y amenazas veladas de procedimientos civiles.
No hubo dramatismo. Nadie lo esposó. Nadie apareció para llevárselo. Simplemente dejó de pertenecer al mundo que había intentado habitar.
Durante semanas sobrevivió con incertidumbre. Sin nómina. Sin prestigio. Sin ninguna garantía sobre el mes siguiente.
Y, aun así, descubrió algo inesperado. Cada mañana disponía de algo que llevaba años sin poseer: tiempo. Tiempo que no pertenecía a ningún algoritmo. Tiempo que no pertenecía a ninguna empresa. Tiempo que debía decidir cómo usar.
Una tarde, mientras ayudaba en el barrio, un muchacho joven se acercó buscando consejo. No sabía qué estudiar, qué hacer con su vida ni por dónde empezar.
Mateo se sentó con él en una vieja mesa de madera. Lo escuchó. Le hizo preguntas. Compartió dudas. No resolvió nada ni arregló su destino; simplemente permaneció allí.
Y mientras el joven hablaba, Mateo comprendió de golpe qué había estado haciendo Tomás con él desde el principio.