El plano denso IV
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IV

Horas después, cuando la reunión se disolvió en un mutismo reflexivo, Hipatia salió a caminar por las calles frías de la periferia en compañía de Tomás.

Caminaban despacio, esquivando las pantallas publicitarias que proyectaban destellos psicodélicos sobre el asfalto mojado.

Hipatia intentaba ordenar sus pensamientos, desgranando en voz alta las complejidades técnicas de los sistemas, la lógica de los incentivos económicos y la gigantesca maquinaria de control del Plano Denso.

Tomás escuchaba con paciencia infinita, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.

Cuando Hipatia terminó su largo análisis sobre la imposibilidad matemática de competir contra la infraestructura del enemigo, el anciano se detuvo junto a un banco de la plaza, apoyó las manos en el bastón y la miró con una sonrisa compasiva.

—Todo eso que dices está muy bien, Hipatia. Los números, los códigos, las estructuras, los gigabytes —dijo Tomás con suavidad—. Pero la gente no se levanta por la mañana ni arriesga su vida por una teoría sociológica. La gente se levanta por alguien.

El impacto de aquellas palabras resonó en la mente de la matemática como una revelación geométrica perfecta.

Hipatia se detuvo en seco. Comprendió de golpe el error fundamental de toda su travesía: habían intentado combatir al Magnate en su propio terreno —el terreno de las masas, de los datos abstractos y de las macroestructuras—.

No necesitaban exponer un problema global. Necesitaban contar una historia concreta.