III
En el ámbito académico, la conversión de Laura adoptó la forma de una renuncia autoinfligida.
La facultad de sociología había programado para esa semana la presentación pública de su monografía premiada, un acto solemne presidido por decanos y directivos de fundaciones tecnológicas.
Laura se encontraba en su despacho repasando el discurso oficial, el texto moderado, elegante y aséptico que le había garantizado el aplauso generalizado.
Pero al releer las líneas donde se diluían las responsabilidades corporativas de los desahucios urbanos, sintió una repulsión física insoportable.
Abrió el procesador de textos, borró el discurso oficial y redactó un nuevo ensayo breve y contundente.
En él no hablaba de «resiliencia digital inclusiva»; ponía nombres, cifras y responsables a la soledad inducida y al expolio inmobiliario de la periferia.
Sabía perfectamente lo que implicaba leer aquel texto al día siguiente: perdería la beca internacional, la cátedra y el prestigio dorado que con tanto esfuerzo había construido.
Al cerrar el archivo, Laura no sintió miedo. Por primera vez en meses, respiró con el pecho completamente hondo. Había recuperado su voz, aunque le costara todo lo demás.