II
Fuera de aquel círculo de conciencias rotas, la megaciudad continuaba su marcha implacable, avanzando con la ciega precisión de una maquinaria perfecta que ni siquiera notaba la ausencia de su observadora más lúcida. El mundo no se había detenido porque Hipatia hubiera dejado de buscar respuestas.
A kilómetros de distancia, bajo los focos deslumbrantes de un paraninfo abarrotado, Laura ajustaba el micrófono de solapa mientras el público estallaba en una ovación cerrada;
su monólogo sobre la «innovación inclusiva y el progreso armónico» se retransmitía en directo a través de quinientas pantallas simultáneas en las plazas financieras.
Al mismo tiempo, en la sala noble del Consejo Ciudadano, Olympe firmaba con pulso firme y una sonrisa protocolaria los nuevos decretos presupuestarios ante las cámaras de la televisión metropolitana, convertida en el rostro amable de la gestión institucional.
Y cruzando los tornos de seguridad de la torre de cristal de la consultora tecnológica, Mateo fichaba su entrada con la tarjeta magnética, recibiendo la felicitación efusiva de su superior por el incremento récord en las métricas de retención de usuarios.
Todo funcionaba. Las calles bullían de transeúntes absortos en sus dispositivos; los tranvías deslizaban sus siluetas plateadas con puntualidad geométrica; las pantallas gigantescas continuaban proyectando colores imposibles sobre el asfalto.
Nadie hablaba de Hipatia. Su silencio no había dejado ningún vacío en los organigramas del poder, ni en las portadas de los diarios, ni en el bullicio de las avenidas.
La realidad seguía su curso triunfal, demostrando con fría elocuencia que el mundo podía prescindir por completo de la verdad con tal de no renunciar a su comodidad.