IV
En el ámbito universitario, Laura experimentó la necesidad urgente de romper el espejo dorado de su propio prestigio.
Sin avisar a sus colegas de departamento, tomó un abrigo viejo y se desplazó hasta el centro cívico de la periferia para buscar de nuevo a la trabajadora social con la que había tropezado semanas atrás.
La encontró en su despacho atestado de expedientes, con el rostro cansado de siempre. Cuando la mujer levantó la vista y reconoció a la joven doctora premiada por la academia, cruzó los brazos con escepticismo.
—Vaya, doctora. Supongo que viene a explicarnos otra vez las bondades de la resiliencia digital —le espetó con fría ironía.
Laura negó despacio con la cabeza. Se sentó en la silla de plástico situada al otro lado de la mesa, sin intentar justificar su currículum ni apelar a su estatus académico.
—No —respondió Laura con la voz rota—. Vengo a escuchar.
Durante las siguientes dos horas, no hubo monólogos teóricos ni eufemismos institucionales.
La trabajadora social le enumeró nombres concretos, familias desahuciadas, rostros de adolescentes quebrados por la soledad de las pantallas.
Laura escuchó cada una de las historias, soportando la humillación de su propia ceguera intelectual, recordando por fin por qué había decidido consagrar su vida al estudio de la sociedad.