V
En la alta esfera del Consejo Ciudadano, Olympe de Gouges protagonizó su propia rebelión silenciosa.
Se encontraba en su despacho oficial revisando los pliegues definitivos de un nuevo decreto de reurbanización que implicaba el desalojo definitivo de los talleres artesanales del distrito antiguo.
El documento exigía su firma como vicepresidenta del área para tramitarse de inmediato en la junta de gobierno.
Olympe miró la pluma estilográfica. Recordó las promesas de influencia, los despachos de caoba, los aplausos de los burócratas y el falso poder que le habían concedido a cambio de administrar la derrota de su propia gente.
No presentó una dimisión escandalosa ni preparó un manifiesto público para la prensa; sabía que las instituciones fagocitaban cualquier protesta convirtiéndola en un espectáculo más.
Simplemente apartó los papeles, cerró la carpeta con firmeza y supo que no volvería a firmar una sola cláusula en contra de los suyos.
El proceso de su salida voluntaria de las estructuras del poder acababa de comenzar.