II
La rutina de aquel retiro se rompió una mañana con el sonido familiar de unos pasos cansados sobre las losas de piedra.
Tomás regresó. No traía grandes discursos, ni propuestas de rescate, ni intenciones de reavivar el fuego de la causa. Se limitó a cruzar el umbral y a depositar sobre la mesa de trabajo de Hipatia otra modesta bolsa de papel kraft con víveres sencillos.
Hipatia lo miró con un destello de irritación contenida, sintiendo que su aislamiento volvía a ser interrumpido por la insistencia de la realidad.
—¿Por qué sigues viniendo, Tomás? —le preguntó con voz áspera, rompiendo el largo silencio de los días—. Ya no hay nada que coordinar. No soy tu líder ni tú eres mi subordinado. ¿A qué vienes?
El anciano carpintero se encogió de hombros con absoluta naturalidad, sin inmutarse ante la dureza del tono, y respondió con una simplicidad aplastante:
—Porque dije que vendría.
Un silencio espeso y cálido llenó la estancia.
Tomás no creía ya que su presencia fuera a cambiar el destino del mundo, ni abrigaba esperanzas de derrocar al Magnate.
Pero cumplía su palabra porque sí, porque la lealtad más elemental no necesitaba resultados para sostenerse.
Aquella fue la primera brasa que volvió a encenderse en la habitación.