IV
En el otro extremo de la ciudad, Tomás tomó una decisión distinta.
Metió la carta de reconocimiento oficial y la placa de Vecino Ejemplar en un sobre de cartón.
Caminó hasta la concejalía.
Esperó su turno.
Y, cuando llegó al mostrador, dejó el sobre frente a la funcionaria.
—Vengo a devolver esto.
La mujer parpadeó sorprendida.
—¿Perdone?
Tomás señaló la documentación.
—No puedo aceptar un reconocimiento de una ciudad que premia a los vecinos en los despachos mientras los abandona en las aceras.
La funcionaria no supo qué responder.
Tomás se limitó a despedirse y salió del edificio.
Al cruzar la puerta, respiró hondo.
El otoño seguía allí.
Los problemas seguían allí.
Pero algo dentro de él pesaba menos.