VII
La última y más peligrosa de las ofertas estaba reservada para Hipatia.
Fue convocada directamente al despacho privado del Magnate.
Cuando llegó, él observaba el mapa luminoso de la ciudad desde los ventanales.
—Has intentado comprender el Plano Denso desde los márgenes —dijo con calma—. Has construido pequeños refugios de sentido en medio del ruido.
Hipatia mantuvo la mirada firme.
—He aprendido que la dignidad humana no cabe en vuestros algoritmos.
El Magnate sonrió.
—Tienes razón en el diagnóstico. Pero te equivocas en el método.
Se acercó lentamente a la mesa.
—Estás intentando combatir una infraestructura global con herramientas artesanales. Papel, tinta, conversación. Es hermoso. Y completamente insuficiente.
Hizo una pausa.
—Yo tengo conectadas a miles de millones de personas. Tengo la red, los canales y la infraestructura. Con tu inteligencia y mis recursos podríamos transformar el flujo informativo del planeta.
Abrió una puerta lateral y la dejó sola ante una gigantesca sala de control.
Miles de terminales holográficos mostraban redes educativas, foros de conocimiento y sistemas de comunicación conectando continentes enteros en tiempo real.
Hipatia observó el despliegue.
Imaginó aulas.
Debates.
Pensamiento crítico llegando a millones de personas.
Durante unos segundos, la propuesta le pareció razonable.
Cuando el Magnate regresó, la encontró inmóvil frente a las pantallas.
—Dime una cosa, Hipatia.
La matemática levantó la vista.
—Cuando defiendes tu causa, ¿lo haces por amor a la humanidad... o porque necesitas demostrar que siempre has tenido razón?
Hipatia no respondió.
Tezcatlipoca había formulado una pregunta parecida días antes.
Escucharla de nuevo resultó aún más incómodo.