III
Tres días después, una pequeña delegación cruzó los controles de acceso de la sede de la fundación.
El edificio desprendía una sensación de paz cuidadosamente diseñada: cristal, madera clara, jardines interiores y espacios silenciosos donde todo parecía funcionar con armonía.
Los recibieron varios directivos de apariencia impecable.
Hablaron de cooperación.
De impacto social.
De compromiso ciudadano.
Aquellas palabras resultaban extrañamente familiares.
Después se abrió una puerta.
El Magnate Digital entró en la sala.
Vestía una sencilla camisa blanca.
Sonreía.
Parecía más un profesor afable que el hombre más poderoso de la ciudad.
—Bienvenidos —saludó—. Llevo tiempo siguiendo vuestro trabajo. Lo que hacéis es admirable.
Olympe no se molestó en ocultar su desconfianza.
—No necesitamos vuestra admiración.
La sonrisa del Magnate apenas cambió.
—Lo entiendo.
Tomó asiento frente a ellos.
—Pero permitidme una pregunta. ¿Cuál es vuestro límite actual? ¿Cuántos ancianos podéis atender? ¿Cuántos niños podéis ayudar antes de que el agotamiento os obligue a deteneros?
La pregunta quedó flotando en la sala.
—Nosotros solo ponemos los recursos —continuó—. Vosotros seguís siendo quienes sois. ¿Por qué negarle una vida mejor a cientos de personas por el simple hecho de que la ayuda provenga de una gran estructura?
Nadie respondió inmediatamente.
Aquello era lo más desconcertante.
No parecía una amenaza.
Ni siquiera una manipulación evidente.
Parecía una propuesta sensata.