El plano denso IV
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IV

La explosión llegó aquella misma tarde.

Lo que empezó como una discusión menor sobre el almacenamiento de las cajas de comida acabó convirtiéndose en un ajuste de cuentas donde salieron a la superficie semanas enteras de cansancio, frustración y resentimiento.

Olympe perdió la paciencia.

Acusó a Tomás de obstaculizar el crecimiento del movimiento y de aferrarse a una visión limitada que impedía alcanzar objetivos mayores.

El anciano la escuchó en silencio.

Cuando finalmente respondió, toda la sala quedó inmóvil.

—Yo no soy un cobarde, señorita Olympe.

Su voz era suave.

Precisamente por eso resultó tan contundente.

—Llevo semanas viendo cómo este lugar deja de parecerse a aquello por lo que vine. Vine porque quería a mis vecinos. Porque nadie debería pasar los últimos años de su vida solo. No vine para salir en la televisión ni para cambiar el mundo.

Respiró profundamente.

—Y si para cambiar el mundo hay que acabar pareciéndose a quienes solo buscan poder... entonces quizá no sea un mundo que merezca la pena cambiar.

Tomó la boina.

Nadie intentó detenerlo.

Cruzó la sala y cerró la puerta tras de sí.

El golpe resonó con fuerza.

Olympe permaneció inmóvil.

La puerta acababa de cerrarse.

Nadie dijo una palabra.