III
El descubrimiento más doloroso llegó de forma inesperada.
Aquella tarde, mientras organizaban los calendarios de visitas, Mateo permaneció en silencio más tiempo de lo habitual.
Miraba sus manos.
Hipatia levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Mateo soltó una exhalación lenta.
—Creo que llevo semanas engañándome.
Hipatia no respondió.
—Pensaba que estaba aquí para ayudar. A Tomás. A los ancianos. A vosotros. Pero últimamente me he dado cuenta de algo.
Se interrumpió unos segundos.
—Me gusta sentirme necesario.
La frase quedó suspendida en el aire.
—Me gusta que me busquen cuando hay problemas. Me gusta que mi opinión importe. Me gusta que la gente confíe en mí. En mi trabajo soy solo una voz más detrás de un teléfono. Aquí siento que valgo para algo.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
—Pensaba que estaba cambiando... y ahora ya no sé qué parte de todo esto hago por los demás y qué parte hago por mí.
Hipatia lo observó en silencio.
No encontró ninguna respuesta inmediata.
Por primera vez desde que lo conocía, Mateo había dirigido la misma honestidad que utilizaba con los demás contra sí mismo.