II
Con la llegada masiva de participantes, el perfil del grupo cambió drásticamente.
Junto a las personas dispuestas a asumir tareas invisibles de apoyo a los ancianos, comenzaron a desembarcar perfiles con motivaciones muy distintas.
Entre ellos destacaba Julián, un creador de contenido de temática social y aspirante a representante político local, seguido por dos ayudantes que portaban a todas partes aros de luz y cámaras de alta resolución.
Julián no acudía a mover cajas ni a revisar carpetas de papel con Tomás.
Llegaba con discursos elaborados, proponía cambiar la denominación del grupo por un lema más sonoro y sugería convertir cada actividad en una oportunidad de visibilidad.
—Tenemos un problema de visibilidad —declaraba en mitad del atrio, interrumpiendo una reunión logística de Laura—. Lo que hacéis es valioso, pero nadie lo está viendo. Hay que mostrarlo. Hay que grabarlo. Si queremos crecer, necesitamos impacto.
Tomás se encogió en su silla, apretando la boina entre las manos.
—Señor Julián... —intervino con cautela—. A Don Antonio, el del quinto piso, no le gusta que le saquen fotos. Es un hombre muy digno. Si se ve en una pantalla, le dará vergüenza y no nos dejará volver a entrar en su casa.
Julián le dedicó una sonrisa profesional.
—Tomás, amigo, hay que mirar el cuadro completo. Un vídeo puede inspirar a miles de personas.
Hipatia observó la escena en silencio.
Había visto aquel patrón demasiadas veces a lo largo de la historia.