VII
Bien entrada la noche, Hipatia regresó a la biblioteca abandonada.
La sala permanecía en penumbra, iluminada únicamente por la luz de la lámpara de mesa. La montaña de tablillas con datos sociológicos sobre millones de habitantes seguía allí, sobre la madera de roble, pero ahora le parecía un monumento inútil a una arrogancia superada.
Hipatia se sentó frente a una tablilla de arcilla fresca. Tomó el estilo de metal y, con un pulso firme, sereno y limpio, comenzó a escribir:
«Observación: una sola persona modificó su conducta y restauró un vínculo roto.»
«La transformación no fue producida por la demostración objetiva de los datos, sino por la pregunta íntima que los datos despertaron en el sujeto.»
«Resultado: una relación humana recuperada en el territorio de la realidad.»
Se detuvo. El estilo de metal quedó posado en el borde de la mesa.
Hipatia se puso en pie y caminó hacia la ventana alta. A lo lejos, la metrópoli seguía brillando en la noche con su océano de pantallas e interrupciones constantes, pero la inmensidad de aquella masa ya no la paralizaba.
Por primera vez desde que descendió del orden inmaterial de Aeterna, una ligera y sincera sonrisa se dibujó en los labios de la sabia de Alejandría.
No porque hubiera encontrado una fórmula mágica para salvar al mundo, sino porque acababa de descubrir la primera prueba irrefutable de que la salvación era posible, una persona a la vez.
Aquella noche Hipatia comprendió algo que ningún tratado matemático había conseguido enseñarle jamás: una vida transformada podía pesar más que una estadística perfecta.