VI
A la tarde siguiente, Tomás invitó a Hipatia a su modesto piso en el tercer piso de un edificio sin ascensor del barrio antiguo.
La casa olía a madera vieja, café recién molido y libros de papel guardados en estanterías de pino. Sobre una pequeña mesa de centro en el salón descansaba un marco de fotos con la imagen de una muchacha joven de sonrisa luminosa.
Mientras Hipatia permanecía de pie junto a la ventana, contemplando los tejados de la ciudad, el teléfono fijo de la entrada comenzó a sonar con un repique metálico que sobresaltó la penumbra de la vivienda.
Tomás se levantó despacio del sillón, se ajustó las gafas de lectura y caminó hacia el recibidor. Hipatia permaneció en el salón, conteniendo el aliento.
—¿Sí? —dijo Tomás al descolgar el auricular.
Se hizo una larga pausa. Desde la estancia adyacente, Hipatia escuchó el murmullo amortiguado de una voz femenina al otro lado de la línea.
—Hola, hija —respondió el anciano, y su voz rasposa tembló levemente por la emoción contenida—. Sí... Sí, estoy bien. Estaba tomando un café.
La conversación que siguió no tuvo la grandeza de un discurso dramático ni la elocuencia de un tratado filosófico.
Hubo silencios largos e incómodos; hubo reproches antiguos que asomaron a la superficie y fueron sofocados con timidez; hubo excusas torpes sobre la falta de tiempo y el cansancio del trabajo; y hubo, sobre todo,
una prudencia infinita por ambas partes para no romper el hilo frágil que acababa de volver a unirlos.
—¿El domingo? —preguntó Tomás, apoyando la mano libre en la pared—. Sí, claro que sí. Prepararé la comida que te gusta. Un beso, hija. Cuídate.
El anciano colgó el teléfono, permaneciendo inmóvil frente a la pared durante varios segundos antes de regresar al salón.
Hipatia lo miró desde la ventana. No ofreció ningún análisis; no explicó la importancia del momento ni intentó medir el impacto psicológico del reencuentro.
Simplemente presenció el instante en que los ojos del anciano se empañaron de lágrimas silenciosas mientras esbozaba una sonrisa de alivio profundo.
Comprendió entonces que la transformación humana no comenzaba con el triunfo de una demostración lógica ni con la aceptación de una doctrina abstracta. Comenzaba en el instante exacto en que una persona decidía superar el miedo y el orgullo para tender una mano en la oscuridad.