V
A esa misma hora, en la planta noventa de la torre corporativa, el Magnate Digital presidía una reunión ejecutiva de alto nivel en una sala de juntas revestida de paneles oscuros y pantallas táctiles invisibles.
Ante él se encontraban los directores de estrategia de contenidos y algoritmos de comportamiento de su corporación. Los gráficos de retención de usuarios mostraban curvas ascendentes perfectas en todas las regiones del planeta.
—Los últimos informes de consumo nocturno confirman un incremento del catorce por ciento en la permanencia dentro de nuestras plataformas de ocio digital —explicó la directora de estrategias con una sonrisa de satisfacción corporativa—.
La gente busca refugio en el contenido automatizado para eludir el estrés de la jornada laboral.
El Magnate se mantuvo en silencio durante unos instantes, contemplando el reflejo de la ciudad iluminada en los ventanales blindados antes de girarse hacia sus colaboradores.
—No lo llamen refugio —corrigió el Magnate con su voz pausada y analítica—. Llamémoslo por su nombre comercial: compensación.
Los ejecutivos lo miraron con atención.
—La mayoría de las personas no quieren libertad absoluta, porque la libertad absoluta genera vértigo y responsabilidad personal —continuó el Magnate, paseando lentamente las manos sobre la mesa de caoba—.
Lo que la gran mayoría de los seres humanos desean por encima de todo es muy elemental: quieren alivio.
Quieren sentir que pertenecen a algo más grande que su propia insignificancia.
Quieren que un algoritmo comprensivo les diga cada mañana que sus elecciones son correctas, que su identidad es válida y que todo irá bien.
Se detuvo y esbozó una sonrisa que destilaba una profunda, casi trágica, comprensión de la psicología colectiva.
—Nosotros no les robamos la libertad por la fuerza, caballeros. Se la compramos a un precio ridículamente barato a cambio de comodidad y entretenimiento continuo. Y mientras la jaula sea lo suficientemente cómoda, nadie romperá los barrotes con sus propias manos.