IV
Al caer la tarde, Mateo se reencontró con Hipatia en un bar de tapas bullicioso y estridente, situado en una calle lateral del centro. No acudían a hablar de estadísticas ni de teorías sociológicas; Mateo la había invitado a unirse a una reunión informal con su grupo de amigos de toda la vida.
Eran media docena de personas de entre treinta y cuarenta años, sentadas alrededor de una mesa alta de metal, rodeadas de jarras de cerveza y platos de patatas fritas. Eran personas normales, trabajadoras, decentes y bienintencionadas; en absoluto villanos ni cínicos empedernidos.
Hipatia ocupó un taburete en el extremo de la mesa, manteniendo una atenta y silenciosa actitud de observación.
La conversación saltaba de un tema intrascendente a otro con la ligereza propia del cansancio acumulado de la semana: el argumento inconexo de una serie de televisión de moda, las anécdotas absurdas de sus respectivas oficinas, las quejas recurrentes sobre el precio de los alquileres,
la última actualización de sus teléfonos móviles y la planificación logística de unas vacaciones que nunca terminaban de concretarse.
Lo verdaderamente fascinante para Hipatia no era lo que decían, sino el trasfondo compartido de sus palabras.
Todos y cada uno de ellos sabían perfectamente que vivían atrapados en dinámicas insostenibles. En un momento de la charla, mientras comentaban las exigencias de disponibilidad continua impuestas por sus empresas a través de la mensajería instantánea, uno de los amigos soltó con naturalidad:
—Yo paso al menos cuatro horas al día mirando el maldito teléfono para nada. Es una esclavitud. Sé que me está friendo el cerebro.
Un segundo amigo levantó su vaso de cerveza y asintió con una sonrisa cínica:
—Yo también. Y por la noche no puedo dormir si no lo miro una última vez antes de apagar la luz.
—Todos lo hacemos —intervino una tercera integrante del grupo, restándole importancia con un gesto de la mano—. Es lo que hay. ¿Qué vamos a hacer? ¿Irnos a vivir a una cueva sin wifi?
La mesa entera soltó una carcajada generalizada, distendida y cómplice.
Nadie se sintió ofendido; nadie intentó proponer una alternativa; nadie sufrió una crisis de conciencia.
El problema había sido plenamente verbalizado, aceptado por consenso general y neutralizado de inmediato mediante la risa colectiva antes de cambiar de tema hacia el menú de la cena.
Hipatia sintió un impacto emocional profundo.
Nadie en aquella mesa negaba la existencia de la jaula.
Ninguno vivía en la ignorancia. Simplemente habían aprendido a reírse de su propia servidumbre porque la alternativa —admitir que estaban desperdiciando sus vidas y exigir un cambio real— implicaba un esfuerzo emocional y un coste existencial que ninguno de ellos estaba dispuesto a pagar en
solitario.