III
A pocos kilómetros de allí, en una plaza adoquinada del distrito universitario, Olympe de Gouges intentaba poner en práctica sus propias convicciones.
Había convocado una asamblea ciudadana abierta bajo el lema de la cooperación vecinal, la participación política directa y la recuperación del espacio comunitario frente al aislamiento urbano.
Con una pequeña mesa plegable, unos panfletos impresos en papel reciclado y una voz firme que evocaba las tribunas revolucionarias del pasado, Olympe intentaba atraer la atención de los transeúntes.
Sin embargo, el resultado fue desolador.
A lo largo de dos horas completas, apenas cuatro personas se detuvieron a escucharla, y tres de ellas se marcharon a los pocos minutos al comprobar que la propuesta exigía debate intelectual, compromiso constante y un esfuerzo sostenido de organización colectiva.
La política real era lenta, áspera y exigía renuncias.
Simultáneamente, en la acera contigua de la misma plaza, una gran marca multinacional de bebidas energéticas había montado un evento promocional relámpago con varios influencers de gran notoriedad digital.
Música a todo volumen, luces estroboscópicas, regalos gratuitos y un espectáculo visual arrollador congregaron de inmediato a una multitud compacta de varios miles de jóvenes que vitoreaban, saltaban y grababan cada segundo con sus teléfonos.
Olympe contempló la disparidad de ambas escenas desde su pequeña mesa vacía. Su tablón de panfletos quedaba completamente eclipsado por el despliegue luminoso de la marca.
Comprendió entonces la verdadera magnitud del desafío con una claridad fulminante: competir contra el sistema no significaba luchar contra la represión policial ni contra la censura institucional.
Significa competir contra una máquina de entretenimiento infinitamente más atractiva, cómoda y seductora que cualquier causa noble.
—La libertad exige esfuerzo, sacrificio y una soledad incómoda —murmuró Olympe para sí misma, guardando los panfletos en su carpeta con una amarga mezcla de respeto y rabia—. Pero el espectáculo entrega recompensas inmediatas sin pedir nada a cambio... salvo el alma.